La Iglesia celebra el misterio de Cristo a lo largo del año litúrgico haciendo memoria de los santos que, siguiendo a Cristo Jesús, incorporados a él por el bautismo, vivieron bajo la acción del Espíritu Santos. Son ellos y ellas los que reflejan la multiforme gracia de Cristo en la intensa riqueza de aspectos de la única santidad evangélica.

En realidad, la santidad de todos aquellos que la Iglesia conmemora en el año litúrgico es la santidad misma de Cristo y de la Esposa de Cristo; esta celebración es en cierto modo una experiencia que confirma la historia de la salvación que continua en el tiempo y se hace patente en estas personas que son una manifestación de las palabras y de los hechos salvadores de Dios en Cristo. Esta santidad pertenece a las obras maravillosas que el Señor continúa obrando en su Iglesia.

HISTORIA

Los orígenes del culto de los santos

La raíz de una celebración de los santos en la Iglesia se puede muy bien encontrar en el memorial de los patriarcas y padres en la fe que los israelitas hacían en sus oraciones ante el Señor. Este recuerdo de los padres no era sólo el de las obras grandes realizadas por Dios en sus siervos; era la firme convicción de que ellos intercedían por el pueblo ante el Señor. Recordarlos era hacer memorial, invocar su presencia y proponerlos ante Dios como intercesores. Baste recordar la oración de Azarías.[1]                            

            En el Nuevo Testamento la presencia de los santos se justifica por la denominación que es común a todos los bautizados, que son llamados santos (Rm 1,7) y son propuestos como ejemplo aquellos que, a imitación de Jesús, dan la vida por la fe, como es el caso del diácono Esteban. El mismo Apocalipsis nos presenta el espectáculo de la Jerusalén celestial, poblada de testigos de Cristo, de sacerdotes de Dios que elevan el cántico de la alabanza (Ap 5,9-10). Esta conciencia de la comunión con todos los santos, de la realidad de la liturgia cristiana en la que nos acercamos al único Mediador de la nueva alianza que preside la asamblea de los primogénitos (Hb 12,22-24), es el fundamento de una comunión con los santos en la liturgia que más tarde pasa a concretarse, por diversas razones, en la veneración explicita y en el culto litúrgico de los santos cristianos.

Primeros factores de una evolución

En los orígenes del culto de los santos está sin duda alguna el influjo profundo y ejemplar del culto de los mártires. Siguiendo la costumbre de conmemorar los aniversarios de los difuntos, el recuerdo anual de la muerte gloriosa de algunos cristianos que habían ofrecido su vida por Cristo, confesando con firmeza su fe, se convirtió muy pronto en una celebración que recordaba no tanto el día de su muerte sino el de su nacimiento a la nueva vida; por eso se le llamó dies natalis.[2] Una denominación marcada por la esperanza que viene del misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo.

Ya en el siglo II tenemos testimonios de la celebración del aniversario de la muerte de Policarpo, el santo obispo mártir de Esmirna. Las Cartas de Ignacio ayudan a percibir el sentido profundo del martirio de un pastor de la Iglesia. Los cristianos recogen con interés en la Actas de los mártires[3] los detalles de su muerte, como sucede por ejemplo con las de las santas Perpetúa y Felicitas. Las iglesias locales envían a las otras iglesias hermanas estas narraciones para que sean leídas en las asambleas cristianas como edificación y ejemplo de todos los fieles.  Ya desde el principio de la Iglesia hay una clara percepción de lo que es el culto tributado a Cristo y lo que es la veneración de los santos;[4] muy pronto el catálogo de los mártires, cuyos aniversarios se conmemoran, va llenando las hojas del calendario con una serie de fiestas en sus dies natalis, para hacer memoria de ellos y celebrar la eucaristía. A ello de contribuyen también la veneración de sus reliquias y más tarde de la construcción de templos en los lugares del martirio o en otros sitios donde se han trasladado las reliquias.

