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Sábado Santo-Vigilia Pascual

VIGILIA PASCUAL

Así como la fiesta judía tenía su inicio la víspera a la puesta del sol, nuestra fiesta de Pascua comienza ya, litúrgicamente, en el atardecer del día sábado. La vigilia pascual es una velada con carácter festivo, en la cual la Iglesia celebra la resurrección del Salvador como origen y prenda de nuestra resurrección. Se puede constatar que esta celebración posee una viva y armoniosa progresión en todos sus elementos, ya que desde el comienzo de la vigilia nos encontramos en presencia de Cristo resucitado. La celebración de esta solemnidad pascual tiene como objetivos: conmemorar la resurrección del Salvador, también nos dispone a entrar en unión con Él en la gloria celestial.1 La memoria de Cristo que reposó en el sepulcro está cargada de esperanza y de victoria. Es un día de silencio. Silencio de Dios, de la Iglesia, un silencio no vacío, sino lleno de sentido. La Iglesia, por una antiquísima tradición, no celebra en este día, la Eucaristía ni los otros sacramentos.2 La Iglesia nos invita a que vivamos este día meditando en la persona de Jesús, depositado en el sepulcro, y esperando el momento glorioso de la Resurrección. 3

Lo propio de este día es que la comunidad cristiana ore y medite. El dolor de Cristo es también dolor de la Iglesia y de la humanidad. Jesús en el sepulcro es el mejor símbolo del Mesías que ha tomado el dolor, la muerte y el silencio de todos los hombres de todos los tiempos, como Él dijo: «si el grano de trigo no muere, queda infecundo» (Jn 12, 24). Pero es un dolor esperanzado, la oración de este día en la mañana es una oración de confianza y seguridad. A pesar de ser la noche más importante del año, no es una celebración popular. Es en esta noche en la que hacemos opción por Cristo. Es una noche de vela en honor del Señor, los fieles debemos asemejarnos a los criados que con sus lámparas encendidas esperan el retorno del Señor, para que cuando llegue los encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa. (Lc 12, 35-39)4

1 Cfr. E. FLICOTEAUX, Espiritualidad del Año Litúrgico, Ed. Sígueme, España, 1965, 270. 2 Apuntes de Introducción a la Liturgia, 2009.
3 Cfr. J.G., TREVIÑO, Vida Litúrgica, Editorial la Cruz, México D.F., 1986, 114.
4 Apuntes de Introducción a la Liturgia, 2009.

 

La gran solemnidad de la Pascua da inicio con la Vigilia Pascual y continúa con la Misa del día. La Vigilia Pascual está inmersa en una alegría que no es de la Tierra, parece que Dios anticipa una parte de la bienaventuranza del cielo. La Vigilia Pascual consta de cuatro partes: el rito de la luz, la liturgia de la Palabra, la liturgia bautismal y la liturgia eucarística. El rito de la luz comprende: la bendición del nuevo fuego y del cirio pascual, la procesión del cirio y el pregón pascual.5 Sin embargo, más importante que la bendición del fuego nuevo es la bendición del cirio pascual, el cual, es firme columna de cera que, una vez que se ha encendido, simbolizará a Cristo resucitado, el Señor vencedor de las tinieblas y que derrama sobre todo el mundo su claridad divina. Pues el Verbo de Dios, que es luz de luz, como profesa el Credo, se ha revestido de nuestra débil carne para iluminar a todos aquellos que, desde el pecado original, gimen en la sombra de la muerte.6

Es la fiesta de la luz: y la luz es Cristo Resucitado. El cirio pascual simboliza precisamente a Cristo que ha resucitado de entre los muertos. A continuación, tiene lugar uno de los momentos más dramáticos y significativos, en el que la Iglesia hace un derroche de bellísimas líricas para cantar las glorias del cirio que ilumina esta noche sacratísima con el «Pregón Pascual». En lo que respecta a la liturgia de la Palabra; es la celebración litúrgica más exuberante en lecturas bíblicas. Se contemplan siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo Testamento (la epístola y el Evangelio). Este brote de verdades reveladas es para ayudar a los fieles a adentrarse en el misterio de la Resurrección del Señor a través de un repaso por la historia sagrada, que va desde la creación hasta el cumplimiento de la redención por medio de Cristo. Por medio de la liturgia de la Palabra los fieles recorren la historia de la salvación, comprobando que todos los hechos que se narran tienen una profunda conexión entre sí. No son hechos aislados y no hay profecías sin cumplimiento. En esta parte es donde tiene un lugar especial el misterio de la Redención, por tanto, de la Pasión de Cristo en medio de la alegría pascual. Luego, en la liturgia bautismal, en la que no hay mejor ocasión para administrar tal sacramento, ya que el bautismo es esencialmente pascual, significa la muerte y la resurrección con Cristo, la muerte al pecado para nacer a una vida nueva de gracia. Es también una oportunidad privilegiada para que los bautizados renueven en esta celebración las promesas del bautismo.7

5 Cfr. J.G., TREVIÑO, Vida Litúrgica, Editorial la Cruz, México D.F., 1986, 114
6 Cfr. E. FLICOTEAUX, Espiritualidad del Año Litúrgico, Ed. Sígueme, España, 1965, 271.

