De entrada, no podemos entender este día con toda su riqueza, sino es en el marco teológico y celebrativo de todo el Triduo Pascual. Porque “aunque está centrado en la Cruz del Señor, no es correcto quedarse sólo en el aspecto de la muerte, si no está acompañado de la esperanza cierta de la resurrección”.1 Y mejor aún si meditamos la vida de Cristo a lo largo de toda la Semana Santa, después de un previo e intenso tiempo de preparación (Cuaresma). Sólo advertido lo anterior, podemos aventurarnos en una meditación del Crucificado.

Sabemos que el color rojo, en la vestimenta litúrgica, resalta esa entrega sangrienta, la entrega voluntaria a la muerte del Hijo de Dios, en nombre de todos nosotros. Hacemos ayuno2 como esa solidaridad con el Señor en camino a su muerte, pero siempre en la esperanza de su resurrección.

Se omite la celebración del Sacrificio Eucarístico. Vemos gran austeridad, un altar desnudo, sin manteles, sin flores, sin candelabros. La celebración de la Pasión del Señor es alrededor de las tres de la tarde, recordando y actualizando este sacrificio de Cristo y consta de la Liturgia de la Palabra, la Adoración de la Cruz y la Sagrada Comunión.

La comunidad recorre con gran atención este misterio de la entrega de Cristo en la Sagrada Escritura. La profecía de Isaías del siervo desfigurado pero que será engrandecido y exaltado,3 la esperanza del salmo 30 de que Dios libra de la muerte a quienes en él confían, la carta a los Hebreos que presenta a Jesús como sumo sacerdote y que por obediencia a su Padre se convierte en causa de salvación.4 Hasta llegar finalmente al Evangelio según San Juan que va desde la traición de Judas hasta la colocación del cuerpo de Cristo en el sepulcro.5 Y a su vez la asamblea responde a la Liturgia de la Palabra con la Oración Universal.

La Adoración de la Santa Cruz nos ayuda a seguir meditando que el sacrificio de Cristo no fe en vano. No se trata de una cruz de la derrota, sino “Árbol de la Cruz donde estuvo clavado Cristo” es decir, un madero triunfante, testigo del amor, de la misericordia de Dios con su pueblo, de ahí la contradicción al hablar de alegría para el mundo entero en medio de la pasión.

“La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo.”6 Así el Hijo, el verbo encarnado y crucificado que había de resucitar, fue humillado pero puesto después a la derecha del Padre.

Pero toda esta grandeza de este misterio, sea litúrgica o doctrinal, teológica y celebrativa, no se logra percibir cuando no hay un corazón perceptivo del amor de Dios. Porque no está evangelizado o porque no está dispuesto a los misterios en los que Cristo se sigue haciendo presente.

1 Semana Santa, Ed. Buena Prensa, Mex., 2007.
2 Código de Derecho Canónico, n. 1251, Ed. BAC, España, 2010. 3 Is 52, 13ss.
4 Hebreos 4, 14ss
5Jn 18, 1-19, 42.
6 Catecismo de la Iglesia Católica, n.662, Ed. CCM, Méx., 2006.

 

Si deseamos conocer el valor de la sangre de Cristo, dice San Juan Crisóstomo, en realidad nos daríamos cuenta de que es un tesoro escondido y que causa alegría encontrarse con tanta riqueza.7 Cuando no se vive la Pasión de Cristo, el evangelio, queda como mero recurso literario para montar escenas teatrales que atrapan la vista del público morboso que no se deja tocar por el camino de la cruz y que, en lugar de acercarse a la conversión personal, hacia la meta pascual; se aleja terriblemente a la indiferencia de un perfume derrochado. Cuando la liturgia celebra según la costumbre de la región, es una gran oportunidad para experimentar el mensaje de Cristo en un lenguaje significativo e interpelante, con largas procesiones de caminos llenos de flores, tradicionales procesiones (...) que ayudan a meditar el misterio sacrificial de Jesús en la cruz; pero si no se comprende que se trata del Cordero que quita el pecado del mundo, que vence a la muerte, y que nos llama a amar y servir a los hombres como él mismo “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), se corre el riesgo de echar en saco roto los bienes recibidos o, peor aún, deformar el camino de la Cruz de Cristo por infértiles o vacuas actividades que se niegan a abrir el corazón y dejar que la gracia transforme, y en el último de los casos, desviar el misterio de la entrega de Cristo por cuestiones de la muerte por la muerte, una cruz sin fruto, ritos sin el Espíritu de Dios, prácticas rituales no cristianas y, algunas finalmente diabólicas.

