Cuando un juego de ajedrez se desenvuelve llega el momento en donde se sabe un limiten dentro del juego, la impotencia embarga a aquel que está a punto de ser vencido, las piezas no son suficientes para hacer frente, el tiempo se extingue o simplemente no se tiene un movimiento que evite la derrota.

Entre el cielo y la tierra se desenvuelve un ajedrez constante, donde el ser humano se ve tentado por causas humanas-espirítales (no luchamos contra fuerzas humanas sino contra las fuerzas del demonio). Ante estas tentaciones siempre hay piezas que se mueven en nuestra contra, pero la vida y la gracia de Dios nos han dado elementos para desenvolvernos en torno a estas batallas. Hay situaciones en las cuales estamos irremediablemente perdidos.

Dios por su parte hace de entrenador, contempla la pelea desde fuera, indicando los movimientos dentro del combate: ¡usa tu oper, tu derecha, tu derecha… una tu ternura, tu fragilidad, tu paciencia, tu prudencia, templanza, justicia, fortaleza… recuerda el arma que vence al mundo: la fe…!

Jesucristo ha vencido definitivamente sobre el pecado y la muerte, pero nuestra lucha es necesaria… somos más que vencedores, incluso derrotados, vencemos por Aquel que nos amó.

Nuestra fragilidad humana no siempre escucha la voluntad de Dios, la soberbia hace cúmulos de cerilla en nuestros oídos espirituales, llevamos la batalla a nuestras directrices y caemos, sin más, noqueados. Cerramos las jugadas del ajedrez, nos quedamos sin piezas para mover, y el rey solo, se mueve de un lado a otro evitando el jaque mate. La angustia de ser derrotados se corre por el corazón, la frustración corrompe la paciencia, debilita al fuerte, desequilibra el temple, empaña la justicia y ofusca la fe. Parece que Dios calla.

Solo besar la lona en el cuadrilátero de la vida, solo experimentar la soledad del rey ante un ejército, lleva a un vacío tan extremo que tiene su  en gritos auxilios al padre; don de la noche oscura nos grita: ¡Solo Dios basta!

Algunos afirman que al estar luchando, Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, que Dios no permite que el enemigo nos haga más daño del cual no podamos recuperarnos, ayudados por su gracia. Pero cuando acudimos a nuestras propias fuerzas permite que nos derroten las tentaciones con todo y las circunstancias. Dios parece habernos abandonado.

Dios siempre tiene una pieza más en el ajedrez, Dios siempre sabe decir la palabra suficiente y salvadora para que, tirados en la lona, podamos volver a levantar los brazos. Con Dios, somos vencedores infinitos, con Dios siempre es un  jaque mate de nuestra parte. 

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