7 Cfr. J.G., TREVIÑO, Vida Litúrgica, Editorial la Cruz, México D.F., 1986, 115-117. 

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Viernes Santo

De entrada, no podemos entender este día con toda su riqueza, sino es en el marco teológico y celebrativo de todo el Triduo Pascual. Porque “aunque está centrado en la Cruz del Señor, no es correcto quedarse sólo en el aspecto de la muerte, si no está acompañado de la esperanza cierta de la resurrección”.1 Y mejor aún si meditamos la vida de Cristo a lo largo de toda la Semana Santa, después de un previo e intenso tiempo de preparación (Cuaresma). Sólo advertido lo anterior, podemos aventurarnos en una meditación del Crucificado.

Sabemos que el color rojo, en la vestimenta litúrgica, resalta esa entrega sangrienta, la entrega voluntaria a la muerte del Hijo de Dios, en nombre de todos nosotros. Hacemos ayuno2 como esa solidaridad con el Señor en camino a su muerte, pero siempre en la esperanza de su resurrección.

Se omite la celebración del Sacrificio Eucarístico. Vemos gran austeridad, un altar desnudo, sin manteles, sin flores, sin candelabros. La celebración de la Pasión del Señor es alrededor de las tres de la tarde, recordando y actualizando este sacrificio de Cristo y consta de la Liturgia de la Palabra, la Adoración de la Cruz y la Sagrada Comunión.

La comunidad recorre con gran atención este misterio de la entrega de Cristo en la Sagrada Escritura. La profecía de Isaías del siervo desfigurado pero que será engrandecido y exaltado,3 la esperanza del salmo 30 de que Dios libra de la muerte a quienes en él confían, la carta a los Hebreos que presenta a Jesús como sumo sacerdote y que por obediencia a su Padre se convierte en causa de salvación.4 Hasta llegar finalmente al Evangelio según San Juan que va desde la traición de Judas hasta la colocación del cuerpo de Cristo en el sepulcro.5 Y a su vez la asamblea responde a la Liturgia de la Palabra con la Oración Universal.

La Adoración de la Santa Cruz nos ayuda a seguir meditando que el sacrificio de Cristo no fe en vano. No se trata de una cruz de la derrota, sino “Árbol de la Cruz donde estuvo clavado Cristo” es decir, un madero triunfante, testigo del amor, de la misericordia de Dios con su pueblo, de ahí la contradicción al hablar de alegría para el mundo entero en medio de la pasión.

“La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo.”6 Así el Hijo, el verbo encarnado y crucificado que había de resucitar, fue humillado pero puesto después a la derecha del Padre.

Pero toda esta grandeza de este misterio, sea litúrgica o doctrinal, teológica y celebrativa, no se logra percibir cuando no hay un corazón perceptivo del amor de Dios. Porque no está evangelizado o porque no está dispuesto a los misterios en los que Cristo se sigue haciendo presente.

1 Semana Santa, Ed. Buena Prensa, Mex., 2007.
2 Código de Derecho Canónico, n. 1251, Ed. BAC, España, 2010. 3 Is 52, 13ss.
4 Hebreos 4, 14ss
5Jn 18, 1-19, 42.
6 Catecismo de la Iglesia Católica, n.662, Ed. CCM, Méx., 2006.

 

Si deseamos conocer el valor de la sangre de Cristo, dice San Juan Crisóstomo, en realidad nos daríamos cuenta de que es un tesoro escondido y que causa alegría encontrarse con tanta riqueza.7 Cuando no se vive la Pasión de Cristo, el evangelio, queda como mero recurso literario para montar escenas teatrales que atrapan la vista del público morboso que no se deja tocar por el camino de la cruz y que, en lugar de acercarse a la conversión personal, hacia la meta pascual; se aleja terriblemente a la indiferencia de un perfume derrochado. Cuando la liturgia celebra según la costumbre de la región, es una gran oportunidad para experimentar el mensaje de Cristo en un lenguaje significativo e interpelante, con largas procesiones de caminos llenos de flores, tradicionales procesiones (...) que ayudan a meditar el misterio sacrificial de Jesús en la cruz; pero si no se comprende que se trata del Cordero que quita el pecado del mundo, que vence a la muerte, y que nos llama a amar y servir a los hombres como él mismo “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), se corre el riesgo de echar en saco roto los bienes recibidos o, peor aún, deformar el camino de la Cruz de Cristo por infértiles o vacuas actividades que se niegan a abrir el corazón y dejar que la gracia transforme, y en el último de los casos, desviar el misterio de la entrega de Cristo por cuestiones de la muerte por la muerte, una cruz sin fruto, ritos sin el Espíritu de Dios, prácticas rituales no cristianas y, algunas finalmente diabólicas.

Siempre sea Cristo pues el centro. En ésta día; es la Palabra crucificada, es el Verbo hecho hombre tan hombre hasta la muerte, pero sin dejar de ser Dios. Filipenses 2, 6ss: “Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo para pasar por uno de tantos... se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.”

