Un día como hoy pero hace 161 años, el Papa Pío IX, definió que la Santísima Virgen María “en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original”. Es gracias a esta proclamación que podemos celebrar esta solemnidad de la Inmaculada Concepción. Sin embargo esta tradición viene desde los primeros siglos de la Iglesia en la enseñanza de los Santos Padres.

Pero, ¿Por qué lo celebramos? Es bien conocido que todo hombre, por ser descendiente de Adán viene al mundo conforme las leyes ordinarias, y dispone por la desobediencia de éste una mancha (pecado original) en cada uno de nosotros. Mediante el Bautismo interviene la Gracia que cancela esta mancha, derramando la gracia en el alma e incorporándonos a la familia divina como hijos de Dios. Sin embargo, en María nunca hubo mancha, ni alejamiento de Dios. Desde el primer instante estuvo su alma adornada con plenitud de gracia, de modo que desde su concepción estuvo elevada a la dignidad de los hijos de Dios.

¿Y cómo puede ser esto? Dios introdujo en el mundo a la Virgen con tal plenitud de santidad, por el fin que su eterno amor le había señalado y preparado, pues esta pureza era la incomparable pureza que convenía a la Madre de Dios.

En el origen del mundo, entró el pecado en la humanidad por Eva que condujo a Adán a la tentación; pero en la plenitud de los tiempos, entró la salvación a todos los hombres por aquella mujer que sería saludada con un Ave. Así, María viene a ser el principio de nuestra salvación.

¿Y cómo me toca esto a mí en mi vida cotidiana? Este 8 de diciembre, no sólo celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, también toda la Iglesia celebra el Jubileo por el 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, que comenzará con la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, donde viviremos continuamente marcados por la misericordia.

Este año es importante recibirlo con fervor y fe, de modo que podamos llegar a “Ser misericordiosos como el Padre” (Lc 6, 36); he aquí la gran labor de todos los cristianos en imitar al Padre en las obras de misericordia con aquellos que necesitan de un consuelo, de una palabra de apoyo, de nuestra compañía, de que compartamos con ellos.

En esta vocación cristiana de la misericordia, podemos aprender mucho de la Santísima Virgen, Madre de Misericordia; aprendemos de ella la obediencia a la voluntad divina como ella asumió el Plan de Dios el día de la Anunciación. Vayamos al encuentro de los que nos necesitan, a ejemplo de Ella que asistió a su prima Isabel. Tomémosla como ejemplo de amor a los pobres a aquella que amó con todo su corazón al Hijo de Dios que nació en el pesebre de Belén; hagamos de nuestra vida una constante búsqueda del Señor, así como ella lo buscó por tres días cuando se quedó en el Templo de Jerusalén; imitémosla en su preocupación por las necesidades de los demás, así como ella reconoció que les faltaba vino en las bodas de Caná, pidámosle que nos de fortaleza para sobrellevar las dificultades de la vida, así como ella soportó junto a su Hijo el suplicio de la cruz.

También imploremos su intercesión para que podamos llegar al final de nuestra vida con alma pura e intacta, como ella la tuvo desde su nacimiento y la mantuvo a lo largo de su vida. Es deber cristiano que en este año nos acerquemos a nuestra Madre Santísima y asemejemos nuestra vida a la suya. Ella es “Madre y modelo” (Redemptoris Mater) de todo cristiano.

Sergio Vázquez

Filosofía  I

Comment