3 Jn 5-8
Lc 18, 1-8

Ordinariamente Jesús aparece en los evangelios como uno que viene a purificar la fe del pueblo de Israel. El domingo pasado lo entendíamos así, en el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo. Pero ahora, en el texto que hemos escuchado, Jesús también experimenta lo que muchos de nosotros: la fragilidad de la fe: “Cuándo venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? Frecuentemente Jesús remata las parábolas con la idea que quiere poner de manifiesto. En esta ocasión recoge su relato con esta pregunta. Lo cual nos revela el ambiente vital desde donde habla, tanto de la vida de los hombres como de su corazón: una fe en crisis. Pensaríamos nosotros que el problema de la fe es actual(“el rico tesoro del Continente Americano…su patrimonio más valioso: la fe en Dios amor… corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose de manera creciente en diversos sectores de la población. Hoy se plantea elegir entre caminos que conducen a la vida o caminos que conducen a la muerte (Dt. 30, 15), sin embargo Jesús nos da a entender que la fe siempre está en peligro. No es raro ver cómo gente que pasó por el seminario o muy comprometida en sus parroquias, de pronto se dejan arrastrar por los criterios del mundo, peor aún, como permaneciendo en las tradiciones religiosas o en procesos de formación al sacerdocio, el mundo se nos mete al corazón y funcionamos desde él. A la luz de esta preocupación podemos interpretar que Jesús representa a la fe como una viuda que clama justicia ante un juez insensible. Recordemos como las viudas, junto con los huérfanos y los extranjero, eran el símbolo de lo más desprotegido en el pueblo de Israel. Todo invita a pensar que la viuda será atropellada por la injusticia humana, igual que la fe frente a los que llamamos secularismos. Se ve tan ingenua, tan débil la mujer que parece una ovejita en medio de lobos. Me recuerda la imagen del Apocalipsis: la mujer vestida de Sol, que está encinta, y grita con los dolores del parto, acechada por un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, para devorar a su hijo en cuanto lo diera a luz”(Ap 12, 1-4). Esta es la suerte de la fe en el mundo. Sin embargo Jesús no se pone a llorar frente a ello, sino que invita a la vigilancia por medio de la oración y al testimonio de la fuerza del reino de Dios. Es problema que haya ambientes fríos, duros para la fe, como el rostro petrificado de este juez, pero más problema es que no haya la alegría, la bondad y perseverancia de la fe, como la de esta viuda. 

El texto del Evangelio que hemos escuchado, parece tener en cuenta una problemática de todos los tiempos: la dificultad de creer. En nuestros tiempos vivimos especiales circunstancias que hacen complicado el acto de fe. “De hecho, el presupuesto de la fe no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en varios sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.”(PF 2). Pienso que nunca se arrancará definitivamente la semilla de la fe del corazón del hombre, creer es cuestión de vida o muerte. Aunque no dejan de ser inquietantes las palabras de Jesús: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?” Sin embargo ¿Cómo poder vivir en medio de tanto absurdo, contradicción, inhumanidad sin fe? Parece imposible hacer la travesía de la vida sin ser creyentes. Por eso me parece que hasta los ateos tienen sus “altares clandestinos”. Podemos decir que hay una fe natural, que se impone al ser humano; es cuestión de instinto de conservación. No nos queda de otra: creer o perecer, es la cuestión. Este tipo de fe necesita ser sanada. No hacemos mucho favor a nadie con ser creyentes por obligación. No es esta exactamente la fe que se nos encarga a los discípulos de Jesús, sino una fe cuya iniciativa es de Dios y entonces exige que el hombre le abra su corazón. Esta fe, al contrario de la primera, que el hombre administra y controla para su provecho, consiste en obsequiar nuestra voluntad y con ello toda nuestra persona a la voluntad de Dios. Dios ha tomado la iniciativa de comunicarse primero en la creación y después en la encarnación, no podemos dejar a Dios con “la palabra en la boca y el corazón en la mano”. Dios nos ha comprometido a responder poniéndose como un Lázaro, cubierto de llagas a la entrada de la puerta de nuestra vida. ¿Acaso no nos indignamos con el rico de la parábola de Lucas frente a su indiferencia? ¿Haremos lo mismo frente al crucificado? ¿Aceptamos representar su amor desde la cruz?  No somos creyentes por cuenta propia, sino por gracia de Dios, nos recordará continuamente san Pablo.

El Evangelio nos invita a contemplar a Jesucristo en su misión de animador de la fe.  Lo hace por medio de un acto de fe. Las parábolas son un acto de fe en que por sobre las realidades cotidianas hay otro orden de cosas más definitivo: las realidades sobrenaturales no se parecen a las temporales, sino al contrario, todo lo que vemos es imagen del reino de Dios. Todo sirve para hacernos pensar en el reino de Dios, esto sólo a condición de que se sepa ser dóciles a la luz del Espíritu. Para el hombre carnal, las cosas materiales sólo son ocasión de codicia y lujuria. Sin Dios detrás de la creación todo es idolatría: “Son necios por naturaleza todos los hombres que han desconocido a Dios y no fueron capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al Artífice, atendiendo a sus obras; sino que tuvieron por dioses, señores del mundo, al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los astros del cielo…”(Sab 13, 1-2), y podríamos seguir la lista desde nuestro tiempo: hicieron dioses a las obras de sus manos. El problema de no considerar a Dios es que se pierde el respeto a los hombres, como el juez de la parábola.