¿Cuál era entonces su necesidad de padecer? ¿Cómo cabe la paradoja de un Dios humillado? ¿Por qué el que los es todo se hace nada? ¿No bastaba con hacerse carne, sino que tenía que morir? ¿Por qué una muerte de cruz? ¿Quién es ese cubierto de sangre, mal herido, ultrajado, deformado? ¿Dónde está la multitud que lo aclamaba con palmas y se le rendía como Rey? ¿Y dónde están los que se aglomeraban para ver sus milagros? ¿Qué no se trataba del ungido, de Dios mismo, el Rey de los judíos? ¿Cuál fue el mal, cuál la ofensa? Y así todos los improperios. No hay respuesta a nada, solo si se entiende desde el amor de Dios por su pueblo, la firma del costado, sangre para lavar nuestros pecados, agua para nuestro bautismo. “Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación...causa de salvación eterna”.8

Mas no hay respuesta que alcance para el misterio del calvario. Y misterio porque cómo el ser de Cristo llega a ser incognoscible en el escándalo de la cruz. Cómo Dios llega a ser el más profundo incógnito. Ese hecho hombre desfigurado por los azotes, traspasado por las espinas, los clavos, la lanza. Cuanta blasfemia para un Dios hecho hombre. Dios que se revela en su Hijo muy amado, para manifestarse, mostrarse a la humanidad que llama a Pedro y Pedro le sigue porque lo reconoce en su figura humana, pero que esa misma carne y esa misma sangre en que fue engendrado para reconocerle, irónicamente le hacemos incognoscible por nuestro pecado, no parece hombre, menos parece Dios, crucificarlo entonces es poco. No sólo los contemporáneos no creen, hoy seguimos sin fe en el gran incógnito ¿Quién es ese? Dice la ceguera del corazón. Pero así lo permitió Cristo mismo. Más todavía “perdónalos porque no saben lo que hacen.”

7 LH Oficio Lectura Viernes Santo.
8 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 617.

 

La experiencia humana real de Cristo, el sentirse abandonado de Dios. No es solo el pesebre, el hambre, el frio, los sentimientos, sino la prueba del cáliz. Tan omnipotente y tan humano, sufre bajo las consecuencias de hacerse un hombre. Qué otra prueba de solidaridad, de entrega y de amor del Dios-hombre para con la humanidad que no la desampara: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. (Jn 19, 26ss). La presencia de María a los pies de la cruz con su alma y su corazón traspasados por esa espada del dolor, primera y fiel discípulo, con un cuidado tierno, vigilante desde el nacimiento hasta la muerte y aun después, siempre guardián, custodia, testigo de ese amor oblativo de su Hijo.

Calculamos las monedas de la traición, el número de los azotes, las espinas de la corona, las caídas con la cruz a cuestas, la medida de los clavos o el peso de la cruz... pero en realidad qué sabemos del secreto del sufrimiento, cuán poco logramos entender de la oración sacerdotal (Jn 17) cuál es la situación interior desde antes de cumplir su sacrificio y durante. Un sufrimiento a causa del otro, de los otros, de muchos otros, por amor, un amor que lo da todo, que se ofrece a sí mismo y que no se comprende ese sufrimiento sin la experiencia misma de la fuente del amor (Dios mismo), y que a su vez reclama el don de la fe para poder entrar en sintonía, y digo don porque hoy fe es sinónimo de opinión.

A los ojos que no se han dejado tocar por este amor extremo de Cristo, la ciencia de la cruz se reduce a un cuerpo colgante del madero como hecho histórico. Siendo que se trata del “misterio del calvario”, el “escándalo sangriento”, “misterio y sacramento”, “sacerdote y cordero”. El árbol del pecado, del fruto prohibido del viejo Adán, es ahora el árbol del madero del nuevo Adán. El madero hecho altar, el sacrificio del sacerdote y el cordero a la vez. La sangre derramada que no merecemos, cruz y jarro de gracia, depósito del cuerpo humano y divino, madero testigo del amor sin comparación, que silencioso sostenía el cuerpo de Cristo para que cumpliera su propio sacrificio, madero barnizado de una sangre cuyo cordero vendrá de nuevo con gloria. Dichoso árbol silencioso que mantiene erguido el cuerpo de Cristo pues por medio del sacrificio en la cruz, Dios toma nuestros pecados y hace zanja de camino a la pascua. 

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Jueves Santo

Para poder adentrarnos a comprender lo que la Iglesia celebra el día Jueves Santo, es necesario que veamos este día de una forma dividida; durante la mañana y durante la tarde.

En este día, hasta la misa vespertina de la Cena del Señor, aún nos encontramos en la cuaresma, el jueves santo es el último día de la Cuaresma, es por esto que la Misa Crismal, que se celebra en la mañana del Jueves Santo, no pertenece todavía al Triduo Pascual.

La Misa Crismal, arriba mencionada, es una celebración que se lleva a cabo en la Iglesia Catedral, es presidida por el Obispo concelebrada por el presbiterio y con la participación de fieles de toda la diócesis, esta celebración tiene dos aspectos que le dan sus notas específicas, uno de ellos es la consagración del crisma y la bendición de los óleos, lo cual constituye el signo central y otro signo es el ya mencionado, de la unión eclesial en torno al Obispo. Será también en esta celebración donde los sacerdotes renovarán las promesas sacerdotales. En base a esto la Misa Crismal tendrá una importancia invaluable ya que de ésta se irradiará la vida sacramental a todas las parroquias de la diócesis. Una peculiaridad que encontraremos es que en muchas diócesis la Misa Crismal no es celebrada la mañana del Jueves Santo, sino en días anteriores debido a que muchos sacerdotes a causa de la distancia no pueden acudir en la mañana a la catedral y por la tarde regresar a sus parroquias para la celebración del Triduo Pascual.