En el siglo IV tenemos ya muchos datos de la celebración de los mártires. Los Padres de la Iglesia Agustín y Juan Crisóstomo, por ejemplo, dedican homilías especiales para conmemorar a estos insignes testigos de la fe en el día de su aniversario. Después de los mártires irán apareciendo en el firmamento de la Iglesia los confesores,[5] las vírgenes, los monjes, los pastores santos. Al culto popular y a la elevación espontanea de algunos fieles al honor de los altares por parte de la Iglesia, seguirá a partir del siglo X una legislación más austera con la que se reserva al Papa la canonización de los santos. El primer santo canonizado es san Ulrico, Obispo de Augsburgo, muerto en el año 973, canonizado por Juan XV en una asamblea de obispos en la Basílica de Letrán en el año 993. A partir de este momento la elevación a los altares constituye uno de los actos solemnes del magisterio de la Iglesia y del primado del Sumo Pontífice.

Diversos y progresivos calendarios romanos que iban fijando la fecha de la celebración de los santos se han ido siguiendo en la historia, siempre abiertos a la integración de nuevas figuras de santidad canonizadas en la Iglesia universal. A estos calendarios generales hay que añadir la multitud de calendarios particulares de las iglesias locales y de las familias religiosas, que han ido integrando en la celebración del año litúrgico muchas figuras propias, a veces, como sucede especialmente a partir de la Edad Media, sin mucho rigor histórico en la determinación de la historia de las personas y de la efectiva ejemplaridad de su vida.

Los especialistas señalan tres momentos fundamentales en esta fijación de los calendarios del año litúrgico con las celebraciones de los santos. La primera en la Edad Media, hacia finales del siglo XII, con la integración de santos contemporáneos, como santo Tomás Becket. La segunda en el siglo XVI, con el calendario de la Misa y del Breviario que se promulgan después del Concilio de Trento. En él se depuran algunos nombres de figuras legendarias y se integran otras figuras nuevas, con fama universal de santidad en la Iglesia. Finalmente, a partir del siglo XVI, por diversas circunstancias, entre ellas la canonización de muchos santos de fama universal, el calendario se va enriqueciendo notablemente hasta llegar a una presencia avasalladora en el ciclo del Santoral, hasta el punto que se corre el riesgo de eclipsar el verdadero sentido del año litúrgico como celebración de los misterios del Señor.

La reforma del calendario universal

En el calendario de 1969, promulgado después del Vaticano II y en actuación de sus directrices, se restablece el equilibrio con una drástica reducción de fiestas de los santos con carácter universal. Una reforma que algunos pareció hasta excesiva y de tendencia protestante. Sin embargo, la Iglesia conserva con cuidado la memoria de todos sus hijos e hijas que se distinguen por la santidad de su vida. La futura edición del Martirologio romano[6] recogerá con toda la amplitud y rigor científico la memoria de todos los beatos y santos, propuestos a la veneración de los fieles.

Entre los criterios que han guiado la distribución de la presencia de los santos en el nuevo calendario litúrgico cabe recordar algunos principios. Ante todo, era necesario establecer una neta subordinación de las memorias y fiestas de los santos a la precedencia de los tiempos litúrgico y de las fiestas del Señor. En segundo lugar era necesaria una mayor universalidad en la selección de los santos y una acentuación de las figuras más insignes. Además se requería una revisión de las fechas de su celebración, de los títulos propios de cada santo y de la importancia de su celebración según las diversas formas: solemnidad, fiesta, memoria obligatoria, memoria libre. Han quedado potenciados los calendarios particulares de las iglesias locales y de las familias religiosas. La edición del Martirologio romano establecerá con toda su riqueza y objetividad la memoria de todos los santos en la Iglesia en cada día del año, aunque sin modificar la estructura actual de las celebraciones del calendario. 

TEOLOGIA

Los principios doctrinales del Vaticano II

Una teología apenas esbozada de lo que podemos llamar el fundamento doctrinal de la celebración de los santos en la liturgia en general y en el año litúrgico en particular, nos la ofrecen algunos textos del Vaticano II.

