Independencia de México 

La madrugada que despidió al 15 de septiembre de 1810 ha quedado ya para siempre, en nuestra memoria nacional, no únicamente como la noche que le dio paso a un nuevo día, ni siquiera como  el puente entre la oscuridad de un periodo y el amanecer que empezaría a conquistarse a partir del 16 de septiembre, sino como el punto clave en que la identidad mexicana se vio por completo transformada. Ningún otro día, entre los almanaques que va recopilando la historia de nuestro país, ha tenido la feliz osadía de responder a nuestro México sobre su eterna pregunta de quién es él, de manera tan contundente y tan vigorosa: México, tú eres una nación independiente. La famosa imagen de nuestra tradición histórica en la que en las primeras horas de la mañana del 16 de septiembre, un cura convocaba a su feligresía, es una imagen que además de mantenerse en pie, sigue retumbando desde lo alto, tal como lo hacían las campanadas que el padre Hidalgo tocaba, y aquí me estremezco en la emoción de imaginármelo, como si todo su corazón cupiera, ardiera y se zarandeara, en el tamaño de una campana de parroquia. Y es, entonces, cuando me gusta preguntar: ¿qué tanto habría gritado la campana,  si pudiera hablar la lengua de quien la hacía retumbar? ¿Qué tanto le habría proclamado al alma de una nación que entendía semejante señal como el comienzo oficial de una lucha en que por fin verían cristalizados sus sueños de justicia, en que por fin se librarían de la opresión de un virreinato extranjero tan eficaz para construir sistemas de desigualdad?  

Este hecho, que en nuestros días conocemos y festejamos como “El grito de Dolores”, este icónico inicio de la lucha que más ha marcado el destino de nuestra tierra, ha sido contado, interpretado e interiorizado de infinidad de maneras. En los vericuetos de la historia, donde abundan casi tantas versiones de los mismos sucesos históricos, como posiciones ideológicas, socioculturales, y políticas, existen, dar lectura de los acontecimientos –mucho más de aquellos que indudablemente han cambiado el rostro de un país entero- es poner en juego aquellomismo que uno es. Con toda razón, en el ámbito académico de los historiadores,  suele decirse que contar la Historia es contarse a uno mismo y, por tanto, toda forma de hacerla es una forma de intentar comprenderse mejor, no desde otra parte sino desde lo más radical de la propia mismidad. No hay otro punto desde el cual hacer despegar al cohete de las interpretaciones, sino desde aquella lección que algún día me dio una maestra de literatura: no existe, a fin de cuentas, otra razón última para contar historias, sino la de calmar nuestra irrefrenable sed, hecha pregunta, que no dejará nunca de acuciarnos mientras sigamos, aquí, siendo peregrinos: ¿quién soy yo? Desde el centro mismo de esta interrogante, nuestro cohete despega para perderse en los altos, inconmensurables firmamentos, de aquello que ya al principio habíamos intuido que sería su destino: lo infinito e insondable del misterio que siempre representaremos para nosotros. No hay, así, otro vientre desde el cual nazca una historia, cualquiera que sea, sino desde el intento de penetrar aún más en el enigma de nuestra propia condición.

Quiero dejar esto muy en claro, antes de retomar directamente el tema de la Independencia,  porque quien está aquí, no con otra intención sino la de reflexionar juntos, brevemente, sobre el sentido de lo que hoy festejamos, no es un historiador. Ya habrá manos que se alcen para darnos el nombre de Krauze o de González y González, por dar sólo un par de ejemplos, si queremos reflexionar desde el plano meramente histórico. No: definitivamente no soy un historiador. Pero sí soy un hombre de fe. Y es desde esta posición desde donde, como antes comentaba, quiero colocarme para visualizar lo que significó el suceso del 16 de septiembre. Y todos los días, reformas, conflictos y logros que le siguieron.

