Mientras realizaba las tareas ordinarias de estudio, alcance a ver un pequeño cofre que guardo con esmero con el fin de recordar algunos gestos de amistad que me han llevado a seguir adelante en mi vida como cristiano. No pudo evitarse venir un dolor de perdida y vacío. Recordé que hacía dos meses había perdido la cruz que me había regalado en mi cumpleaños un amigo, solía utilizarla durante el día para contemplarla, orarle y a veces besarla. Por otra parte hacia una semana durante un viaje había perdido otra que usaba durante las noches antes de dormir para hacer oración, tenía nueve años con ella y me la había regalado alguien que represento el sacrificio de dejarlo todo para seguir a Jesús. El dolor de la perdida se agudizo. Pero la voz de la conciencia se impuso al sufrimiento de estas pérdidas. Es normal que la cruz se pierda, Jesús se perdió: en el templo, se perdía a la gente por eso lo buscaban y finalmente se perdió durante tres días después de ser crucificado, para aparecer resucitado.

Esta es la dinámica del discípulo, seguir a su Maestro en el amor, suele perderse para el amor; quien se dirige en la dinámica de amar no le es extraño la perdida de la cruz; la perdida de sí mismo, amar es correr el riesgo de perderse, incluso de resultar un condenado a muerte con tal de ganar para los demás el TODO DEL AMOR. “Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenaran a muerte… y lo entregaran a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará (Mt. 20, 18-19)”.

En el caminar a nuestra Jerusalén se nos puede perder el crucificado, porque deseamos buscar mejor la comodidad de no verle como condenado a muerte por nosotros, pero el seguidor de Jesucristo es un condenado a muerte junto con su Maestro: “porque pienso que a nosotros, los apóstoles,  Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, locos a causa de Cristo; vosotros sabios en Cristo. Débiles nosotros; vosotros, fuertes. Vosotros, estimados; nosotros, despreciados. Hasta el presente pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes (1Cor. 4, 9-11)”. Pues el cristiano corre riesgos innumerables pero, “el amor lo vence todo”, cita el Papa Benedicto XVI a Virgilio en su carta sobre el amor.

El amor vence miedos, obstáculos, rencores, incluso la muerte y la condenación con tal de amar por encima de las propias fuerzas, con las fuerzas de Dios; el amor es capaz de ocupar el lugar del ser amado en la condenación para que el otro se salve. En la vida se corre el riesgo de perder lo más preciado y tal vez perdamos a veces las cruces que tanto amamos, la cruz del amigo que tanto nos ama, y tal vez duela, tal vez se pierda por tres días en el templo o una noche en oración, pero cuando se pierda en el Gólgota, crucificado siempre brillara la esperanza de que el condenado al olvido nos condene al estar ceñidos siempre al pensamiento de Dios; el condenado a perderse, nos encuentre para el Padre; el condenado al odio, nos condene al amor; el condenado al rencor, al perdón… el condenado a muerte nos condene a la vida, a la vida para siempre, para siempre.



Comment