En contadas ocasiones, la Sagrada Escritura menciona los nombres de estos Apóstoles. 
La liturgia católica ha unido sus nombres en la misma fiesta, aunque se trata de personas con caracteres muy diversos.
Tenemos, en primer lugar, a Felipe de Betsaida siempre alegre, activo, emprendedor, discípulo de Juan el Bautista, antes de que Jesús lo llamara.
Felipe no titubeó ni un momento cuando el Hijo del hombre lo invitó: ¡Sígueme! (Jn 1,43).
Aunque todavía no se hallaba en el selecto grupo que acompañaba al Hijo del hombre, insistió para que su viejo amigo, Natanael, se uniera a los seguidores del Maestro de Nazaret y, cuando aquél titubeaba, sencillamente lo arrastró hacia el salvador (Jn 1, 45-47). Con confianza ilimitada, Felipe siguió al Señor en sus peregrinaciones a través de las ciudades y aldeas de Palestina.
Al Señor le complacía esta fe ingenua que, más de una vez señaló en Felipe. Antes del milagro de la multiplicación de los panes, le preguntó con qué se podría satisfacer a la muchedumbre (Jn 6, 5-6).
En la Ultima Cena, Jesús se dirige a él para recriminarlo, apenado haciéndolo un reproche que también valía para todos los apóstoles: “¿Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y todavía no me conoces, Felipe?” (Jn 14,9). Estas palabras del Señor dieron valor a los Apóstoles y les sirvieron de estimulo cuando se dispersaron por el mundo y estaban a punto de desfallecer.
Se dice que Felipe sufrió el martirio en Hierápolis de Frigia.
Completamente opuesto a Felipe, fue Santiago, apodado “el pequeño” o “el menor”. Así como Felipe se mostraba sereno y platicador, Santiago se mostraba serio y taciturno. También él era discípulo de Jesús y formaba parte de los doce elegidos que lo acompañaron hasta el fin. Como era hijo de Alfeo y de María, se le puede considerar primo del Señor.
En ninguno de los Evangelios se dice que Santiago se haya destacado en la predicación o en otras circunstancias. Al principio, como los otros miembros de su parentela, consideró con mucha reserva la actuación pública de Jesús. En Pentecostés, ese criterio respecto a Jesús, quedó transformado gracias a los dones del Espíritu Santo. 
Santiago, en compañía de Pedro, formaba el núcleo alrededor del cual se unen los dispersos. Su firmeza ayudó a los temerosos a reintegrarse. Con mucha razón, san Pablo lo llamó “el pilar” de la comunidad cristiana de Palestina, puesto que Santiago se quedó como cabeza y primer obispo de Jerusalén.
Los judíos, que por regla general odiaban con pasión a todos los discípulos del crucificado, lo respetaron y hasta le permitieron entrar al santuario del templo, tan sólo reservado a los sacerdotes. Aunque cristiano, Santiago observaba las antiguas costumbres de su pueblo.
Este hombre que parecía estar aun arraigado en el Antiguo Testamento, había sido llamado por la providencia para completar la ruptura definitiva entre el judaísmo y el cristianismo. En el Concilio de los Apóstoles, del año 50, se puso al lado del apóstol san Pablo, quien se empeñaba en liberar a los cristianos procedentes del paganismo de toda obligación impuesta por la ley mosáica. Este fue su mayor acierto, pues, en esta forma, la  Iglesia realizaba su apertura al mundo entero.
Una vez más Santiago intervino en la vida interna del cristianismo primitivo, mediante una carta breve pero sustanciosa, particularmente por su doctrina social. Escribe a sus paisanos exiliados, para enseñarles que la fe sin obras es una fe muerta. “Heno seco” llamó a los egoístas ricos que defraudan al obrero en su salario.
Durante la Pascua del año 62, algunos fanáticos fariseos aprovecharon la debilidad del procurador romano para citar al obispo de Jerusalén ante el sanedrín. Fue condenado a morir lapidado. Según otras fuentes, parece que fue despeñado desde el pináculo del templo y, como no murió instantáneamente, lo remataron a palos. 
                                

Fuente: Vivieron el Evangelio. Guillermo María Havers

 

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