María, la Madre de Dios, es venerada solemnemente en todas las iglesias católicas del mundo: desde la Basílica de Santa María la Mayor, primer templo dedicado a la Virgen en Roma; hasta el cerro del Tepeyac, donde ella misma decidió colocar su casita sagrada (Nican Mopohua, 28). En todo hogar cristiano nunca puede faltar una imagen de Nuestra Señora, presentada en cualquiera de sus advocaciones, y nosotros desde que somos niños aprendemos a llamarle “mamá” a María, con la misma dulzura que se lo decimos a nuestra madre biológica.

Lo anterior da cumplimiento a la profecía que ella misma anuncio: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc. 1, 48), de aquí la razón de que los cristianos la honremos y veneremos como Madre de Dios y Madre nuestra. Esta especial veneración tiene sus inicios en los mismos comienzos del cristianismo, según nos dice san Josemaría Escrivá de Balaguer:

“Los primeros cristianos, a los que hemos de acudir siempre como modelo, dieron un culto amoroso a la Virgen. En las pinturas de los tres primeros siglos del Cristianismo, que se conservan en las catacumbas romanas, se la contempla representada con el Niño Dios en brazos. ¡Nunca les imitaremos bastante en esta devoción a la Santísima Virgen!”.

Sin duda esto es un gran testimonio, el tener evidencia de que los primeros cristianos ya guardaban en su memoria a la madre de su Señor. Pero surgen algunas dudas: ¿Qué lugar ocupaba la Virgen María en la vida de la Iglesia durante los primeros siglos? Para esto voy a remontarme al acontecimiento fundante de nuestra Iglesia. Nuevamente citó a San Josemaría:

“¿Y después de la muerte del Salvador? María es la Reina de los Apóstoles; se encuentra en el Cenáculo y les acompaña en la recepción de Aquél que Cristo había prometido, del Paráclito; les anima en sus dudas, les ayuda a vencer los obstáculos que la flaqueza humana pone en su camino: es guía, luz y aliento de aquellos primeros cristianos”.

Vayamos a la Sagrada Escritura. Después de la Ascensión de Nuestro Señor a los cielos, la Iglesia naciente se encuentra reunida en Jerusalén a la espera del Espíritu Consolador. Allí se encontraban los Apóstoles junto con María, la Madre de Jesús y de sus hermanos (cfr. Hch. 1,14. Biblia de Jerusalén).

Me llama particularmente la atención que la Biblia nombré, aunque sea indirectamente, a María como Madre de los hermanos. Y aunque en la versión protestante Reina-Valera dice: con María la madre de Jesús, y con sus hermanos, aun así cabe la posibilidad de que ya los Apóstoles, reconociéndose unos a otros como hermanos en Cristo, hallan logrado encontrar en la Madre de mi Señor (cfr. Lc. 1,43) una autentica figura maternal. No pretendamos imaginarnos por esto a San Pedro prendiéndole una veladora a María ni mucho menos rezándole un rosario. Pero si podemos ya afirmar que paulatinamente se crea un vínculo afectuoso de parte de los primeros discípulos con María. Este especial cariño hacía ella es el cimiento para la posterior veneración.

También podemos imaginarnos a los Apóstoles yendo a casa de Juan y María a escuchar los relatos de la vida y obra de Jesús. Incluso podemos imaginarnos al evangelista san Lucas visitando a la Virgen María para entrevistarla y pedirle datos más específicos sobre Jesús. Esta última idea coincide con lo que el propio evangelista dice en su prólogo acerca de la composición de su escrito (cfr. Lc. 1,3). Además explicaría el hecho de que Lucas haya sido el único en incluir pasajes más personales sobre María, como el cantico del Magníficat donde se expresan ideas y sentimientos que sólo ella pudo haber relatado, o el hecho milagroso de la anunciación.

Y es que sin duda, la figura de María para los cristianos de la primera generación tuvo que haber tenido gran relevancia, pues indudablemente si alguien desea conocer la vida de una persona no hay mejor referencia que la propia familia.

Por tanto, María se convirtió para los primeros cristianos en un camino que los llevó a conocer más a Jesús. Aunque definitivamente, la veneración propiamente dicha a la Santísima Virgen María como la entendemos hoy en día tuvo un desarrollo posterior.

Luego de la Era Apostólica, el culto mariano fue tomando forma. A continuación me atrevo a dibujar una secuencia de la posible evolución de esta devoción: si los primeros Apóstoles le guardaron un gran cariño y además pudieron encontrar en ella a una cristiana admirable y llena del Espíritu Santo (cfr. Lc. 1, 35), los cristianos de la segunda generación también debieron desear encontrarse con la Madre del Señor. Pero después de haber terminado el transcurso de su vida terrenal esto ya no era posible. Y es aquí donde encontramos una novedad para los cristianos: la Comunión de los Santos. Pues no tenemos un Dios de muertos sino de vivos (cfr. Lc. 20,37 ss.).