Con este breve relato Jesús está haciendo un pequeño espacio a la utopía del reino de Dios en medio de una realidad que frecuentemente funciona así: los poderosos no temen a Dios y no respetan a los hombres, esta es la ley del mundo. No importa, en toda ciudad hay gente que no se cansa de buscar la justicia de Dios. Es admirable la forma en que Jesús recoge la realidad, con toda calma: existe la perversidad humana, ¿reconocerlo no será hacerse cómplice? Quién sabe. Lo importante es el anuncio que hace Jesús del reino de Dios, que actúa con la paciencia y humildad, pero a la vez con la tenacidad de una viuda que pide justicia. En la viuda se cumple todo el poder que se anuncia en el Antiguo Testamento: “Nuestro Dios es un Dios salvador, el Señor Yahvé libera de la muerte; pero Dios aplasta la cabeza de sus enemigos, el cogote peludo de quien anda entre crímenes”(Sal 68, 21-22). “El día de la cólera de nuestro Dios”, queda puesto de manifiesto en una viuda que pide justicia. Es insignificante frente a aquel juez. Quizás muchos la desanimarían de hacer esto: “el juez se va a enfadar con tu sola presencia”, “tiene infinidad de cosas que hacer para ocuparse de pequeñeces”, “favorecerá al criminal y te meterá a la cárcel”, etc. La viuda hace lo que le toca hacer, pero verdaderamente lo hace. Va una y otra vez, hasta que el juez la escucha, supongo que insistiría aún más si no la hubiera escuchado. Frente a la pureza de intenciones, a la mansedumbre y la perseverancia de la mujer se revela que aquel “monstruo” no era tan perverso. Quizás el mundo no se vería tan horrible con cristianos que funcionaran más desde el Evangelio. No deja de ser conmovedora la escena donde el juez recapacita y se doblega. Ciertamente sus motivos no son los mejores, pero es lo de menos frente a su gesto de bondad. La compasión en las entrañas del malvado no deja de enternecer. Me recuerda la película de la bella y la bestia.

Esta es la fe de Jesucristo, la fe de los pobres de Yahvé: “Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías”(Lc. 1, 52-53). Es la fe de María y de muchas mujeres representadas ahora por esta viuda. Por sí misma la parábola es un acto de fe, porque es hablar del reinado de Dios en el mundo. No se entenderían las parábolas como meros consejos de agricultura, de vida doméstica, de comercio o de derecho judicial, como en este caso. Sólo porque sabemos que se refieren a la sabiduría divina es que nos parecen tan elocuentes, de otro modo sonarían a consejos absurdos, imposibles de que se cumplan. Pronunciar una parábola significa anunciar, de algún modo un juicio para este mundo, porque es anunciar una presencia que va poniendo todas las cosas en su lugar, es no abandonarse a la dinámica de la fatalidad o de los caprichos de los que mandan en el mundo. Con su presencia, con su predicación Jesús recrea la historia y las parábolas nos lo hacen ver de una forma muy elocuente.

Pero además de la forma, el contenido de esta parábola, es una hermosa profesión de fe, en que Dios revela los secretos del reino a la gente sencilla: ¡Miren, hermanos, quiénes han sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes. Lo plebeyo, y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios”.(1 Cor 1, 26-29). No debemos olvidar esto, en relación a la vocación sacerdotal, también. Seamos alegres, audaces, pero no nos la creamos mucho, no hay nada en nosotros que pueda impresionar a Dios, “por la gracia de Dios somos lo que somos”. En esta parábola, por más que quede retratada la dureza del corazón de los hombres, el anuncio principal es la fuerza de salvación que nos libra de todos los que nos odian, representada por la viuda. Podemos decir que Jesús nos habla de sí mismo. El misterio de la Encarnación y de la Pasión, es cumplir la misión del Siervo de Yahvé: “No vociferará ni gritará, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no arrancará, ni apagará la mecha que aún humea. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho…”(Is 42, 2-4).

Nuestro mundo pregunta: ¿estamos solos o alguien nos acompaña? Hay una sensación de abandono, de que nadie nos ve ni nos escucha, que estamos frente a un juez cruel, indiferente, que tenemos que defendernos por nosotros mismos, en una palabra una sensación de orfandad. Hay muchas voces que lo invitan a creer en el cosmos, en la totalidad, en el infinito. De los que se supone que sabemos de Dios, a veces, también transmitimos la imagen de un Dios lejano, castigador. Hay necesidad del Dios de la compasión, del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo: “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar “setenta veces siete”(Mt 18, 22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros uno y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. El nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría”(EG 3). ¿De quién queremos ser ministros, de la divinidad impersonal, que se manifiesta en las fuerzas de la naturaleza, en la fatalidad, que legitima el dominio de unos sobre otros, en nombre de las leyes de la sobrevivencia del más fuerte. El Dios del poder, que va haciendo basura todo a su paso, incluidos los seres humanos, en favor de unos cuantos privilegiados que se adueñan de todo. O ministros del Dios de la vida, que en lugar de beberse la vida de los hombres, ha derramado su sangre por todos? Jesús nos invita a ser familiares del Dios que es Padre, cultivando nuestra relación con él en el diálogo íntimo de la oración, que nos irá configurando con su compasión: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”.

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