“Él soporto el castigo que nos trae la paz y por sus heridas hemos sido curados (Cf. Is. 53, 5)”. El presbítero es el anciano e todo, una sabiduría especial le caracteriza; experto en dolores para conllorar; podríamos decir que participa de cierta manera del sufrimiento vicario de Cristo, del sufrimiento de los hermanos para conducirlos a la sanación. No por nada dice la carta a los hebreos que el sacerdote debe ofrecer el sacrificio del perdón por los pecados del pueblo y por los suyos mismos.

Cuando el pastor es débil, entonces Dios se hace fuerte en él, la sensibilidad para con sus hijos en la fe va en aumento y su compasión misericordiosa la cual le viene de Dios se derrama sobre sus fieles. En tiempos de crisis podría parecer que el sacerdote no tiene nada que darles a sus hijos en el alimento espiritual: sus predicas se enfrían, las expresiones de amor disminuyen en sus atenciones, la oración parece no expresar nada del amigo incondicional.

Herido de cansancio tal vez, vuelve a su herida y de la misma herida brota el alimento con que alimentar a sus hijos; hombre habituado al dolor, con una espina de cruz al talón: esto es lo que lo hace ser un anciano, un presbítero, el anteceder en el sufrimiento a sus hijos para entregarse; “sufro y quisiera sufrir más”, decía desde su fecundo ministerio sacerdotal San Pío de Pietrelcina.

Cuando el sacerdote piensa que no puede más sigue la dinámica del pelicano, cuando ya no encuentra alimento para sus hijos, se pica el pecho hasta sangrar; la sangre se convierte en el nutriente de los hijos. Jesús agoto su sangre para salvarnos. La cruz, lo cura del consagrado como estilo de vida sana las heridas de sus hijos. Es absurdo pedir sanación, cuando la única manera de ayudar al enfermo es conociendo la enfermedad; la experiencia da lo que no dan los libros, ni las aulas.

Dios debe amar mucho a sus hijos, cuando como consagrados nos  envía un sufrimiento, para poder ayudarlos en aquello que están padeciendo. No es de extrañarse que después de haber padecido algún problema en la vida, en algunos días a vece, meses, tal vez años, se acerque una persona con un problema tan semejante y ella por nuestra experiencia, resulte mejor acompañada. El sufrir bien vale alimentar a los hijos con la propia sangre. 

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