Ante todo, Sacrosanctum Concilium en el número ocho nos recuerda la índole escatológica de la liturgia eclesial y la comunión de los santos que en ella se realiza: «venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía».[7] Son palabras que se inspiran en dos textos del canon romano en el Communicantes y en el Nobis quoque. Lumen Gentium, al hablar de la dimensión escatológica de la Iglesia, recuerda la comunión de los santos, su especial intercesión por nosotros y el ejemplo de sus virtudes. [8] Pero es en Sacrosanctum Concilium 104 donde se esboza la teología de la presencia de los santos en el misterio de Cristo que se celebra en el año litúrgico:

«La Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos, que llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos».[9]  

Elementos para una teología litúrgica

La celebración de las fiestas de los santos tiene una lógica colocación en las diferentes dimensiones del misterio litúrgico.

Culto y santificación

            La dimensión fundamental de la celebración de un santo pertenece al misterio de la salvación como gozosa proclamación de la santificación realizada en los santos y como glorificación vivida por ellos. La celebración de su memoria hace revivir la gracia de la santificación para la Iglesia con la proclamación de la palabra y la participación de la eucaristía, en la que los santos no interfieren el movimiento santificante que viene que viene de Dios Padre, por Cristo y en el Espíritu a la Iglesia; más bien su memoria, al confirmar la fuerza santificante de la palabra y de los sacramentos en su vida, acrecienta, por decirlo así, la ejemplaridad para todo el pueblo de Dios. Algo semejante se puede decir en la dimensión cultual. No son los santos objeto de glorificación propia, sino ocasión de glorificación de Dios y demostración clara de que la gloria de Dios es el hombre vivo y la vida y la vida del hombre es la visión de Dios, según la certera expresión de san Irineo. Nos unimos en la liturgia a la glorificación que los santos tributan en el cielo a aquél que es el solo santo, el maestro divino de la perfección, la fuente y el origen de toda santidad.

Dimensión trinitaria

            En la celebración de la memoria de los santos hay, pues, una imprescindible celebración del misterio trinitario. Celebramos en Dios Padre a aquél que es perfecto y a cuya perfección tienen que conformarse todos los discípulos de Jesús[10] y cuya voluntad es la santificación de todos sus hijos[11]; en los santos no sólo el Padre es glorificado, sino que resplandece su designio salvador y la eficacia de su amor.

            Todos los santos son discípulos de Jesús, miembros de su cuerpo; todos reflejan la imagen, cada cual a su modo, de ese arquetipo de la santidad realizada que es el primogénito entre todos los hermanos, al cual tienen que conformarse todos según el plan divino[12]. El misterio pascual de Cristo resplandece en sus santos y la perseverante eficacia de su acción santificadora en la Iglesia se hace tangible en la liturgia, que nos ofrece la ejemplaridad de su multiforme gracia, tal como aparece en cada uno de los santos. En la multitud de los santos queda reflejada la eficacia y la riqueza de las palabras del evangelio vivido por son santos.

            El Espíritu Santo, el santificador, es el iconógrafo interior, el que inscribe en el rostro de los santos la imagen de Cristo, el que los plasma como iconoplastés según el modelo que es Cristo, como se expresa la teología oriental. Al celebrar la memoria de los santos celebramos la acción eficaz, múltiple e incesante del Espíritu Santo y santificadora. Toda fiesta de los santos se resume, en una glorificación del Padre, por Cristo, en el Espíritu, ya que cada hermano nuestro celebrado por su santidad es un hombre vivo que lleva en su rostro los rasgos de la acción trinitaria, el signo eficaz de la deificación y de la conformación a Cristo como ideal cristiano realizado.

El aspecto eclesial

            A nivel eclesial, los santos demuestran efectivamente que la Iglesia es santa por vocación y tal santidad se manifiesta concretamente en sus hijos. Son los santos y santas presentes a lo largo de todas las épocas de la, en las diversas latitudes de la geografía del mundo, en la estupenda riqueza y variedad de los carismas evangélicos. Son santos y santas que expresan la santidad universal en los diversos estados de vida y en las diversas edades, porque todos están llamados a la santidad. Por eso la Iglesia venera su memoria, mira su ejemplo, implora su intercesión, goza de su presencia y aspira a alcanzar con ellos la plena comunión en la Iglesia. La santidad reflejada por las celebraciones del año litúrgico es como la celebración de la presencia del evangelio a través del tiempo y el espacio en aquellos que, viviendo la Palabra de Dios, han quedado trasfigurados por esa misma palabra en el cielo.

