El primer jueves después de Pentecostés celebramos la festividad litúrgica de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. La celebración fue introducida en España en 1973 y tiene textos propios para la Santa Misa y el Oficio. En algunas Iglesias particulares este día es también la Jornada de Santificación de los Sacerdotes.

Nuestro Señor Jesucristo es sumo y eterno Sacerdote porque Él ofreció la víctima perfecta al Padre- que no es otra cosa que él mismo- en el único altar de la Cruz. Cristo es, por tanto, Sacerdote, víctima y altar. Jesucristo ha ofrecido su propia vida por amor a los hombres, murió por todos los pobres, enfermos, por todos aquellos que habían errado en el camino hacia Dios, para que todos pudiéramos llamar “Padre” a Dios.

Toda oración cristiana se dirige a Dios por Jesucristo Sacerdote: desde la que realizamos en lo profundo del corazón, hasta aquella otra, sublime y solemne, que es la Santa Misa. Cristo no se dejó crucificar para aplacar una supuesta ira del Padre o para satisfacer una hipotética sed de sangre por parte de un Dios herido por los pecados de los hombres, al contrario, lo hizo por Amor. El que es verdadero Dios, se manifestó plenamente humano en la cruz, pues es un sacerdote que se compadece de nuestras debilidades ya que él mismo pasó por tales pruebas, pero sin caer en el pecado.

Esta festividad es para los católicos un día intensamente sacerdotal, un día para amar el sacerdocio de Jesucristo prolongado en los hombres a los cuales él les dice “sígueme”; por lo tanto durante este día debemos orar para que nuestros sacerdotes sigan fielmente el llamado que el Señor les hace y sigan entregándose con amor al Pueblo de Dios; pero no debemos olvidar orar también intensamente para que surjan nuevas y santas vocaciones.

Es importante que todo católico recuerde en esta festividad su llamado a reproducir, en cuanto le sea posible, el mismo estado de ánimo de Jesucristo al momento de ofrecerse en sacrificio: humildad de espíritu, adoración, honor, alabanza y acción de gracias a Dios. Todo católico estamos llamados a reproducir: el Papa Pío XII lo menciona en su encíclica Mediator Dei:

Aquellas palabras exigen, además, a los cristianos que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los pecados. Exigen, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, para que podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo».

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