Con la celebración de la hora menor de la liturgia de las horas llamada Nona termina la cuaresma, luego de la cual se realiza la celebración de la Eucaristía vespertina de la Cena del Señor, con esta celebración inicia el Triduo Pascual que es el corazón del Año Litúrgico. El computo del tiempo para el Triduo Pascual se hace de acuerdo a la tradición judía, para la cual se considera el inicio del día desde las vísperas, por esta razón el primer día del Triduo Pascual comienza en las vísperas del jueves con la celebración de la Cena del Señor.

Una tentación recurrente que se tendrá que evitar es la de cargar esta celebración de la Cena del Señor con un romanticismo que la desmabraría de su lugar dentro del Triduo Pascual, convirtiendo este día en el día “de la caridad” o “del servicio” o “del sacerdocio” o “de la Eucaristía”. Todos estos elementos se incluyen en la celebración, pero no podemos verlos por separado, sino en relación al lugar de la celebración dentro del Sagrado Triduo. La celebración tiene que ser situada de cara a la Pascua que tiene su culminación en la Vigilia Pascual.

Para saber integrar los elementos arriba señalados y comprender el sentido de la celebración, el camino que nos ofrecen las lecturas de ese día resulta ser el mejor camino, ya que nos brindan de una manera armonizada la institución de la Eucaristía, el mandamiento del amor y la institución del sacerdocio, todo esto en un contexto “eucarístico” y de entrega desde la perspectiva del servicio.

El Evangelio es el episodio de Jn 13, 1-15 donde resalta un elemento que dentro de la celebración se realiza de una forma real, esto es el lavatorio de los pies. Este episodio está en el contexto de la Ultima Cena, Jesús lava los pies a sus discípulos, pero también ordena

hacer lo mismo entre sí. Lavar los pies en la cultura del antiguo Israel era una marca de hospitalidad que efectuaban los sirvientes de la casa, en ausencia de éstos el anfitrión era quien lavaba los pies. Jesús se rebaja al rango de esclavo con éste gesto y desde aquí lanza una doble invitación a sus discípulos. En primer lugar, los llama a entregarse poniéndose al servicio de los demás. En segundo lugar, como anfitrión, Jesús los invita a unírsele un día en la morada de su Padre.

También podemos encontrar en el pasaje del evangelio, a la luz de la primera lectura de Éxodo 12, que cuenta la historia de los israelitas que se preparan y luego celebran la comida pascual original la víspera de su travesía por el Mar Rojo, la nueva Pascua que Jesús a través de la Eucaristía. La novedad de la nueva Pascua de Cristo no es la muerte de corderos, sino la entrega que el hace de su cuerpo y sangre, él mismo es el cordero. De esta forma con la celebración de la Misa de la Cena del Señor celebramos el anticipo de la muerte de Cristo como él lo había anunciado “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18), solo en ésta entrega que Jesús hace de sí mismo, la antigua Pascua alcanza su verdadero sentido.

Y en este sentido aparece la segunda lectura tomada de 1 Corintios 11, en la cual san Pablo relata la Última Cena como él ha recibido el relato, san Pablo es muy claro en señalar que ante las palabras de bendición de Jesús sobre el pan y el vino está sucediendo una clara alusión a su sacrificio, de esta forma la entrega de Jesús, su amor por los suyos hasta el final simbolizado en el lavatorio de pies, debía cumplirse por el sacrificio de su muerte sobre la cruz.

Otros rasgos característicos de ésta Misa es que después de la cuaresma el día de hoy se cantará el “Gloria” durante el cual se pueden tocar las campanas y que no se volverá a escuchar hasta la Vigilia Pascual, además se realizará por parte del sacerdote el gesto de lavar los pies a 12 miembros de la comunidad, también resultará significativo que en la procesión de los dones se puedan llevar donativos a los pobres recordando el antiguo canto que se entona éste día “Donde hay caridad está Dios”. Una vez que el sacerdote termina la oración después de la comunión el Santísimo Sacramento es llevado en procesión hacia el lugar de la reserva, el cuál deberá ser una capilla o un lugar adecuado del templo que será adornado con flores y cirios. Aquí quedará reservada la Eucaristía que será destinada para la comunión del Viernes Santo. Durante este tiempo los fieles procurarán acudir a realizar un acto de adoración hasta la media noche, después de la cual se podrá prolongar la adoración, pero sin solemnidad. Terminada la Santa Misa se desnudará el altar en el cual se ha celebrado y se cubrirán las cruces y las imágenes con un velo oscuro. 

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LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO DE CRISTO EN LAS FIESTAS DE LOS SANTOS

La Iglesia celebra el misterio de Cristo a lo largo del año litúrgico haciendo memoria de los santos que, siguiendo a Cristo Jesús, incorporados a él por el bautismo, vivieron bajo la acción del Espíritu Santos. Son ellos y ellas los que reflejan la multiforme gracia de Cristo en la intensa riqueza de aspectos de la única santidad evangélica.