Por tanto podemos decir que, mientras María permanecía aquí en la tierra los cristianos fueron creciendo en un amor filial hacía ella, el cual también era reciproco, pues sin duda ella pudo alimentarlos en su Fe, pues ¿quién mejor para enseñarnos a confiar en Dios que la humilde esclava del Señor?

Pero después de su gloriosa asunción a los cielos, este amor encontró una nueva expresión: su intercesión constante por la Iglesia Peregrina y la oración de la comunidad hacia ella en la liturgia. En la celebración del culto cristiano hay datos que demuestran la mención de María en la Plegaria Eucarística en el año 225, además de que en las fiestas del Señor como la Encarnación, Natividad o Epifanía se honraba también a su Madre.

Luego del aparente silencio sobre María en las revelaciones públicas, exceptuando las importantes menciones a ella en el Evangelio de San Lucas y su prodigiosa aparición en Apocalipsis 12; en la Era Patrística comenzamos a encontrar nuevas referencias hacía ella.

El primer Padre de la Iglesia que escribe sobre María es San Ignacio de Antioquía, hacía el año 110 aproximadamente, quien escribiendo en contra de los docetas, defiende la realidad humana de Cristo al afirmar que pertenece a la estirpe de David, por nacer verdaderamente de la Virgen.

Aunque es importante aclarar que en un primer momento los Padres de la Iglesia solo se refieren a María en relación con su Hijo. Por tanto, lo que hablan sobre ella lo hacen siempre en virtud de ser la Madre del Dios Encarnado; pues es gracias a que Cristo nació de María, que Él adquiere la naturaleza de hombre verdadero. El verbo se hace carne, nos dice san Juan; pues la carne de la que Cristo se valió fue la de María.

Posteriormente algunos autores cristianos reflexionaron acerca de la participación de María en el conjunto del Misterio de la Salvación y en su vínculo con Cristo. Podemos ver a san Justino quien defendió la concepción virginal de María. En el “Diálogo con Trifón”, Justino insiste en la verdad de la naturaleza humana de Cristo y en consecuencia, en la veracidad de la maternidad de santa María respecto a Jesús. De igual manera san Ignacio de Antioquía recalca la verdad de la concepción virginal, e incorpora el paralelismo Eva-María a su argumentación teológica.

San Ireneo de Lyon también propone un paralelismo entre las figuras de Eva-María y Adán-Cristo. Este punto en especial se respalda en la idea bíblica de San Pablo de llamar a Jesús el nuevo Adán, al decir: “Todos morimos por el pecado de Adán, pero todos recobramos la vida en Jesucristo” (cfr. Rm 5:12-21; 1 Cor 15:21-22).  Es importante recalcar el hecho de que Ireneo fue discípulo de San Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol san Juan, por lo que esta enseñanza esta empapado de la doctrina de los apóstoles. A continuación cito a San Ireneo donde podemos encontrar ya un primer tratado teológico sobre Mariología, apenas 150 años después de la muerte de Cristo.:

“Encontramos también obediente a María la Virgen, cuando dice: “He aquí tu sierva, Señor: hágase en mí según tu palabra”; a Eva en cambio indócil, pues desobedeció siendo aún virgen… Así también el nudo de la desobediencia de Eva se desató por la obediencia de María; pues lo que la virgen Eva ató por su incredulidad, la Virgen María lo desató por su fe.” Esta analogía propuesta por San Ireneo de Lyon entre María y Eva nos da como resultado que sí “Eva era la madre de todos los vivientes, María, como madre de Jesús, es la madre de todos los vivientes y hasta de la misma vida(Contra Los Herejes, Libro III, cap. 22, 185 d.C.).

También a mediados del siglo II aparecen unos textos apócrifos conocidos como el Proto-Evangelio de Santiago, en los cuales se cuenta el nacimiento de María y nos dan datos acerca de sus padres, Ana y Joaquín, nombres que forman parte de la tradición.

Dicho Evangelio apócrifo nos muestra una majestuosa escena del Nacimiento de Jesús, narrado de una manera extraordinaria y milagrosa. Personalmente este texto me parece increíble, y aunque que no contradice la doctrina de los Apóstoles ni las enseñanzas contenidas en la Sagradas Escrituras, debo admitir que es un texto demasiado idealizado y lleno de escenas bastantes fantasiosas. Pero el que este texto se haya escrito de esa manera nos habla de una profunda devoción a la Virgen María.

