William Blake, Satanás castiga a Job con llagas en fuego, 1826

William Blake, Satanás castiga a Job con llagas en fuego, 1826

 

Los ángeles, previamente antes de recibir por parte de Dios el don de la visión beatífica, tuvieron conciencia de su ser y de las grandísimas perfecciones y facultades en el conocer y en el actuar. Mientras la mayoría de las criaturas angélicas admitieron esta razón para agradecer a Dios y mostrar cohesión hacia Él, quien es manantial de amor, bondad y misericordia ilimitada, otros volcaron su ser, su naturaleza; cayeron bajo el imperio de los deseos, se estimaron autónomos y le restaron importancia al vínculo divino. Esta minoría padeció lo indecible y se hundió en una noche fría distanciándose y abandonando al Ser Supremo, dejándose inyectar por el odio hacia Dios, al mismo tiempo que se sumergían en una depresión imperial. A partir de este momento tuvieron lugar ángeles “buenos” y “malos”, no en su esencia, sino por elección. A los primeros, la Sagrada Escritura les llama «ángeles», a los segundos les llama «demonios» o «espíritus malignos». Esta última nomenclatura está orientada a definir sus acciones maléficas, dirigidas a seccionarnos, a engañarnos y a segregarnos de Dios, puesto que son los habitantes de las riberas nocturnas y poseen un hogar hechizado de horror. Por lo anterior, se puede afirmar que el Diablo es un ángel que se tornó libremente malo, el cual, porta un eslabón indestructible de odio hacia los seres humanos, San Agustín escribe: «si el Diablo por su propia iniciativa pudiese algo, no quedaría viviente sobre la Tierra», y San Buenaventura afirma: «es tanta la crueldad del Demonio que nos tragaría en cualquier momento, si la divina protección no nos protegiese».[1] 

En la Sagrada Escritura se vislumbra claramente el poder del Diablo: Jesús lo llama «príncipe de este mundo» (Jn 14,30); san Pablo lo cataloga como «dios de este mundo» (2Co 4,4); más tarde, Juan afirma que «todo el mundo yace en poder del maligno» (1Jn 5,19), para mostrar que todo cuanto existe se ha contaminado. Jesús arribó a la Tierra para «deshacer las obras del Diablo» (1Jn 3,8), para independizar al ser humano de los placeres perversos e instalar el Reino de Dios. Entre la primera venida de Cristo y la segunda, es decir, la parusía, el Diablo se encamina a una tarea: intento frenético de arrastrar a cuantos le sea posible a su página siniestra, quiere transformar la sutileza de la paz en una guerra atroz; es una batalla que efectúa poseído de fiebre, sabiendo que ha fracasado y que le queda poco tiempo (Ap 12,12). El vaticano II ha evocado la sublime y magistral enseñanza de la Iglesia en relación con el Diablo: «a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, iniciada en los orígenes del mundo». (GS 37). «El hombre, por instigación del Diablo, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último.» (GS 13). «Pero Dios envió a su Hijo al mundo a fin de arrancar por Él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás». (AG 3). San Juan Pablo II en uno de sus discursos sobre Satanás, realizado el 24 de mayo de 1987 en su visita al Santuario de San Miguel Arcángel declaró: «esta lucha contra el Demonio, que caracteriza al Arcángel San Miguel es actual también hoy, porque el Demonio está siempre vivooperante en el mundo. En efecto, el mal que existe en él, el desorden que se presenta en la sociedad, la incoherencia del hombre, la ruptura interior de que es víctima, no son solamente las consecuencias del pecado original, sino también efecto de la acción infestada y tenebrosa de Satanás».[2]

La actividad demoníaca se jerarquiza en: ordinaria y extraordinaria. La ordinaria es más rústica, oculta e intestinal; ésta encierra la tentación, sin embargo, no todas las tentaciones provienen del Diablo, pueden tener su raíz en la misma naturaleza humana, desnivelada hacia el mal. La acción ordinaria del Diablo se encauza a todos los seres humanos. También Jesús acogió nuestra condición humana dejándose tentar por Satanás. La actividad extraordinaria de Satanás es relevante y prominente, la cual puede dividirse en diversos grupos: los padecimientos causados por Satanás exteriormente, son los sucesos que se presentan en muchas vidas de santos: el santo cura de Ars, el padre Pío, entre otros, los cuales fueron apaleados y tratados con dureza por el Diablo. La posesión diabólica, es el suplicio más grave. Aparece cuando el Diablo toma posesión de un cuerpo para hacerlo actuar y hablar a su determinación. La vejación diabólica, encierra en disturbios y enfermedades. La obsesión diabólica, consta de pensamientos maníacos, a veces racionalmente sin sentido, de los que la víctima se ve imposibilitada para liberarse; incitan a la persona a un constante estado de desaliento, desesperanza y tentaciones que la dirigen o la orientan al suicidio. Finalmente la infestación diabólica, sobre casas, objetos y animales.[3]

Por todo lo anterior, el Concilio Vaticano II no ha dejado nunca de poner en guardia contra los aullidos repugnantes que son las acciones de Satanás y de los demonios. De la misma manera que los Concilios de Florencia y Trento, ha hecho memoria que Cristo nos libera del poder de las tinieblas (AG 3 y 14). La constitución Gaudium et Spes en el número 37, resumiendo la Sagrada Escritura a la manera de San Pablo y del Apocalipsis declara que la historia de la humanidad es una ardua acción bélica contra el poder de las tinieblas que tendrá lugar todos los instantes de la vida hasta el día final. La Lumen Gentium y san Pablo en su carta a los Efesios nos evocan la lucha que debemos sostener contra los dominadores de este mundo tenebroso (Ef 6,12), (LG 35). Sin duda que el reino de Dios ha llegado a nosotros (Lc 11,20 y Mt 12,28).[4]

 

[1] C. Balducci, Adoradores del Diablo y Rock Satánico, Lumen, Argentina, 2002, 17-20.

[2] G. Amorth, Narraciones de un Exorcista, San Pablo, Colombia, 2008, 17-22.

[3] Ibidem, 23-24.

[4] A. Uribe., La Verdad sobre Ángeles y Demonios, Lumen, Buenos Aires, 2009, 111-112.

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