Estamos ante el último deseo de un condenado a muerte, cuyo único delito fue amarnos hasta el extremo.

Este deseo está puesto sobre la mesa de la última cena. –Jesús, tan sólo te quedan unas horas, ¿Cuál es tu último deseo? “Con cuanto deseo he deseado comer esta cena con ustedes”. El último deseo de Este divino condenado a muerte es la cena, porque en la cena se abre un dialogo entre Dios y la humanidad. Con cuanto deseo Dios anhela poder sentarse a platicar con la humanidad, contigo y conmigo. Tan solo te quedan unas horas de vida y cercanía. A la vuelta de la cena estarás sudando gotas de sangre en el Getsemaní. Cuando alguien sabe que morirá, sabe también que sus últimas palabras deben ser definitivas; en pocas palabras, deberán decir no mucho, sino que deberán decirlo todo.

Dos besos nos explican claramente lo que Jesús, lo que Dios quiere decirnos, y lo que la humanidad responde. El primer beso es el beso de Judas: representa la repulsión de la humanidad al amor de Dios. Ese beso sordo habla del asesinato de Caín a Abel, expresa la prostitución del Pueblo de Dios con otros dioses: el dinero, el poder, el placer. Es el beso soberbio de Herodes mandando matar a Juan el Bautista, haciendo vencer a la mentira sobre la verdad. Es el beso de Judas que vende al que es la misma riqueza del ser humano; es el secuestro nocturno de los fariseos; es Pilato lavándose las manos; es el beso que, al contemplar a Jesús haciendo el bien permite la condena, matar al inocente, juzgar sin justicia, odiar al amor. Mata a Aquél que da la vida. El beso de Judas es el beso de la humanidad de todos los tiempos. Es tu beso y es el mío.

Dios responde con otro beso, el de su Hijo Jesucristo. Todos nos sabemos la historia: desde que nace pobre en Belén, hasta que muere pobre y desnudo en el Gólgota, y sepultado en un sepulcro ajeno. A Jesús se le ocurrió venir de nuevo en nuestro tiempo. Dicen que lo vieron caminando vestido de honestidad, de justicia y de paz, sentado en la presidencia, en un escritorio de escuela, en un tractor en el campo, ordeñando y dando de pastar a su rebaño; haciendo el bien, dando vida a sus seres queridos día con día. Lo mismo: curaba enfermos, expulsaba demonios, daba de comer a los pobres, resucitaba a los muertos, daba vista a los ciegos y habla a los mudos, anunciaba el Evangelio a los pobres. Un mal día lo apresó la policía y lo llevó a la celda donde interrogan a los criminales para sacarles información. Le dijeron: ¿Cómo se te ocurre venir de nuevo Jesús? haremos lo mismo contigo: te apresaremos, te juzgaremos imparcialmente, y te mataremos. Jesús escuchó atentamente al policía, éste le soltó las manos y le dijo: te dejaré en libertad, pero ya sabes lo que te sucederá si sigues haciendo lo mismo. Jesús le dio un beso en la mejilla y siguió haciendo lo de siempre: el bien (paráfrasis del inquisidor Dostoievski).

A Jesús, esta noche, le quedan pocas horas, y no quiere irse de nuestro lado, pero es inevitable, mañana le clavaremos en la cruz, le convertiremos en un árbol de muerte que dará frutos de vida eterna el sábado por la noche. Y Jesús da tres testamentos definitivos: cada vez que coman de este pan, dice la inscripción del primero; yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo, dice el segundo; y ámense los unos a los otros, termina el tercero. El primer testamento, aquel que dice: hagan esto en memoria mía, lo dejó en las manos de hombres pecadores que se llaman sacerdotes; Algunos santos, la mayoría no; unos alegres y humildes, cercanos. Hombres que aun con los dolores de su propio pecado quieren sanar el dolor de sus hermanos perdonándoles los pecados, y trayéndoles en la Eucaristía el mismo cielo. El segundo testamento, aquel que dice: estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo, lo dejó a un humilde pan, sin sabor, sin color, sin nada de espectáculo, pequeño. Es su misma presencia entre nosotros saciando el corazón hambriento de infinito, de amor infinito. El tercer testamento, aquel que dice: ámense los unos a los otros como yo los he amado, nos lo dejó a nosotros, que seguimos respondiendo a su amor con el beso de Judas… Y al terminar esta cena, el Señor, nos responderá lavándonos los pies, diciéndonos que hagamos lo mismo los unos con los otros y no dejará esta noche mientras lo llevamos al calvario y le traicionamos, con un beso, esta vez no en la mejilla, sino con un beso en los pies. Y que a pesar que le besemos con el beso de Judas, él seguirá aquí, hoy, mañana y pasado mañana hasta el fin de los tiempos “amándote hasta el extremo”.

Pbro. Luis Ramón Mendoza López

In hoc signo vinces.

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