En realidad, la santidad de todos aquellos que la Iglesia conmemora en el año litúrgico es la santidad misma de Cristo y de la Esposa de Cristo; esta celebración es en cierto modo una experiencia que confirma la historia de la salvación que continua en el tiempo y se hace patente en estas personas que son una manifestación de las palabras y de los hechos salvadores de Dios en Cristo. Esta santidad pertenece a las obras maravillosas que el Señor continúa obrando en su Iglesia.

HISTORIA

Los orígenes del culto de los santos

La raíz de una celebración de los santos en la Iglesia se puede muy bien encontrar en el memorial de los patriarcas y padres en la fe que los israelitas hacían en sus oraciones ante el Señor. Este recuerdo de los padres no era sólo el de las obras grandes realizadas por Dios en sus siervos; era la firme convicción de que ellos intercedían por el pueblo ante el Señor. Recordarlos era hacer memorial, invocar su presencia y proponerlos ante Dios como intercesores. Baste recordar la oración de Azarías.[1]                            

            En el Nuevo Testamento la presencia de los santos se justifica por la denominación que es común a todos los bautizados, que son llamados santos (Rm 1,7) y son propuestos como ejemplo aquellos que, a imitación de Jesús, dan la vida por la fe, como es el caso del diácono Esteban. El mismo Apocalipsis nos presenta el espectáculo de la Jerusalén celestial, poblada de testigos de Cristo, de sacerdotes de Dios que elevan el cántico de la alabanza (Ap 5,9-10). Esta conciencia de la comunión con todos los santos, de la realidad de la liturgia cristiana en la que nos acercamos al único Mediador de la nueva alianza que preside la asamblea de los primogénitos (Hb 12,22-24), es el fundamento de una comunión con los santos en la liturgia que más tarde pasa a concretarse, por diversas razones, en la veneración explicita y en el culto litúrgico de los santos cristianos.

Primeros factores de una evolución

En los orígenes del culto de los santos está sin duda alguna el influjo profundo y ejemplar del culto de los mártires. Siguiendo la costumbre de conmemorar los aniversarios de los difuntos, el recuerdo anual de la muerte gloriosa de algunos cristianos que habían ofrecido su vida por Cristo, confesando con firmeza su fe, se convirtió muy pronto en una celebración que recordaba no tanto el día de su muerte sino el de su nacimiento a la nueva vida; por eso se le llamó dies natalis.[2] Una denominación marcada por la esperanza que viene del misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo.

Ya en el siglo II tenemos testimonios de la celebración del aniversario de la muerte de Policarpo, el santo obispo mártir de Esmirna. Las Cartas de Ignacio ayudan a percibir el sentido profundo del martirio de un pastor de la Iglesia. Los cristianos recogen con interés en la Actas de los mártires[3] los detalles de su muerte, como sucede por ejemplo con las de las santas Perpetúa y Felicitas. Las iglesias locales envían a las otras iglesias hermanas estas narraciones para que sean leídas en las asambleas cristianas como edificación y ejemplo de todos los fieles.  Ya desde el principio de la Iglesia hay una clara percepción de lo que es el culto tributado a Cristo y lo que es la veneración de los santos;[4] muy pronto el catálogo de los mártires, cuyos aniversarios se conmemoran, va llenando las hojas del calendario con una serie de fiestas en sus dies natalis, para hacer memoria de ellos y celebrar la eucaristía. A ello de contribuyen también la veneración de sus reliquias y más tarde de la construcción de templos en los lugares del martirio o en otros sitios donde se han trasladado las reliquias.

En el siglo IV tenemos ya muchos datos de la celebración de los mártires. Los Padres de la Iglesia Agustín y Juan Crisóstomo, por ejemplo, dedican homilías especiales para conmemorar a estos insignes testigos de la fe en el día de su aniversario. Después de los mártires irán apareciendo en el firmamento de la Iglesia los confesores,[5] las vírgenes, los monjes, los pastores santos. Al culto popular y a la elevación espontanea de algunos fieles al honor de los altares por parte de la Iglesia, seguirá a partir del siglo X una legislación más austera con la que se reserva al Papa la canonización de los santos. El primer santo canonizado es san Ulrico, Obispo de Augsburgo, muerto en el año 973, canonizado por Juan XV en una asamblea de obispos en la Basílica de Letrán en el año 993. A partir de este momento la elevación a los altares constituye uno de los actos solemnes del magisterio de la Iglesia y del primado del Sumo Pontífice.

Diversos y progresivos calendarios romanos que iban fijando la fecha de la celebración de los santos se han ido siguiendo en la historia, siempre abiertos a la integración de nuevas figuras de santidad canonizadas en la Iglesia universal. A estos calendarios generales hay que añadir la multitud de calendarios particulares de las iglesias locales y de las familias religiosas, que han ido integrando en la celebración del año litúrgico muchas figuras propias, a veces, como sucede especialmente a partir de la Edad Media, sin mucho rigor histórico en la determinación de la historia de las personas y de la efectiva ejemplaridad de su vida.