La dimensión antropológica

            En la dimensión antropológica, la celebración de los santos ofrece a la Iglesia esos rostros humanos, de todo pueblo, lengua y nación, que son trasparencia de la gracia en su propia humanidad. La colaboración con la gracia es sólo una expresión más de esa bondad divina con la que Dios, según la expresión de san Agustín en uno de los prefacios de los santos, «Porque tu gloria resplandece en cada uno de los santos, ya que, al coronar sus méritos, coronas tus propios dones. Con su vida, nos proporcionas ejemplo; ayuda, con su intercesión, y por la comunión con ellos, nos haces participar de sus bienes, para que, alentados por testigos tan insignes, lleguemos victoriosos al fin de la carrera y alcancemos con ellos la corona inmortal de la gloria»[13]. En los santos, pues, resplandece la dimensión antropológica de la santificación que ellos han acogido, del culto de la liturgia y de la vida que ellos han actualizado en su propia existencia. Los santos son plenitud de humanidad redimida y santificadora, auténticas obras maestras de la gracia de Dios.

            En ellos es glorificado el Padre, fuente, autor y meta de la santidad; resplandece el rostro de Cristo, maestro y modelo único de la santidad evangélica, se manifiesta la gracia del Espíritu Santo que hace de los santos auténticos pastores del Espíritu, pneumatóforos. La Iglesia aparece santa en sus hijos. La humanidad alcanza el ideal de su vocación humana y evangélica.

RASGOS DE ESPIRITUALIDAD

            La espiritualidad litúrgica de la celebración de los santos en general está marcada por la misma orientación que la Iglesia da en los textos de sus celebraciones.

Reunidos en comunión…veneramos la memoria

            La expresión del canon romano resalta estas dos ideas fundamentales: la comunión y la veneración. En Cristo Jesús, la Iglesia en su unidad esencial es la comunión del cielo y de la tierra. La memoria de los santos explicita esa comunión que es compañía, vida en el mismo principio vital de la gracia, promesa de ser lo aquellos ya son en plenitud. En el recuerdo o memoria de los santos, con sus nombres, que son los nombres nuevos de la gloria, y sus rostros, trasfigurados por la luz de la eternidad, la Iglesia revive su historia de salvación y recibe el reflejo del esplendor de su santidad. La justa relación con los santos es la de veneración (doulía), que se traduce en amor respetuoso, admiración de sus virtudes, culto a la Trinidad, ya que todo en ellos es relativo al misterio de la gracia. De aquí el deber de contemplar todo aquello que es obra de Dios en ellos, las maravillas de la salvación en una historia que continúa en la Iglesia de todos los tiempos.

Compartir con ellos la vida eterna

En la dimensión escatológica de su memoria, esperanza y plegaria a la vez, expresada claramente en el Nobis quoque del canon romano y en la plegaria eucarística II y IV, en el deseo de compartir su presencia en la gloria. Con esta perspectiva los santos son presencias alentadoras en el camino de la Iglesia peregrina, como dice el prefacio I de los santos, hasta alcanza la corona que no se marchita.

En la plegaria eucarística III esta perspectiva escatológica tiene un matiz especial: a través del Espíritu Santo debemos ser, como ellos, ofrenda permanente, ejercitar el sacerdocio de la vida; como insinuando que los santos están ante nosotros, en el memorial del sacrifico de Cristo, como víctimas con la víctima, perfecta realización en el Espíritu de ese culto espiritual en el que han sido trasfigurados ahora en la gloria; son víctimas gloriosas con Cristo, especialmente aquellos que por su martirio se asemejan más al misterio del sacrificio pascual de Jesús.

