Ha nacido! Y ¡Ha muerto! Son dos expresiones que conmueven como ninguna otra en la vida. Contemplar las lágrimas de un padre mientras carga a su hijo recién nacido sobre sus brazos y la sonrisa de la madre, incomparable con cualquier otra, cuando pone sobre su pecho a aquella madejita de carne tejida en su vientre por Dios a partir del amor que ella y su esposo se tienen. El rostro desencajado de una madre cuando ve que su hijo ha muerto por causa de la violencia y el silencio ensordecedor del padre cuando sabe que aquel ser amado ya no estará.

Es fácil saber la raíz, el enamorado tiene como fin en todas sus canciones cantar al amor; el asesino entona a la violencia: el amor engendra vida; el odio muerte. No suena raro e ilógico que el Señor nos hable de la muerte eterna y la vida eterna cuando separe a los corderos de los cabritos. Los corderos dóciles al amor, los cabritos también dóciles pero al odio.

Cinco años de “vida buena”, cinco años de heroísmo por la violencia engendran una muerte eterna. Una vida entera amando, en la sobriedad y en el alegrarse con lo que Dios da, porque los pájaros del cielo no se preocupan por que comerá y sin embargo ellos que no cosechan ni siembran Dios les dá de comer en la boca (MT. 6, 32) ¿cuantas veces a ti no te dará lo necesario para ser feliz?, es una vida verdaderamente plena, llena de amor y seguridad en la humildad, y no en el temor de la incertidumbre.

Vivimos engañados, aquí la inversión más grande del hombre no es el dinero para tener, aquí la inversión más grande es el amor; quien produce dinero lo produce para comprarse el amor. El amor bien dicho, el verdadero amor debería estar resguardado bajo las bóvedas dónde se guardan los lingotes de oro. Pero este amor es tan humilde y sencillo que se resguarda en las sonrisas, en los nervios del novio acercándose a la puerta de su amada chica,  en los brazos de aquel padre meciendo a su hijo de meses. Es tan sencillo como recordar a Don Julián, uno de los hombres más alegres conocido en el barrio de Veteranos; apenas vivía con lo que obtenía de limpiar las casas, nunca desdibujaba la sonrisa de su rostro y nunca desentonaban las canciones de su corazón cantándole al amor que engendra vida.

Toño, nunca tuvo más muchos de los bienes aparentes que todos buscamos, pero Toño nunca dejaba de impregnar de alegría su día, no perdía tiempo en cantarle a la muerte porque él le pertenecía al amor y el amor lo movía a cantar para engendrar vida.

Hoy se ha abaratado tanto el amor que se mata para obtener dinero, para mercar con personas, para ser poderosos; en fin de cuentas inversiones que se hacen para comprar amor; lingotes de amor. Los pobres lo que no saben es que los lingotes que les venden no son de amor, son de oro frio: que no consuela, de mujeres aparentes que a las adversidades huyen porque nunca conocieron la virtud. Ellos, son “héroes” que suenan en los corridos, cantos de muerte, que viajan vacíos al país de la eterna desolación, sin Dios.

¿Dónde están los héroes de Shakespeare como Romeo que entrego el honor que le fue heredado por su familia para amar a Julieta hasta la muerte? ¿Dónde está Sansón que entrego su vida por amor a su pueblo venciendo las ataduras de Dalila? ¿Dónde está Abraham que fue en busca de una tierra rica en leche y miel, a una tierra prometida con una descendencia abundante como las estrellas? Al menos en este tiempo, y rindiendo honor a Shaksperito, quisiera ver al profesor Jirafales sorteando los golpes del Chavo y de Quico para poder llegar a las puertas de su amada Doña Florinda.

Ya no se lucha con dragones, ya no se escribe poesía, ya no se entonan cantos a la vida. Los amantes que tenían bóvedas abundantes de amor en sus hogares se están extinguiendo, aquellos que son héroes en la austeridad de su trabajo, en una casa humilde pero que al final de los años dicen: he amado lo suficiente como para entregarme a los brazos del Dios eterno, porque mis hijos conocieron el amor y la bóveda donde se contiene aquella fuerza que engendra vida, donde están los lingotes del amor, donde todo puede ser transformado en belleza con un poco de esfuerzo.

A nuestros hijos los estamos abandonando a la merced de los héroes engañosos, a esos que prefieren ver muertos que vivos en el amor; cada vez que se escucha una canción exaltando héroes falsos  y muertos por los lingotes fríos del oro y no del amor se escucha a la vez un canto más fuerte que no se calla y demuestra las bóvedas de los lingotes de amor y el verdadero camino a la felicidad. Cada vez que se entona una canto a estos falsos profetas, que no saben decir nada sobre el hombre, la voz de Don Julián y de Toño, aunque humildes y sin disqueras pagadas con billetes manchados de sangre, se escuchan por encima de toda destrucción; con alegría y vida en el amor, porque la vida se engendra a sí misma y la muerte se destruye a si misma (Facundo Cabral).

 Luis Ramón Mendoza Lopez
In hoc signo vinces

Teología IV

 

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