Los especialistas señalan tres momentos fundamentales en esta fijación de los calendarios del año litúrgico con las celebraciones de los santos. La primera en la Edad Media, hacia finales del siglo XII, con la integración de santos contemporáneos, como santo Tomás Becket. La segunda en el siglo XVI, con el calendario de la Misa y del Breviario que se promulgan después del Concilio de Trento. En él se depuran algunos nombres de figuras legendarias y se integran otras figuras nuevas, con fama universal de santidad en la Iglesia. Finalmente, a partir del siglo XVI, por diversas circunstancias, entre ellas la canonización de muchos santos de fama universal, el calendario se va enriqueciendo notablemente hasta llegar a una presencia avasalladora en el ciclo del Santoral, hasta el punto que se corre el riesgo de eclipsar el verdadero sentido del año litúrgico como celebración de los misterios del Señor.

La reforma del calendario universal

En el calendario de 1969, promulgado después del Vaticano II y en actuación de sus directrices, se restablece el equilibrio con una drástica reducción de fiestas de los santos con carácter universal. Una reforma que algunos pareció hasta excesiva y de tendencia protestante. Sin embargo, la Iglesia conserva con cuidado la memoria de todos sus hijos e hijas que se distinguen por la santidad de su vida. La futura edición del Martirologio romano[6] recogerá con toda la amplitud y rigor científico la memoria de todos los beatos y santos, propuestos a la veneración de los fieles.

Entre los criterios que han guiado la distribución de la presencia de los santos en el nuevo calendario litúrgico cabe recordar algunos principios. Ante todo, era necesario establecer una neta subordinación de las memorias y fiestas de los santos a la precedencia de los tiempos litúrgico y de las fiestas del Señor. En segundo lugar era necesaria una mayor universalidad en la selección de los santos y una acentuación de las figuras más insignes. Además se requería una revisión de las fechas de su celebración, de los títulos propios de cada santo y de la importancia de su celebración según las diversas formas: solemnidad, fiesta, memoria obligatoria, memoria libre. Han quedado potenciados los calendarios particulares de las iglesias locales y de las familias religiosas. La edición del Martirologio romano establecerá con toda su riqueza y objetividad la memoria de todos los santos en la Iglesia en cada día del año, aunque sin modificar la estructura actual de las celebraciones del calendario. 

TEOLOGIA

Los principios doctrinales del Vaticano II

Una teología apenas esbozada de lo que podemos llamar el fundamento doctrinal de la celebración de los santos en la liturgia en general y en el año litúrgico en particular, nos la ofrecen algunos textos del Vaticano II.

Ante todo, Sacrosanctum Concilium en el número ocho nos recuerda la índole escatológica de la liturgia eclesial y la comunión de los santos que en ella se realiza: «venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía».[7] Son palabras que se inspiran en dos textos del canon romano en el Communicantes y en el Nobis quoque. Lumen Gentium, al hablar de la dimensión escatológica de la Iglesia, recuerda la comunión de los santos, su especial intercesión por nosotros y el ejemplo de sus virtudes. [8] Pero es en Sacrosanctum Concilium 104 donde se esboza la teología de la presencia de los santos en el misterio de Cristo que se celebra en el año litúrgico:

«La Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos, que llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos».[9]  

Elementos para una teología litúrgica

La celebración de las fiestas de los santos tiene una lógica colocación en las diferentes dimensiones del misterio litúrgico.

Culto y santificación

            La dimensión fundamental de la celebración de un santo pertenece al misterio de la salvación como gozosa proclamación de la santificación realizada en los santos y como glorificación vivida por ellos. La celebración de su memoria hace revivir la gracia de la santificación para la Iglesia con la proclamación de la palabra y la participación de la eucaristía, en la que los santos no interfieren el movimiento santificante que viene que viene de Dios Padre, por Cristo y en el Espíritu a la Iglesia; más bien su memoria, al confirmar la fuerza santificante de la palabra y de los sacramentos en su vida, acrecienta, por decirlo así, la ejemplaridad para todo el pueblo de Dios. Algo semejante se puede decir en la dimensión cultual. No son los santos objeto de glorificación propia, sino ocasión de glorificación de Dios y demostración clara de que la gloria de Dios es el hombre vivo y la vida y la vida del hombre es la visión de Dios, según la certera expresión de san Irineo. Nos unimos en la liturgia a la glorificación que los santos tributan en el cielo a aquél que es el solo santo, el maestro divino de la perfección, la fuente y el origen de toda santidad.

Dimensión trinitaria

            En la celebración de la memoria de los santos hay, pues, una imprescindible celebración del misterio trinitario. Celebramos en Dios Padre a aquél que es perfecto y a cuya perfección tienen que conformarse todos los discípulos de Jesús[10] y cuya voluntad es la santificación de todos sus hijos[11]; en los santos no sólo el Padre es glorificado, sino que resplandece su designio salvador y la eficacia de su amor.

            Todos los santos son discípulos de Jesús, miembros de su cuerpo; todos reflejan la imagen, cada cual a su modo, de ese arquetipo de la santidad realizada que es el primogénito entre todos los hermanos, al cual tienen que conformarse todos según el plan divino[12]. El misterio pascual de Cristo resplandece en sus santos y la perseverante eficacia de su acción santificadora en la Iglesia se hace tangible en la liturgia, que nos ofrece la ejemplaridad de su multiforme gracia, tal como aparece en cada uno de los santos. En la multitud de los santos queda reflejada la eficacia y la riqueza de las palabras del evangelio vivido por son santos.

