Entiendo la alegría como la capacidad de contagiar la bondad que Dios ha puesto en nuestros corazones. Algo así como el resplandor que envuelve a la llama. Se trata de compartir la vida con sencillez, con espontaneidad, con cierto brillo en el rostro. Es ir más allá de sólo aportar un servicio, sino que se hace con gratitud, más que como un deber como una oportunidad que se nos brinda. Nos identificamos plenamente con el gesto de donarnos, nos produce paz, gozo. Esto no significa que se trate de una experiencia sin sacrificio, sin renuncia. Al contrario, la satisfacción de la entrega viene de sentir que se muere un poco para anteponer a los hermanos. Incluso esta negación de sí se vuelve criterio de auténtica alegría. Las alegrías que no “duelen” son sospechosas de egoísmo. No hay amor verdadero sin renuncia de sí mismo. Siguen siendo plenamente válidas las palabras del Maestro: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”(Mc 8, 35). La alegría existe sólo al interior del amor y este consiste en dar vida a través de la propia: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”(Jn 15, 13). San Pablo nos recuerda que hay más alegría en dar que en recibir. La alegría, pues, viene siendo un don de Dios que nos concede actuar conforme a la vocación que nos ha dado.

En este entendido puedo decir que la alegría siempre me ha acompañado en mi ministerio. Antes que por lo que yo he realizado, por lo que Dios ha hecho en mí. Con san Pablo puedo decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”(1 Cor15, 10). Viendo mis posibilidades me quedo asombrado con lo que Dios ha hecho con tan poquito; le ha sacado provecho a mis limitaciones: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre de Yahvé”(Sal 116, 12-13). Así es de que la clave alegre de mi ministerio procede de la iniciativa de Dios que ha sido muy generoso conmigo: “Ha puesto sus ojos en la humildad de su servidor”(Lc. 1, 48). En todo el Señor me ha dado más de lo que merezco. El don del sacerdocio me queda muy grande. Me siento incapaz por mis propias fuerzas para predicar la palabra de Dios -¿qué sé yo de la palabra de Dios?-, de administrar el amor de Dios en favor de los hombres, no creo yo respaldar con mi entrega el inmenso amor que Dios nos ha manifestado en Jesucristo. Esta es la fuente principal de mi alegría sacerdotal: Dios es fiel.

El segundo aspecto de mi alegría, del cual también Dios es protagonista, es el de gastar la vida en beneficio de los demás. Es Dios el que ha puesto su actitud de pastor en mi corazón y me concede el poder disfrutar el acompañar a su rebaño cercano a su compasión. Es un don el poder compartir los sentimientos de Cristo Pastor que da su vida por las ovejas. ¡Cuánta alegría poder ayudar mínimamente con la carga de los hermanos! ¡Contribuir a mantener la esperanza en el reinado de dios en este mundo! ¡Sostener la escucha de la palabra de Dios, que es viva y eficaz! No digo que yo he sido muy generoso, sino que es una gracia el sentir la necesidad de anunciar el Evangelio.

Concluyo este compartir pidiéndole al Señor que me siga concediendo su Espíritu de alegría, que me introduzca en la alegría de Jesús cuando exclamaba: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien”(Lc. 10, 21).

El segundo aspecto de mi alegría, del cual también Dios es protagonista, es el de gastar la vida en beneficio de los demás. Es Dios el que ha puesto su actitud de pastor en mi corazón y me concede el poder disfrutar el acompañar a su rebaño cercano a su compasión. Es un don el poder compartir los sentimientos de Cristo Pastor que da su vida por las ovejas. ¡Cuánta alegría poder ayudar mínimamente con la carga de los hermanos! ¡Contribuir a mantener la esperanza en el reinado de dios en este mundo! ¡Sostener la escucha de la palabra de Dios, que es viva y eficaz! No digo que yo he sido muy generoso, sino que es una gracia el sentir la necesidad de anunciar el Evangelio.

Concluyo este compartir pidiéndole al Señor que me siga concediendo su Espíritu de alegría, que me introduzca en la alegría de Jesús cuando exclamaba: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien”(Lc. 10, 21).

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