De mano de dos sacerdotes –Miguel Hidalgo, el Padre de la Patria, en su primera etapa, y José María Morelos y Pavón, Siervo de la Nación, alumno y sucesor del primero, en su segunda etapa- estuvo conducido el movimiento que, hasta el momento, con más impacto había sacudido las estructuras socio-políticas del suelo mexicano. No en vano fueron dos figuras eminentemente religiosas las que encabezaron el apasionamiento dirigirse hacia una construcción más comprometida de la libertad y de la autonomía. ¿Por qué? Podríamos, en este punto, polemizar y preguntarnos sobre qué tan realmente evangélicas fueron las formas de proceder de ambos curas, podríamos inquirirnos sobre su integridad moral o sobre qué tan bien representan a la Iglesia Católica, en medio de las deshonrosas acciones que entraña todo conflicto armado y en las que seguramente, de una u otra forma, ambos se vieron implicados; más allá de eso, trascendiendo la figura de estos dos hombres, podemos cuestionarnos sobre la Iglesia, en general, y su papel en la Guerra de Independencia: ¿qué tanto apoyó las causas de los más desfavorecidos, qué tan inclinada estuvo hacia los más débiles y desprotegidos, qué tanto se encargó, a fin de cuentas, de dar el rostro de Cristo? Podemos hacerlo, e indudablemente nos remiten a puntos de genuino interés; sin embargo, más allá del debate que seguramente en otro momento sería fascinante retomar, puntualizo el fervoroso catolicismo de los señores Hidalgo y Morelos –junto al de los muchos otros personajes que los acompañaron- y me pregunto que tiene esto que ver con su afán revolucionario, porque nos dan señal de una característica vital de nuestra espiritualidad católica, un rasgo del que siempre podremos enorgullecernos: su cualidad de integradora. 

                Pensemos un momento, y nos daremos cuenta que festejar los ideales y logros de la Independencia de México, conmemorar los aspectos más nobles de sus intenciones y sus búsquedas, es también celebrar lo integrador qué es nuestro catolicismo. ¿Qué significa esto? Católico quiere decir universal. Desde ese sentido, aunque ser plenamente católico signifique estar en el mundo, sin ser de él, también significa aprender a ver al Dios inabarcable y siempre más grande, profundo y sorpresivo que todo lo que de Él podamos concebir, desde todos los ámbitos posibles; Él no se cierra a ningún campo, somos nosotros los que quizás sí lo hacemos. Así, ser católico es ser buscador incansable de Dios; y, a su vez, ser sus infatigables buscadores, es ser decididos, tajantes, defensores de la belleza, de la bondad y de la verdad. Siempre resultará conveniente volver y remitirnos a las famosas palabras de San Pablo, que a continuación parafraseo: “Ahí donde está lo bello, lo bueno y lo verdadero, ahí ha de estar la Iglesia”. ¿Qué tan fieles fueron a estos tres grandes pilares los que protagonizaron la evolución histórica de México en la batalla por la independencia del país?  Dejo esta pregunta, como hombre de fe, al absoluto dueño de la Historia, a Jesucristo. A lo que sí me doy el atrevimiento de dar contestación es al hecho de que además de la sotana, de izar con fuerza un estandarte con la Virgen de Guadalupe, o de ser conocido en toda la región como el párroco de la localidad, Miguel Hidalgo mostraba su catolicismo a través de la fuerza con que se inclinaba por los oprimidos, por el empeño con que anhelaba establecer la justicia, por el ahínco que mostraba por dejar de legado un México mejor, uno igualitario porque somos todos hermanos, es decir, uno fraterno.

            Y la fraternidad es un elemento distintivo del cristianismo. No podemos ser hermanos, sino reconociéndonos hijos del mismo padre. La mirada vuelta al Cielo, dirigiéndose al Papá en común, sólo nos la da Cristo, el Hijo, cuando dice “Abbá”, y lo dice para la eternidad, sabiendo ya nosotros para siempre, que nuestro Dios es amoroso progenitor. No podemos aspirar a hermandad más bella y profunda que a ésta. Por consiguiente,  los abusos hacia el mundo indígena o mestizo, de los cuales tenemos el registro histórico, no son, en lo absoluto, la actitud propia que se tiene hacia un hermano. Pretender un cambio rotundo a esta situación, regresar al sentido vital y primero de fraternidad que en esta tierra nos mantiene unidos, es ya una acción claramente evangélica. Aquí es donde entra nuestra espiritualidad integradora. Sea el tiempo que sea, estemos donde estemos, sean las que sean nuestras circunstancias, podemos hacer a Cristo presente en nuestro aquí y ahora.