            El Espíritu Santo, el santificador, es el iconógrafo interior, el que inscribe en el rostro de los santos la imagen de Cristo, el que los plasma como iconoplastés según el modelo que es Cristo, como se expresa la teología oriental. Al celebrar la memoria de los santos celebramos la acción eficaz, múltiple e incesante del Espíritu Santo y santificadora. Toda fiesta de los santos se resume, en una glorificación del Padre, por Cristo, en el Espíritu, ya que cada hermano nuestro celebrado por su santidad es un hombre vivo que lleva en su rostro los rasgos de la acción trinitaria, el signo eficaz de la deificación y de la conformación a Cristo como ideal cristiano realizado.

El aspecto eclesial

            A nivel eclesial, los santos demuestran efectivamente que la Iglesia es santa por vocación y tal santidad se manifiesta concretamente en sus hijos. Son los santos y santas presentes a lo largo de todas las épocas de la, en las diversas latitudes de la geografía del mundo, en la estupenda riqueza y variedad de los carismas evangélicos. Son santos y santas que expresan la santidad universal en los diversos estados de vida y en las diversas edades, porque todos están llamados a la santidad. Por eso la Iglesia venera su memoria, mira su ejemplo, implora su intercesión, goza de su presencia y aspira a alcanzar con ellos la plena comunión en la Iglesia. La santidad reflejada por las celebraciones del año litúrgico es como la celebración de la presencia del evangelio a través del tiempo y el espacio en aquellos que, viviendo la Palabra de Dios, han quedado trasfigurados por esa misma palabra en el cielo.

La dimensión antropológica

            En la dimensión antropológica, la celebración de los santos ofrece a la Iglesia esos rostros humanos, de todo pueblo, lengua y nación, que son trasparencia de la gracia en su propia humanidad. La colaboración con la gracia es sólo una expresión más de esa bondad divina con la que Dios, según la expresión de san Agustín en uno de los prefacios de los santos, «Porque tu gloria resplandece en cada uno de los santos, ya que, al coronar sus méritos, coronas tus propios dones. Con su vida, nos proporcionas ejemplo; ayuda, con su intercesión, y por la comunión con ellos, nos haces participar de sus bienes, para que, alentados por testigos tan insignes, lleguemos victoriosos al fin de la carrera y alcancemos con ellos la corona inmortal de la gloria»[13]. En los santos, pues, resplandece la dimensión antropológica de la santificación que ellos han acogido, del culto de la liturgia y de la vida que ellos han actualizado en su propia existencia. Los santos son plenitud de humanidad redimida y santificadora, auténticas obras maestras de la gracia de Dios.

            En ellos es glorificado el Padre, fuente, autor y meta de la santidad; resplandece el rostro de Cristo, maestro y modelo único de la santidad evangélica, se manifiesta la gracia del Espíritu Santo que hace de los santos auténticos pastores del Espíritu, pneumatóforos. La Iglesia aparece santa en sus hijos. La humanidad alcanza el ideal de su vocación humana y evangélica.

RASGOS DE ESPIRITUALIDAD

            La espiritualidad litúrgica de la celebración de los santos en general está marcada por la misma orientación que la Iglesia da en los textos de sus celebraciones.

Reunidos en comunión…veneramos la memoria

            La expresión del canon romano resalta estas dos ideas fundamentales: la comunión y la veneración. En Cristo Jesús, la Iglesia en su unidad esencial es la comunión del cielo y de la tierra. La memoria de los santos explicita esa comunión que es compañía, vida en el mismo principio vital de la gracia, promesa de ser lo aquellos ya son en plenitud. En el recuerdo o memoria de los santos, con sus nombres, que son los nombres nuevos de la gloria, y sus rostros, trasfigurados por la luz de la eternidad, la Iglesia revive su historia de salvación y recibe el reflejo del esplendor de su santidad. La justa relación con los santos es la de veneración (doulía), que se traduce en amor respetuoso, admiración de sus virtudes, culto a la Trinidad, ya que todo en ellos es relativo al misterio de la gracia. De aquí el deber de contemplar todo aquello que es obra de Dios en ellos, las maravillas de la salvación en una historia que continúa en la Iglesia de todos los tiempos.

Compartir con ellos la vida eterna

En la dimensión escatológica de su memoria, esperanza y plegaria a la vez, expresada claramente en el Nobis quoque del canon romano y en la plegaria eucarística II y IV, en el deseo de compartir su presencia en la gloria. Con esta perspectiva los santos son presencias alentadoras en el camino de la Iglesia peregrina, como dice el prefacio I de los santos, hasta alcanza la corona que no se marchita.

En la plegaria eucarística III esta perspectiva escatológica tiene un matiz especial: a través del Espíritu Santo debemos ser, como ellos, ofrenda permanente, ejercitar el sacerdocio de la vida; como insinuando que los santos están ante nosotros, en el memorial del sacrifico de Cristo, como víctimas con la víctima, perfecta realización en el Espíritu de ese culto espiritual en el que han sido trasfigurados ahora en la gloria; son víctimas gloriosas con Cristo, especialmente aquellos que por su martirio se asemejan más al misterio del sacrificio pascual de Jesús.