La fecundidad del Espíritu en la Iglesia

El prefacio II de los santos pone de relieve esta dimensión:

«Porque con la vida de tus santos enriqueces a tu Iglesia, con formas siempre nuevas de admirable santidad, y nos das pruebas indudables de tu amor por nosotros; y también, porque su ejemplo nos impulsa y su intercesión nos ayuda a colaborar en el misterio de la salvación».[14]

 No es la fecundidad de la Iglesia, como cosa propia, sino la fecundidad del Espíritu en la Iglesia la que se manifiesta en los rostros de los santos con la gran variedad de los carismas, como fragmentos de un inmenso mosaico que va formando, majestuosamente, la imagen de Cristo. Esta fecundidad es la vitalidad renovada e incesante del Espíritu que va consumando la obra de Cristo en un Pentecostés permanente de santidad. Y es la prueba de la presencia misericordiosa de Dios en su Iglesia en la que cada santo es un don, un regalo de su gracia, una demostración de su amor a la humanidad.

El ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión, la participación en su destino

Tres palabras clave que la Iglesia nos propone en el prefación I de los santos: el ejemplo de su vida que estimula y alienta para acercarnos al único modelo de santidad en la variedad de sus expresiones; la ayuda de su intercesión: los santos interceden por nosotros; haciendo memoria de ellos se renueva nuestra conciencia de indigencia y nuestra confianza para implorar su ayuda fraterna; la participación en su destino: en la doble faceta de esta comunión, sentimos que los santos son de nuestra estirpe, han hecho nuestra misma experiencia; ahora están ante nosotros como garantía de que seremos lo que ellos son en la gloria, como ellos fueron lo que nosotros somos en la tierra.   

«Los santos no envejecen prácticamente nunca, los santos no prescriben jamás. Continúan siendo los testigos de la juventud de la Iglesia. Nunca se convierten en personas del pasado, en hombre y mujeres del ayer. Al contrario: son siempre los hombres y mujeres del mañana, los hombres y mujeres del futuro evangélico del hombre y de la Iglesia, los testigos del mundo futuro».[15]  

 

 

               

  

 

[1] Cfr. Dn 3,34-35

[2] Se dice que los santos han «nacido» («día del nacimiento», dies natalis) el día de su muerte (ese suele ser el día en el que se les celebra). Y es que, en los santos, el amor ha vencido a la muerte.

[3] Las actas de los mártires son la transcripción de los procesos verbales redactados por las autoridades romanas y conservadas en los archivos oficiales. En ningún tribunal faltaban los «notarii» porque recogían taquigráficamente todos los actos del proceso, señaladamente en el interrogatorio, por medio de notas o signos de abreviación. Luego se traducía a escritura vulgar, y así pasaban las piezas a los archivos judiciales.

Pero toda la labor de redacción de las Actas y su conservación en los archivos oficiales era obra de los magistrados romanos. Muchas de las actas fueron destruidas por Dioclecianoen el siglo III.

[4] Cfr. CEC 957 

[5] Los confesores de la fe son los bautizados que han sufrido agudamente, dando testimonio de su fe, sin llegar a morir por esta causa.   Los sufrimientos pueden ser de muchos tipos, desde el extremo de sufrir la tortura y el exilio hasta padecer juicios o cárcelinjustos por dar testimonio de la fe.

[6] El Martirologio romano es el catálogo de los santos y beatos (no solo mártires), honrados por la Iglesia católica. Fue escrito en el siglo XVI y ha sido revisado frecuentemente. El nuevo Martirologio romano, que actualiza la edición del 1956, contiene 6.538, pero el número de santos y beatos que incluidos es mayor ya que, junto a muchos nombres se añade: “y compañeros mártires”.  Está ordenado según los días del año e incluye el lugar y fecha de la muerte, el título (apóstol, mártir, confesor, etc.), el tipo de memoria litúrgica, la actividad que desarrollaron y algo de su espiritualidad.

[7] Cfr. Sacrosanctum Concilium, 8.

[8] Cfr. Lumen Gentium, 50.

[9] Sacrosanctum Concilium, 104.

[10] Cfr. Mt 5,48

[11] Cfr. 1Ts 4,3; Ef 1,4

[12] Cfr. Rm 8,29

[13] Cfr. Misal Romano, Prefacio I de los Santos; la Gloria de los Santos.

[14] Cfr. Misal Romano, Prefacio II de los Santos; Acción de los santos en la Iglesia.

[15] Juan Pablo II, homilía en Lisieux, 2 de junio de 1980. 

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