1ª. Lectura: Ez 47, 1-2. 8-9. 12
2ª. Lectura: 1Cor 3, 9-11. 16-17
Evangelio: Jn 2, 13-22

Por algún motivo Juan nos narra este episodio de la “purificación del Templo” al principio de su evangelio, a diferencia de Mateo, Marco y Lucas, que lo narran al final. A lo largo del evangelio Juan va comparando a Jesús con personajes o instituciones del Antiguo Testamento(Abraham, Moisés, el sábado, el Templo, etc), para poner de manifiesto que los supera con mucho. La expulsión de los mercaderes del Templo es una buena imagen de la misión de Jesús: como el que viene a preparar al pueblo de Dios para que le ofrezca un culto agradable. El culto no sólo entendido como liturgia, sino una vida de fe y obediencia a la voluntad de Dios. Quizás esto explica el hecho de que Juan lo haya puesto al inicio. De entrada llama la atención el celo de Jesús por la casa de su Padre, signo de su presencia. La imagen de Jesús con un látigo de cuerdas, tumbando las mesas de los cambistas y reclamando para Dios una casa y no un mercado, hace recordar a sus discípulos las palabras del Sal. 69,10: “El celo por tu casa me devorará”. San Lucas nos narra cómo desde pequeño Jesús manifestó una pasión muy fuerte por las cosas de Dios: ¿No sabían que debo estar en la casa de mi Padre?”(2, 49), fue la respuesta a sus padres que lo buscaban llenos de angustia. Hay fuego en el corazón de Jesús, es el Espíritu de Dios en él, que lo hace arder en pasión por el Reino y lo impulsa a defender los derechos de Dios. La voz del Señor lo quema por dentro como al profeta Jeremías: “Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía”(Jer. 20,9). En Jesucristo se manifiesta el celo de los pobres de Israel por los mandamientos del Señor, especialmente el primero: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”; el celo de Abraham, el cual está dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac antes que desobedecer al Señor; el celo de Moisés, presa de una santa cólera cuando el pueblo se hizo el becerro de oro; el celo de los profetas por defender la Ley del Señor, ejemplo de ellos es Elías: “Ardo en celo por Yahvé,, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela”(1Re 19, 10). Esto lo repite por dos ocasiones(1Re 19, 14). Creo que el Salmo 69, evocado por Juan en este texto, recoge muy bien el ardor de los creyentes del Antiguo Testamento: “Pues por ti soporto el insulto, la vergüenza cubre mi semblante; a mis hermanos resulto extraño, un desconocido a los hijos de mi madre; pues el celo por tu Casa me devora, y si te insultan sufro el insulto”(vv. 8-10). Jesucristo es un verdadero pobre que se deja triturar por el mundo a causa del Reino de Dios. Si el celo de Abraham no se consumó en el sacrificio de su hijo Isaac, por el contrario, Jesucristo consumará el celo por las cosas de Dios aceptando el sacrificio de la cruz. Esta es la imagen elocuente de un celo, de quien no sabe hacer otra cosa sino la voluntad del Padre: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”(Mc. 14, 36). Desde la pasión y muerte de Jesús se pone de manifiesto toda la intención e intensidad del gesto profético que pone Jesús en este pasaje del Evangelio; desde ahí desata el incendio de la justicia de Dios: “He venido a traer fuego a la tierra y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo”. En verdad Jesús se estremece de cólera al contemplar aquella caricatura de Dios. Le duele en lo más profundo de su ser, porque era lo que más amaba…pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado”(Jn 14, 31). “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”(Jn 17, 4); y reacciona como un niño ante las burlas hacia su padre.  