La presentación de la Santísima Virgen: “La belleza de una vida consagrada a Dios”

La fiesta mariana que se celebra el 21 de noviembre nos permite encontrar buenos motivos para comprender mejor el misterio de María y también el nuestro.

El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente con la venida de Cristo, es eterno. Abarca todos los hombres, pero reserva un lugar particular a la “mujer” que es la Madre de Aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la salvación. María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de la anunciación del ángel. 

Por ello, “Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, la Santísima Virgen María es:  

       Una acción de gracias al Dios de la vida. San Joaquín y Santa Ana, le agradecen a Dios el don de la vida de su hija mediante el rito de la presentación en el Templo. Es lo mismo que María hará con su propio hijo Jesús, cuando al llevarlo al Templo de Jerusalén ella dé gracias públicamente por el don de su maternidad y por el don de la vida nueva que ha venido al mundo.

       Una consagración de esta vida a Dios para vivir en sintonía con su querer. En la presentación en el Templo, a la acción de gracias, le sigue un acto de consagración, de ofrecimiento de la vida a Dios.

Por ello celebramos la dedicación total de María a la voluntad de Dios. Pues dirá el evangelista Mateo (12, 46-50) “Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

María es plenamente la Madre de Jesús, no solamente porque lo llevó nueve meses en su vientre, porque lo dio a luz, porque lo alimentó y lo educó, sino porque ella escuchó y obedeció con una dedicación total a su Palabra, porque esta Palabra fue el fuego que ardió en su corazón y le indicó la ruta de su proyecto de vida.

Durante toda su vida, desde la presentación en el Templo como ofrenda viviente al Señor y desde aquél día en que con su “sí” aceptó ser la Madre de Jesús, hasta la dramática experiencia del Calvario, María fue signo de la adhesión, de la fidelidad, de la consagración total a la voluntad de Dios. De esta forma el misterio de María no se agota en ella misma sino que ilumina profundamente la vida de “todo” aquel que como ella viva un serio camino de discipulado. Porque María, por su consagración total a la voluntad de Dios, es el primer y más claro ejemplo de entrega al Padre celestial, es la belleza de una vida consagrada a Dios y además verdadera “Madre” de la nueva familia de Jesús.

Bibliografía

II, J. P. (1987). Redemptoris Mater. Vaticano: San Pablo.

XII, P. (1959). Ad Caeli Reginam. Madrid : San Pablo.

Jesús David Torres

Filo I

 

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