            Sumamente complejo sería delimitar qué tanto estuvo y qué tanto no, Cristo en el proceso de Independencia, pero podemos sabernos plenamente católicos si tan alto como Hidalgo levantaba la bandera estampada de la Guadalupana, nosotros levantamos la bandera de la Verdad, y sabemos que indudablemente es estar de lado de la construcción del Reino del Amor,  estar de lado de la solidaridad hacia los rostros más oprimidos, que este movimiento conllevó. Desde los ojos de la fe, lo que nuestras manos van a aplaudir este día, es todo lo que más auténtica y plenamente fue humano –abogar por los débiles, buscar la justicia social, hacerse pobres con los más pobres- y que aún ahora debemos seguir anhelando, tan apasionadamente -¡e incluso más!- como hace 206 años nuestros antepasados lo hacían, inclinándose a la Revolución.

            La Revolución más grande que ha habido en la historia universal, conviene siempre tenerlo en cuenta –y podemos declararlo sin el temor a la exageración- es la Revolución del Amor con Jesucristo como cabeza. No pocos han declarado con lucidez que cualquier otra revolución que precie de considerarse tal, en nuestra historia, parte de lo que significó la Revolución de Jesús.  ¿Por qué? Porque a fin de cuentas siempre seremos buscadores  de lo que ya Dios hecho hombre nos ha traído, y tantas veces no nos hemos embarcado en la intensa aventura de corroborarlo a plenitud en la propia existencia: la libertad, la dignidad, el perdón, la generosidad, la compasión, la sanación, el camino, la verdad, la vida.

                En todo acto humano donde en serio se busque implementar alguno de estos bálsamos que ya Jesús nos había brindado, ahí actúa el Espíritu de Dios. Yéndonos de nuevo a esas campanadas que sonaron hace más de doscientos años, podemos leer la historia desde lo más profundo del espíritu, y celebrar aquello que realmente implicó darle espacio a Jesús, en medio de todas las inquietudes, fragilidades y cambios que este panorama independentista generó. Finalicemos, entonces, desde aquella imagen con la cual iniciamos: en un ejercicio más de imaginación,  acompañando a nuestro cura Hidalgo, toquemos con él las campanadas que dieron inicio a una revolución, pero pensando que todo el ánimo con el cual las tocamos, es el ánimo de ir más allá de la revolución independentista, para aspirar a la revolución del Amor, festejando, por tanto, todo lo que de ella tuvo la búsqueda de Independencia.

Me gusta pensar, entonces, que de tan fuerte que tocaríamos las campanas, no sucedería que los ángeles, allá, de algún lugar en lo alto, según nos cuentan, se bajarían a escucharnos, sino que, sabiendo que más allá de que en el Cielo está Dios, donde está Dios está el Cielo, ya habría ángeles sintiéndose en casa, en la tierra que se apareció la Morenita del Tepeyac; la tierra que si se nos dicen, late en un verso de López Velarde, se hace poema con Octavio Paz, respira en los cuentos de Juan Rulfo, habla el lenguaje de los murales en Siqueiros, es un alcatraz de Diego Rivera, un retazo de Frida Kahlo, algún soneto de la pluma de Sor Juana, una línea de Nezahualcóyotl, un grabado de Posada, las melodías de Agustín Lara, el dramatismo de Elena Garro, la presencia de María Félix -¡son tantos los rostros!-  hoy, nos regocijamos enormemente en recordarlo, es la tierra en que Dios nos demuestra que, en tres sílabas  –Mé/ xi/ co-  hay cabida, tan inefable comoíntima, de la expresión, como bandera tricolor, de su apasionado, de su colorido, de su tierno amor.

 

 

-Pablo Aarón Martínez-

-Seminarista-            

 

13 de septiembre de 2016

Chihuahua, Chihuahua

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