Probablemente resuenan aquí las palabras del profeta Malaquías: “Voy a enviar a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan…¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y lejía de lavandera. Se sentará para fundir y purificar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán quienes presenten a Yahvé oblaciones legítimas”(3, 1-3). En Jesucristo es Dios mismo que viene a reconquistar su lugar en este mundo, símbolo de lo cual es esta entrada de Jesús en el Templo. En la tradición judía, el templo de Jerusalén era el lugar de la reconciliación y la paz, nos lo recuerda el profeta Isaías: “Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas… Él nos instruirá en sus caminos, y marcharemos por sus sendas… De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Aquí, la casa del Señor se puede entender como el pueblo de los creyentes o el Templo de piedra. El hecho es que en Jerusalén, desde su Templo se realizará la reconciliación de todos los pueblo: “caminarán pueblos numerosos. Dirán: Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob”(Is. 2,2-5). La realidad es que Jerusalén nunca ha sido un lugar de paz, como su nombre lo indica: Ierushalajim: shalajim, sahalom, paz, ni como lo anuncian muchos textos del Antiguo Testamento: “…Y los habitantes de una ciudad irán a la otra diciendo: Vamos a aplacar a Yahvé a visitar a Yahvé Sebaot. Y vendrán pueblos numerosos y naciones poderosas a visitar a Yahvé Sebaot en Jerusalén, y a aplacar a Yahvé"(Zac 8, 20-23). Todo esto quedó en un hermoso deseo, porque el escenario de violencia que vemos hoy en Tierra Santa es el mismo desde los tiempos de Jesús. Esto nos obliga a buscar otro lugar de paz, otro Templo, y este no puede ser otro que Jesucristo, como nos lo aclara san Juan: “Pero él hablaba del Templo de su cuerpo”. Jesucristo es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad… Vino a anunciar la paz: paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu”(Ef. 2, 14-18). Jesucristo nos anuncia su paz, nos deja su paz, no como la ofrece el mundo(Jn. 14, 27). La paz de Jesucristo procede de la violencia de la cruz, del sacrificio, que cada uno ejerce sobre sí mismo para establecer el Reino de Dios: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”(Mt. 14, 12). El Reino de Dios es amor, justicia y paz, y esto reclama que cada uno haga violencia a su propia violencia: “No resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto…Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”(Mt. 5, 38-45). No se nos está diciendo que nosotros somos los artífices de la paz, sino que se nos está invitando a participar de la paz que Dios quiere construir. Está bien si al escuchar estas palabras sentimos que no entendemos nada, ¿Qué se puede esperar de seres egoístas y rencorosos como nosotros? ¿Por qué hemos de comprender esta sabiduría tan sublime con nuestra inteligencia que no alcanza a ver más allá de los propios intereses? Más admirable sería que presumiéramos entender estas palabras de Jesús, si somos  fáciles para la ofensa y la venganza. El mundo nos ofrece la paz de los sepulcros: hartarnos de todo, para supuestamente quedar saciados. Lo que en realidad nos anuncian estas palabras de Jesús es la medida del amor de Dios. Es un amor capaz de sanar cualquier violencia, odio, rencor que exista en nuestro corazón. No son palabras, se trata del crucificado. La paz está ahí, en el cumplimiento fiel y absoluto a la voluntad de Dios. De lo que habla Jesús en el Sermón del monte es de lo que nos demostró en el Calvario: “obras son amores y no buenas razones”. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.(Jn. 15, 13). Jesús no se hace las ilusiones de que algún día cumplamos esas palabras, nosotros no sabemos nada de estas dimensiones del amor. Quiere que lo dejemos actuar en nosotros con toda su bondad. No se nos reprochará el que no podamos perdonar con nuestra fuerzas, de lo que sí se nos pedirá cuentas es de no habernos abierto al don de Dios. De alguna manera son ciertas las palabras: “Yo no soy nadie para perdonarte, que te perdone Dios”. Si con esto se quiere decir que del perdón verdadero sólo Dio sabe. Si con esto se quiere dar a entender que no se va a perdonar, no es tan correcto. Nuestro odio, nuestra violencia exigió la muerte cruel de Jesús; el grito aquel: ¡crucifícale, crucifícale! Está tan envenenado como nuestra sed de venganza o de pisotear al