1ª. Lectura: Ap 7, 2-4. 9-14
2ª. Lectura: 1 Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12

“Sean santos porque yo su Dios soy santo”, nos dice el Señor en su palabra. Yahvé es el tres veces santo. La gloria de Dios es el reflejo de su santidad. “La gloria de Dios es el hombre vivo”(san Irineo). La santidad de Dios es vida para el ser humano. La primera lectura nos pone en la presencia de la santidad de Dios. Esta no se puede apreciar en sí misma, sino sólo en la alabanza de los redimidos. Los 144,000, que son los que habían blanqueado su túnica en la sangre del Cordero, exclamaban: “La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero. A su vez, los ángeles cayendo rostro en tierra delante del trono, adoraban a Dios diciendo: “Amén. La alabanza, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza, se le deben para siempre a nuestro Dios”. A través de estas palabras podemos asomarnos a la infinita bondad de Dios. La santidad de Dios es recreación de la creatura, que no puede callar el amor de Dios en su corazón, se siente dulcemente obligada a cantar las maravillas del Señor. Lo único que sabemos de la esencia santa de Dios es la belleza que hay en las criaturas. No hay manifestaciones arrogantes de Dios en sí mismo, sino sólo lo que se puede ver a través del servicio que da a su obra: su trabajo creador y providente. Sólo en esto consiste la santidad: comunicar vida. En estricto sentido sólo Dios es santo. Al celebrar hoy a todos los santos, es lo primero que nos debe quedar muy claro: la santidad viene de Dios. Como en el Padre nuestro lo primero que debemos decir es: “santificado sea tu nombre”. La santidad de Dios no consiste en imponer el terror desde la lejanía inmutable, no es misterioso vacío, sino que es una fiesta de salvación, como lo reconocen los personajes del Apocalipsis; no es silencio de muerte, soledad estéril, sino abundancia de vida. No somete con su presencia, ni humilla. Ciertamente es necesario “quitarse las sandalias” para acceder a su presencia, pero se comunica, se deja que lo celebremos. Dios oculta su santidad, no la presume, sólo la manifiesta como compasión y misericordia. Reconocemos su presencia sólo por el vibrar de las alabanzas. En la liturgia celestial del Apocalipsis sólo sabemos de su santidad por el gran regocijo que causa en aquella asamblea. En la tierra sabemos de su santidad por la sabiduría que inunda a todas las cosas, especialmente a los seres humanos. La santidad de Dios es un misteriosos ocultamiento que hace estallar de alegría a quien se acerca a él. La creación, pinta, danza, canta en su presencia. El ser humano se postra en su presencia y adora. El que adora en espíritu y en verdad está en el camino de la santidad. Las bienaventuranzas son el camino de la verdadera adoración. Ellas contienen el Espíritu de santidad que ha herido de amor a los santos. La felicidad está en ser alcanzado por la santidad de Dios, no en el sufrimiento por el sufrimiento. La santidad de Dios, decíamos, no es prepotencia, sino que se oculta y solo se manifiesta como humilde servicio. Felices los pobres de espíritu, los que saben vivir con poco. Tendrán menos problemas, estarán más atentos a los necesitados y vivirán con más libertad. Felices los mansos, los que vacían su corazón de violencia y agresividad. Son un regalo para nuestro mundo violento. Cuando todos lo hagamos, podremos vivir en verdadera paz. Felices los que lloran al ver sufrir a otros. Son gente buena. Con ellos se puede construir un mundo más fraterno y solidario. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que no han perdido el deseo de ser más justos ni la voluntad de hacer una sociedad más digna. En ellos se expresa lo mejor del espíritu humano. Felices los misericordioso, los que saben perdonar en lo hondo de su corazón. Sólo Dios conoce su lucha interior y su grandeza. Ellos son los que mejor nos pueden acercar a la reconciliación. Felices los que mantienen su corazón limpio de odios, engaños e intereses mezquinos. Se puede confiar en ellos para construir el futuro. Felices los que trabajan por la paz con paciencia y con fe. Sin desanimarse ante los fracasos y buscando siempre el bien de todos. Los necesitamos para construir la convivencia. En una palabra feliz el que invierte todos sus sufrimientos en la construcción de un mundo más justo, fraterno y obediente a Dios. Si hemos aprendido a llorar, a tener hambre, a sufrir persecución por el reino de Dios, dichosos nosotros.  Desdichado de aquel que sus problemas están hechos de sus ambiciones y mentiras. No hay elección, o invertimos nuestros sacrificios en la obra de Dios o en la obra del maligno. No hay camino sin dificultades. Jesús nos hace el favor de plantar un proyecto en el que nuestro sufrimientos adquieren un sentido. En realidad Jesús no está celebrando las desgracias humanas, sino purificándolas para que no resulten pura humillación, sino que adquieran sentido desde la obra de Dios. Podremos sentirnos orgullosos de sufrir por lo que vale la pena, por lo que Cristo lloró, como fue la cerrazón de su pueblo a la salvación. Nuestros problemas serán de categoría si son por la causa del Evangelio. Dios ha querido manifestarnos su santidad y hacernos partícipes de ella en Jesucristo: “…por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”(Ef. 1, 4). Él es el Santo de Dios, como lo proclamaban los mismos demonios: “Sabemos quién eres, el Santo de Dios”. Ciertamente esta no es una aclamación, una alabanza, sino una pretensión de poder sobre Jesús. Lo que santifica es la sumisión libre y gozosa al Hijo del Altísimo. La santidad no es ser perfectos, sino seguir a Jesús. San Juan nos recuerda que somos santos precisamente porque somos amados por Dios en Jesucristo: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que los somos”(1Jn 3,1). La santidad de Dios se ha encarnado en Jesucristo. El Dios que había mostrado su santidad por medio de la zarza ardiendo a Moisés y de la suave brisa a Elías, ha desvelado plenamente su rostro en Jesucristo.  ¡Oh inefable misterio! Dios está con nosotros, Dios ha venido a hablarnos, ha venido a habitar con nosotros para hablarnos e instruirnos. Lo que en otro tiempo no había hecho más que de pasada, por así decirlo, y de prisa, en estos últimos tiempos lo ha realizado de una manera muy sensible y duradera. Él mismo ha tomado la forma de hombre para habitar con nosotros y tener el tiempo para hablarnos y decirnos todo lo que el Padre quería enseñarnos por medio de él. Nosotros no somos seres abandonados por Dios. Tenemos un Dios que es verdaderamente un Padre, que ama a sus hijos y quiere instruirlos y salvarlos… El misterio de la Encarnación, es el modelo de toda peregrinación, como la que hemos realizado nosotros esta mañana hasta esta capilla de san Judas. La verdadera peregrinación es misión, nos hace portadores de la Buena noticia del Evangelio. Con este caminar hemos querido dar testimonio de nuestra fe en Jesucristo. Queremos dejarnos evangelizar por la fe de nuestra gente: qué ven o que sienten durante este recorrido de 16 Km. Dondequiera que haya una “chispa” de fe, deberá estar el discípulo de Cristo para dejarse iluminar y alentar “la mecha que aún humea”: “La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor” (DA). El caminar juntos(…) y al participar en otras manifestaciones de la piedad popular… es en sí mismo un gesto evangelizador por el cual el pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo y cumple la vocación misionera de la Iglesia(EG 124). Queremos aprender a entrar en la solidaridad y cercanía de Jesucristo el cual manifestó la santidad compasiva de Dios. Creemos con el Papa emérito Benedicto XVI: “que la religiosidad popular en América Latina es rica y profunda, que en ella se refleja el alma de los pueblos latinoamericanos y que es un precioso tesoro de la Iglesia católica(258). Con el beato Pablo VI, admiramos “la sed de Dios, que se refleja en la religiosidad popular, que sólo los pobres y sencillos pueden conocer. Y que los hace capaces de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe(EN. 48). Con Aparecida creemos que en la piedad popular, se contiene y expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal. Es también una expresión de sabiduría sobrenatural…Por eso la llamamos espiritualidad popular. ES decir, una espiritualidad cristiana que, siendo un encuentro personal con el Señor, integra mucho lo corpóreo, lo sensible, lo simbólico, y las necesidades más concretas de las personas(263). Por ejemplo, en la solemnidad de Todos los santos, que hoy celebramos, mucha de nuestra gente recuerda a los “angelitos”, es decir a sus difuntos que murieron durante la infancia. Para ellos es la imagen más clara y cercana de los que es la santidad: es lo más puro, lo más inocente. Por eso van a sus tumbas y les llevan flores. DE algún modo piensan, también, en todos los santos del almanaque, pero es más probable que recuerden al santo de su devoción, pero a ese lo celebran más bien en su día. Están muy lejos de comprender que sea una fiesta que tenga que ver con muchísimo más de los santos del almanaque, mucho menos que tenga que ver con ellos, es decir con su ser de Bautizados que los hace miembros de una Iglesia que es santa. Así que esta fiesta no animará en ellos su vocación a la santidad, así que habrá poca esperanza de que lleguen a ser discípulos misioneros, laicos comprometidos con los valores del Evangelio. La santidad es cosa del pasado, de gente que sufría mucho y aguantaba, y hacen milagros. Ya no hay gente de esa en nuestro tiempo, ya pasó de moda la santidad. Sin embargo no rechacemos del todo esta tradición de los angelitos. Saben que la santidad tiene que ver con “pobres de espíritu” y “limpios de corazón”. De alguna manera intuyen el espíritu de santidad como está plasmado en las bienaventuranzas. Es necesario anunciarles que dentro de ellos está sembrada la semilla de santidad, porque en ellos habita Dios. Resignarse a seguir siendo los peores del mundo no corresponde al plan de Dios sobre la humanidad. Dios quiere que seamos santos. Escuchemos el anuncio que nos hace nuestra Iglesia: “La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo Santo”, amó a su Iglesia como a su esposa. El se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso todos en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o sean regidos por ella, están llamados a la santidad: “Lo que Dios quiere de ustedes es que sean santos”(1Tes 4, 3). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta sin cesar y debe manifestarse en los frutos de la gracia que el Espíritu produce en los fieles. SE expresa de muchas maneras en aquellos que en su estilo de vida tienden a la perfección en el amor con edificación de los demás… Todos los cristianos, por tanto, en sus condiciones de vida, trabajo y circunstancias, serán cada vez más sanos a través de todo ello si todo lo reciben con fe de manos del Padre del cielo y colaboran con la voluntad de Dios, manifestando a todos precisamente en el cuidado de lo temporal, el amor con el que el Padre amó al mundo. (LG: 41). 

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