Seguimos haciendo este camino a la Navidad, en la que celebramos que Dios se ha puesto totalmente del lado de la humanidad, ha puesto su residencia en el hombre. Esto es el escándalo de la encarnación, Dios y el hombre son semejantes. Jesucristo ha venido a llamar la atención hacia los pobres, ellos son lugar del encuentro con Dios. El amor a los indefensos de la tierra es un signo de la autenticidad de la misión. Lo que más hace perder credibilidad a una religión es que se desentienda del sufrimiento humano. Nada estorba más a la fe, aún que los enemigos externos, que sus miembros la usen como un refugio para sus conciencias, afectos o comodidades. La mera búsqueda de “anestesias” sentimentalistas, de purezas enfermisas o cause de compulsividad, van matando el espíritu de la religión. Entonces tendrán razón los que dicen que es “opio” del pueblo. “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo”(St 1, 27). Esto queda muy claro en toda la enseñanza del Antiguo Testamento, sobre todo de los profetas, en la que Dios mismo se queja de un culto vacío: “El ayuno que yo quiero es que partas tu pan con el hambriento, y que recibas en tu casa al pobre”(Is 58, 7). Pero se deberá tener cuidado de no dar lo que nos sobra, sino de lo que tenemos para vivir(Mc 12, 43-44).  En Jesucristo el amor a Dios y el amor al prójimo llegan a ser uno solo(1Jn 4, 8). En el texto que meditamos, Juan Bautista da razón de estar entendiendo la obra de Dios. El es testigo de una esperanza que ha renovado totalmente al mundo. Según él esta esperanza pasa por pequeños detalles de caridad, de justicia y de honradez. Se podría pensar que la fe debe ocuparse de cosas más espirituales y sublimes y no tan políticas“vulgares” como estas actitudes, sin embargo el Bautista las pone como signo de la verdadera espera. No sucederá nada nuevo en este mundo, si no hay una conversión hacia la caridad y la justicia. Juan deja claro que la iniciativa es de Dios, que no son nuestras obras, sin embargo estas son imprescindibles. Lo admirable en Juan es que sabe darle su lugar a Dios: “Ya viene otro más poderoso que yo”. Se había salido de la religión oficial a la cual estaba obligado por tradición, por ser hijo de un sacerdote. Podemos pensar que Dios lo sacó de aquel culto estéril, para instruirlo en la verdad. En el desierto aprende el culto en espíritu y en verdad, que lo llevará a poner toda su persona al servicio de Dios. Por eso será capaz de enseñar al pueblo a esperar efectivamente desde lo profundo del corazón y no sólo por medio de ritos vacíos. Si el adviento que estamos viviendo no baja hasta nuestras obras y nos hace sensibles a las necesidades de los hermanos, pasaremos la navidad convencional y desechable, una más. 

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