hermano; hemos necesitado la sangre de Jesús para saciarla. Pero no se nos está reclamando nada, sino únicamente el hacer inútil los méritos de Cristo, resistiéndonos al amor de Dios y su perdón. “Dichosos los que trabajan por la paz, los que saben amar y perdonar como Jesús”. El perdón es un signo inequívoco de que se entiende la obra de Dios, que no consiste en otra cosa sino en haber sido perdonados por Dios: “Si ustedes perdonan a sus hermanos sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a sus hermanos, tampoco su Padre perdonará sus ofensas”(Mt. 6, 14). Frecuentemente se entiende el perdón como una humillación, si pedimos perdón, o una injusticia, si tenemos que perdonar. Solo si lo entendemos desde el amor de Dios lo viviremos como signo de que el Reino de Dios está en medio de nosotros. Entonces será el acto más dignificante, más inteligente. No se tratará de una limosna que aventamos y que nos hace respetables, sino un acto de justicia que debemos porque lo hemos recibido. Ciertamente habrá diferentes procesos para llegar al perdón, pero en cualquier caso el perdón humaniza, nos da la estatura de una persona: esta sí que es verdaderamente libre y original. Si sabes dar el perdón eres hijo de Dios, algo de Dios está en ti y algo tuyo está en Dios. Pero aún que no puedas ofrecer el perdón por el momento, y esto te lleva a la súplica y a la contrición, eres un pobre de Dios y por lo tanto un bienaventurado. Sólo los pobres saben o quieren perdonar.   No es exactamente el templo o los templos lo que defiende Jesucristo en este pasaje. No podemos agotar el alcance de este texto haciendo una defensa de los templos o de la liturgia, aunque podríamos aprovechar para “echarles una manita”(no celulares, vestimenta adecuada, silencio, no chicle, etc), y los demás abusos que se puedan dar en las celebraciones. Todos debemos contribuir para tener templos dignos y ambientes celebrativos que favorezcan el encuentro con Dios verdaderamente. Jesús defiende lo que significa el templo: la relación con Dios y su imagen. Otros pasajes nos ayudan a darnos una idea de lo que pensaba Jesús del templo: Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni (en el templo) Jerusalén adoraran al Padre…”(Jn. 4, 21). Es la respuesta de Jesús a la samaritana, que defendía el monte en que sus antepasados habían dado culto a Yahvéh. Ni siquiera el tono agresivo de la mujer lo hizo absolutizar el templo de Jerusalén. En otro texto, casi suena a menosprecio del lugar santo cuando Jesús dice: “no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando”(Mc. 13, 1-2). Es la respuesta que da a sus discípulo que le muestran con fascinación: “Maestro, mira qué piedras y qué construcciones”. Frente a la idolatría de las piedras, de lo material, del dinero, se debe decir que hay un horizonte más amplio constituido por la misericordia, la solidaridad, el temor a Dios. A Jesús le parece que Dios ha sido despojado de su casa y se la han convertido en mercado. Lo peor de todo  es que esto es sólo signo del negocio que ha invadido muchos espacios santos, y que atenta no sólo contra Dios, sino contra la dignidad de la persona. Se ha profanado el recinto de la conciencia, por “un plato de lentejas” se compra y se vende. La familia es un botín de todos los poderes de derecho y de hecho. El cuerpo en ocasiones llega a ser un ídolo, al que le sacrificamos muchas cosas en el altar del confort y el placer. No sé si la política y la justicia les parezcan cosa santa. La religión no es con claridad una experiencia personal, sino un “pacto civilizado” para soportar el miedo y la culpa, lo cual es un insulto para Dios, etc. Todos estos son lugares santos, porque también en ellos Dios se hace presente para “prodigar todo su amor y sus cuidados”, y amenazan con ser un mercado. Jesús quiere promover el culto de un fe auténtica. El Templo que Dios quiere son corazones celosos por sus cosas y comprometidos en la construcción de la paz, por medio de la justicia.     

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