La fecundidad del Espíritu en la Iglesia

El prefacio II de los santos pone de relieve esta dimensión:

«Porque con la vida de tus santos enriqueces a tu Iglesia, con formas siempre nuevas de admirable santidad, y nos das pruebas indudables de tu amor por nosotros; y también, porque su ejemplo nos impulsa y su intercesión nos ayuda a colaborar en el misterio de la salvación».[14]

 No es la fecundidad de la Iglesia, como cosa propia, sino la fecundidad del Espíritu en la Iglesia la que se manifiesta en los rostros de los santos con la gran variedad de los carismas, como fragmentos de un inmenso mosaico que va formando, majestuosamente, la imagen de Cristo. Esta fecundidad es la vitalidad renovada e incesante del Espíritu que va consumando la obra de Cristo en un Pentecostés permanente de santidad. Y es la prueba de la presencia misericordiosa de Dios en su Iglesia en la que cada santo es un don, un regalo de su gracia, una demostración de su amor a la humanidad.

El ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión, la participación en su destino

Tres palabras clave que la Iglesia nos propone en el prefación I de los santos: el ejemplo de su vida que estimula y alienta para acercarnos al único modelo de santidad en la variedad de sus expresiones; la ayuda de su intercesión: los santos interceden por nosotros; haciendo memoria de ellos se renueva nuestra conciencia de indigencia y nuestra confianza para implorar su ayuda fraterna; la participación en su destino: en la doble faceta de esta comunión, sentimos que los santos son de nuestra estirpe, han hecho nuestra misma experiencia; ahora están ante nosotros como garantía de que seremos lo que ellos son en la gloria, como ellos fueron lo que nosotros somos en la tierra.   

«Los santos no envejecen prácticamente nunca, los santos no prescriben jamás. Continúan siendo los testigos de la juventud de la Iglesia. Nunca se convierten en personas del pasado, en hombre y mujeres del ayer. Al contrario: son siempre los hombres y mujeres del mañana, los hombres y mujeres del futuro evangélico del hombre y de la Iglesia, los testigos del mundo futuro».[15]  

 

 

               

  

 

[1] Cfr. Dn 3,34-35

[2] Se dice que los santos han «nacido» («día del nacimiento», dies natalis) el día de su muerte (ese suele ser el día en el que se les celebra). Y es que, en los santos, el amor ha vencido a la muerte.

[3] Las actas de los mártires son la transcripción de los procesos verbales redactados por las autoridades romanas y conservadas en los archivos oficiales. En ningún tribunal faltaban los «notarii» porque recogían taquigráficamente todos los actos del proceso, señaladamente en el interrogatorio, por medio de notas o signos de abreviación. Luego se traducía a escritura vulgar, y así pasaban las piezas a los archivos judiciales.

Pero toda la labor de redacción de las Actas y su conservación en los archivos oficiales era obra de los magistrados romanos. Muchas de las actas fueron destruidas por Dioclecianoen el siglo III.

[4] Cfr. CEC 957 

[5] Los confesores de la fe son los bautizados que han sufrido agudamente, dando testimonio de su fe, sin llegar a morir por esta causa.   Los sufrimientos pueden ser de muchos tipos, desde el extremo de sufrir la tortura y el exilio hasta padecer juicios o cárcelinjustos por dar testimonio de la fe.

[6] El Martirologio romano es el catálogo de los santos y beatos (no solo mártires), honrados por la Iglesia católica. Fue escrito en el siglo XVI y ha sido revisado frecuentemente. El nuevo Martirologio romano, que actualiza la edición del 1956, contiene 6.538, pero el número de santos y beatos que incluidos es mayor ya que, junto a muchos nombres se añade: “y compañeros mártires”.  Está ordenado según los días del año e incluye el lugar y fecha de la muerte, el título (apóstol, mártir, confesor, etc.), el tipo de memoria litúrgica, la actividad que desarrollaron y algo de su espiritualidad.

[7] Cfr. Sacrosanctum Concilium, 8.

[8] Cfr. Lumen Gentium, 50.

[9] Sacrosanctum Concilium, 104.

[10] Cfr. Mt 5,48

[11] Cfr. 1Ts 4,3; Ef 1,4

[12] Cfr. Rm 8,29

[13] Cfr. Misal Romano, Prefacio I de los Santos; la Gloria de los Santos.

[14] Cfr. Misal Romano, Prefacio II de los Santos; Acción de los santos en la Iglesia.

[15] Juan Pablo II, homilía en Lisieux, 2 de junio de 1980. 

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TEOLOGÍA

 
 
RAZÓN Y FE
El catedrático de esta materia es el Pbro. Antonio Sepúlveda
Autor: Edgar Amézquita, Teología I
EL TEMPLO, LUGAR DEL ENCUENTRO CON DIOS
           El catedrático de esta materia es el Pbro. Javier Arias.
           Autor: Alfredo Gómez Rojas, Teología II            
           ECLESIOLOGÍA DE APARECIDA 

                      El catedrático de esta materia es el Pbro. Víctor Melchor Quintana.

                      Autor: Óscar Loya Terrazas, Teología I

           DATOS IMPORTANTES SOBRE LA CUARESMA

                     En este trabajo encontraras información sobre el tiempo de Cuaresma. 

                     Son datos que generalmente nadie conoce.  

                     Autor: Roberto Misael Enríquez Botello, Teología IV.

           CRISTOLOGÍA

                     Reflexión sobre cómo Cristo descendió a los infiernos.

                     Autor: Alan Barrio García, Teología I. 

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