Jesús quiso comenzar la Redención del mundo naciendo en una familia… Dios toma la iniciativa del encuentro con el hombre, quiere habitar entre nosotros, quiere dejarse amar y educar por una familia. ¡Quiere tener un padre y una madre!

Desde que María concibe en su vientre por obra del Espíritu Santo y es aceptada por José conforme a la voluntad de Dios; comienzan a caminar juntos, y esto los conforma como una familia, ahí es donde Dios mismo ha querido nacer. A Jesús, María y José les toca peregrinar de un lugar a otro, llevando consigo aquello que los hace ser una familia y un hogar; no se dejaron limitar por la ausencia de las cuatro paredes que hacen una casa, sino que les bastó el amor y la unidad, pese a las diversas circunstancias.

Contemplar la vida de quienes forman la Familia de Nazaret nos lleva a reflexionar. Ellos son una familia tan normal como cualesquier otra, donde José, un hombre que se gana la vida como carpintero, es quien hace cabeza de la familia y, cuidándola, busca hacer la voluntad de Dios; María, por su parte, es la mujer que cuida de la educación de su hijo, atiende a su esposo y se encarga de las tareas de casa; y Jesús, si bien, es el hijo de Dios encarnado, es también un niño que aprende de las acciones de sus padres y obedece a lo que ellos le piden y mandan.

Las enseñanzas de Dios siempre son actuales y en su inmenso amor nos presenta el modelo pleno de integridad. El ejemplo de la sencillez de la Sagrada Familia es modelo, nos enseña que Dios permanece aún en los momentos difíciles. Ellos lo experimentaron: en el caso de la huida de Egipto, cuando Jesús se queda atrás en el templo y en los demás acontecimientos difíciles que tanto María, José y Jesús pasaron durante sus vidas. Todo ello, ha de iluminar  la propia experiencia, mantener y fortalecer la confianza plena en Jesús.

El testimonio de vida y de comunión que ellos nos ofrecen como ideal, hace real para nuestro tiempo la posibilidad de cumplir con la voluntad del Padre, y desde la realidad específica de nuestras familias estamos invitados a convertir la propia familia en Iglesia doméstica unida a Cristo. La Sagrada Familia se convierte en ejemplo y en anhelo para todas las familias de nuestro tiempo, por la comunión y entrega de cada uno de sus miembros y la perseverancia en el caminar.

La familia, es escuela de virtudes donde los padres son los primeros educadores en todos aspectos, pero principalmente en la fe, mediante la palabra y el ejemplo constante. La familia, es el lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios, pues Él nos ha colocado a todos en una familia concreta; también lo hace en un plano espiritual, se nos da como Padre y a María como madre. No podemos negar que el bienestar de nuestra sociedad en gran medida depende del bienestar de nuestras familias y de cuánto manifiesten la presencia de Dios en medio de ellos.

¡Bendita normalidad!, que puede estar llena de tanto amor de Dios… Así es la familia de Jesús: Sagrada, Santa, ejemplar, modelo de virtudes, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios. El hogar cristiano debe ser imitación del de Nazaret: un lugar donde pueda habitar Dios, y que por Él la familia crezca y se desarrolle. Santificar el hogar día a día es una gran tarea que nos corresponde a todos los que formamos parte de una familia, de modo que nuestro corazón debe tener reservados dos lugares muy especiales e irremplazables: el primero para Dios y el segundo para nuestra familia, que es signo del amor inmenso de Dios.

Nuestra familia viene a ser un pretexto para encontrar a Dios; Él la ha planeado para mostrarnos la grandeza de su amor y la predilección por cada uno de nosotros; sus pilares han de ser: la fe, el amor, la ternura, la esperanza, la unidad, la comunicación y, sobre todo, la experiencia plena de Cristo. Jesús sigue tomando la iniciativa del encuentro con nuestras familias: nace para quedarse entre nosotros y para enseñarnos a todos a ser hijos como Él lo es.  

Encomendemos a la protección de la Santa Familia de Nazaret a nuestras familias, en especial aquellas que pasan por distintas necesidades y dificultades: incertidumbre, enfermedad, miedo, desunión, pobreza espiritual, ancianidad, falta de integridad, crisis de identidad, etc. También pidamos por aquellas familias que se esfuerzan día a día por ser un ejemplo creíble para nuestra Iglesia; que dan testimonio de que Dios nos llama a la existencia en el núcleo de una familia donde crecemos en espíritu y en verdad, como Jesús. Oremos constantemente por la santificación de nuestras familias ya que ellas son el lugar donde vivimos la plenitud del amor que se hace realidad; son lugar donde la luz de la misericordia sobrepasa cualquier límite y son lugar donde Jesús manifiesta en todo su esplendor la armonía, la alegría, y la paz…

 

José Luis Armendáriz  

Teologia III

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