Siempre sea Cristo pues el centro. En ésta día; es la Palabra crucificada, es el Verbo hecho hombre tan hombre hasta la muerte, pero sin dejar de ser Dios. Filipenses 2, 6ss: “Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo para pasar por uno de tantos... se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.”

¿Cuál era entonces su necesidad de padecer? ¿Cómo cabe la paradoja de un Dios humillado? ¿Por qué el que los es todo se hace nada? ¿No bastaba con hacerse carne, sino que tenía que morir? ¿Por qué una muerte de cruz? ¿Quién es ese cubierto de sangre, mal herido, ultrajado, deformado? ¿Dónde está la multitud que lo aclamaba con palmas y se le rendía como Rey? ¿Y dónde están los que se aglomeraban para ver sus milagros? ¿Qué no se trataba del ungido, de Dios mismo, el Rey de los judíos? ¿Cuál fue el mal, cuál la ofensa? Y así todos los improperios. No hay respuesta a nada, solo si se entiende desde el amor de Dios por su pueblo, la firma del costado, sangre para lavar nuestros pecados, agua para nuestro bautismo. “Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación...causa de salvación eterna”.8

Mas no hay respuesta que alcance para el misterio del calvario. Y misterio porque cómo el ser de Cristo llega a ser incognoscible en el escándalo de la cruz. Cómo Dios llega a ser el más profundo incógnito. Ese hecho hombre desfigurado por los azotes, traspasado por las espinas, los clavos, la lanza. Cuanta blasfemia para un Dios hecho hombre. Dios que se revela en su Hijo muy amado, para manifestarse, mostrarse a la humanidad que llama a Pedro y Pedro le sigue porque lo reconoce en su figura humana, pero que esa misma carne y esa misma sangre en que fue engendrado para reconocerle, irónicamente le hacemos incognoscible por nuestro pecado, no parece hombre, menos parece Dios, crucificarlo entonces es poco. No sólo los contemporáneos no creen, hoy seguimos sin fe en el gran incógnito ¿Quién es ese? Dice la ceguera del corazón. Pero así lo permitió Cristo mismo. Más todavía “perdónalos porque no saben lo que hacen.”

7 LH Oficio Lectura Viernes Santo.
8 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 617.

 

La experiencia humana real de Cristo, el sentirse abandonado de Dios. No es solo el pesebre, el hambre, el frio, los sentimientos, sino la prueba del cáliz. Tan omnipotente y tan humano, sufre bajo las consecuencias de hacerse un hombre. Qué otra prueba de solidaridad, de entrega y de amor del Dios-hombre para con la humanidad que no la desampara: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. (Jn 19, 26ss). La presencia de María a los pies de la cruz con su alma y su corazón traspasados por esa espada del dolor, primera y fiel discípulo, con un cuidado tierno, vigilante desde el nacimiento hasta la muerte y aun después, siempre guardián, custodia, testigo de ese amor oblativo de su Hijo.

Calculamos las monedas de la traición, el número de los azotes, las espinas de la corona, las caídas con la cruz a cuestas, la medida de los clavos o el peso de la cruz... pero en realidad qué sabemos del secreto del sufrimiento, cuán poco logramos entender de la oración sacerdotal (Jn 17) cuál es la situación interior desde antes de cumplir su sacrificio y durante. Un sufrimiento a causa del otro, de los otros, de muchos otros, por amor, un amor que lo da todo, que se ofrece a sí mismo y que no se comprende ese sufrimiento sin la experiencia misma de la fuente del amor (Dios mismo), y que a su vez reclama el don de la fe para poder entrar en sintonía, y digo don porque hoy fe es sinónimo de opinión.

A los ojos que no se han dejado tocar por este amor extremo de Cristo, la ciencia de la cruz se reduce a un cuerpo colgante del madero como hecho histórico. Siendo que se trata del “misterio del calvario”, el “escándalo sangriento”, “misterio y sacramento”, “sacerdote y cordero”. El árbol del pecado, del fruto prohibido del viejo Adán, es ahora el árbol del madero del nuevo Adán. El madero hecho altar, el sacrificio del sacerdote y el cordero a la vez. La sangre derramada que no merecemos, cruz y jarro de gracia, depósito del cuerpo humano y divino, madero testigo del amor sin comparación, que silencioso sostenía el cuerpo de Cristo para que cumpliera su propio sacrificio, madero barnizado de una sangre cuyo cordero vendrá de nuevo con gloria. Dichoso árbol silencioso que mantiene erguido el cuerpo de Cristo pues por medio del sacrificio en la cruz, Dios toma nuestros pecados y hace zanja de camino a la pascua. 

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