Un mensaje para los nuevos Presbíteros Francisco Javier Domínguez Meraz y Carlos Daniel Reyes Pérez

“Y tu… Tú, que nunca soñaste más que cosas posibles…”
 (José Ángel Buesa) 

Aún era un adolescente cuando escuche un regaño refunfuñón de un adulto para con su hijo al compartirle un sueño infantil le repugno tanto que termino en regaño… “cuando sea grande”, ¡por Dios! todos decimos esto alguna vez, no recuerdo con exactitud el sueño de aquel infante inocente; con coraje empuñe una afilada pregunta contra aquella mente adulta ¿Por qué los grandes suelen matar los sueños de los pequeños; se les ha olvidado que pueden soñar? Lo que más miedo me dio, fue que me llegara a responder que los sueños nunca se hacen realidad. Pero después de que le pregunte esto solo vi correr lagrimas sobre sus ojos, al cabo de unos minutos nos encontrábamos los dos frente a frente llorando, y el niño, al ver que perdíamos el tiempo, seguía soñando.

Un Grande, Dios Padre, quien proyecto que todas las cosas tuvieran a Cristo por cabeza, apoyo los sueños de unos cuantos, pequeños, o más bien unos muchos (Cf. Ef. 1, 9-10). Los sueños de esos pequeños nunca se vieron asesinados, porque esos sueños no les pertenecían, Aquel anciano de siglos los había depositado en su corazón. Bien expresó Teresa de Lixeus: “todo buen deseo es inspirado por Dios”. El primer pequeño que vemos en el plano de la historia es a Abraham, un anciano sin descendencia que al contemplar las estrellas del cielo sueña con una descendencia incontable como lo son los astros del cielo. José el más pequeño e indefenso, despreciado por soñador, ante quien se inclinarían sus hermanos. Moisés, un asesino perseguido quien tal vez había perdido toda esperanza en la vida, llamado a liberar a un pueblo del yugo egipcio.  David, un pobre jornalero llamado a la realeza y la prosperidad de un pueblo. Isaías un hombre de labios impuro llamado a anunciar: arrepentimiento y esperanza a un pueblo desesperanzado y duro de corazón.

El desenlace de cada historia todos la conocemos; Abraham con un hijo llamado Isaac de quien brotaría la descendencia de aquel anciano; Moisés con un pueblo a lomos por en medio del mar y después en el desierto camino a una tierra prometida; David gobernando con fe a un pueblo prospero, su debilidad infantil se vio robustecida por la gracia de Dios; las palabras de los labios impuros de Isaías siguen interpelando nuestros corazones. Tiene especial mención el sueño de José, porque es quien nos explica que los sueños aunque parezcan ostentosos, si vienen de la voluntad de Dios, surgen con nobleza y sencillez para realizarse con portentos admirables. Todos tan debiluchos con sueños de un Fuerte; lo que pasa es que el dueño de los sueños, el Grande, no los calló, ni reprimió su sueño, sino que lo alentó hasta consumarlo frente a sus propios ojos, siendo ellos protagonistas y espectadores de la obra que Dios había realizado en conjunto con ellos, no solo instrumentos, no solo servidores, sino colaboradores del Plan de Dios.  Cuando se sueña desde Dios, los sueños son invencibles y reales sobre el pesimismo y lo imposible.

La calve de sus sueños realizados estaba en qué; el ser humano desea, pero Dios transforma en fe lo que es un simple deseo, porque “la fe es la certeza de lo que no se ve (Hb. 11, 1)”. Las ilusiones las transforma en esperanzas, porque la esperanza es razonable y realista, no inalcanzable, quimérica y  demente (Cf. 1Pe. 3, 15). Una mera obra humana cobra una verdad divina porque, no se trata de un esfuerzo frágil y humano, sino que se ve contagiado, desde lo más humilde de la esterilidad, vejes, esclavitud, fragilidad de un niño, de la impureza de unos labios; porque se trata de la llama del amor la cual es concreción, realización, plenitud de las obras; porque todas nuestras obras, Señor, nos las realizas tú, dice el salmista. La fe no es un simple deseo, porque la fe ya posee lo que sueña, la esperanza no es ilusión porque ya palpa lo que proyecta, el amor no es activismo porque ella es el principio y fin de todo esfuerzo humano; de toda fe y esperanza que se ven coronados por la gracia divina.

Todos soñamos como aquel niño. No permitas Señor que dejemos de soñar en Ti con fe, esperanza y amor, para que al final permanezca el amor.

Y ¿Qué decir de ti Señor Jesús, de tus sueños?... “Tus brazos solo son dos ramas del  árbol que soñaste”. 

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