Esta devoción no solo se desarrolló en el ámbito teológico. En las catacumbas de San Pedro y San Marceliano podemos admirar una pintura del siglo III o IV que representa a María en medio de San Pedro y San Pablo, con las manos extendidas y orando. También es de gran valor para el culto mariano la oración “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo nos acogemos...)  que se remonta a la misma época y en la que se pide la intercesión de María y su especial protección ante cualquier peligro.

Desde los siglos IV-V se comienza a considerar a María como el modelo perfecto de fe y santidad a imitar por las vírgenes cristianas, según la doctrina elaborada por los grandes doctores de la Iglesia: Atanasio, Jerónimo, Ambrosio y Agustín. Este último, por ejemplo, habla de una manera preciosa de la Madre de Nuestro Señor:

“También como María la iglesia goza de perenne integridad virginal y de incorrupta fecundidad. Lo que María mereció tener en la carne, la iglesia lo conservó en el espíritu; pero con una diferencia: María dio a luz a uno solo; la iglesia alumbra a muchos, que han de ser congregados en la unidad por aquel único”.

Pero es finalmente en el año 431, durante el Concilio de Éfeso que se reconoció a María como Madre de Dios, confirmando así la devoción de muchos fieles.

Para los Padres de la Iglesia fue un tema de discusión la perpetua virginidad de María y su santidad personal. De manera progresiva llegó a imponerse la idea de una virginidad "antes del parto, en el parto y después del parto"  tal como lo rezamos en el rosario, además de resaltar la idea del estado libre de pecado. La perpetua virginidad quedó definida en el concilio de Letrán en el 649. Posteriormente, durante la Reforma Católica, el Concilio de Trento declaró en 1547 su total exclusión del pecado.

Después de siglos de discusión entre las distintas escuelas teológicas, la Iglesia llegó a la conclusión de que María había sido redimida en atención a los méritos de Cristo, pero que desde el primer instante de su ser se había visto libre de la mancha original. Éste es el dogma de la Inmaculada Concepción definido por Pío IX en 1845.

Finalmente, en la bula Munificentissimus Deus, Pio XII definió en 1950 el dogma de la Asunción de María, que dice que fue asunta en cuerpo y alma al cielo después de su muerte sin conocer la corrupción del sepulcro.

Con esto podemos llegar a la conclusión de que la participación de María en la historia de la salvación es abundante, aunque el silencio humilde de nuestra Madre siempre ha sido una de sus características:

“Dios Padre, a pesar de haberle comunicado su poder, consintió en que no hiciera ningún milagro, al menos portentoso, durante su vida. Dios Hijo, a pesar de haberle comunicado su sabiduría, consintió en que Ella casi no hablara. Dios Espíritu Santo, a pesar de ser Ella su fiel esposa, consintió en que los Apóstoles y Evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo cuanto era necesario para dar a conocer a Jesucristo.” (San Luis María Grignon de Monfort, El Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen #4)

Creo que este texto final nos luces sobre la importante participación de María en la historia de nuestra salvación. Y aunque es muy probable que los primeros cristianos jamás se arrodillaran ante la Virgen ni le ofrecieran una novena en vida, esto no quiere decir que el amor hacía ella no existiera. Además esto se pudo deber a dos razones:

La primera, como hemos visto más arriba, por su humildad. Sería difícil creer que María permitiera algún tipo de veneración en vida por la simple y sencilla razón de que ella siempre se consideró la humilde esclava del Señor. Pero después de haber sido asunta al cielo y de participar de la gloria de Dios Todopoderoso, como lo recitamos en el rosario, Ella fue coronada como Reina del Cielo y a partir de este suceso los cristianos encuentran en ella una intercesora eficaz. Indudablemente, después de su asunción, el amor que los cristianos le tenían fue creciendo hasta el grado de recordarla y venerarla constantemente.

La segunda razón es el hecho de que la asimilación de la fe ha sido progresiva. Los primeros Apóstoles no entendían completamente el Misterio de la Redención, la Eucaristía, el Sacerdocio Ministerial o el ministerio Petrino; todo esto, que sin duda ya existía en la Iglesia primitiva, pero ha sido comprendido con el paso del tiempo gracias al Espíritu de la Verdad. En conjunto con la filosofía y la reflexión teológica, la Iglesia ha podido definir los distintos dogmas. Nuestra Iglesia sigue viva, el Espíritu Santo sigue actuando en ella y nos conduce hacía la plenitud de la verdad.

Sin duda la devoción de los primeros cristianos difiere en lo externo de la actual devoción que nosotros le honramos a la Santísima Virgen. Sin embargo, lo que nunca ha cambiado es que la base de esta devoción es el amor que le tenemos a ella, independientemente de si san Juan tuvo la oportunidad de besarle la mejilla y nosotros le mostremos nuestro cariño rezándole un  rosario. Lo que podemos destacar es que, al igual que el discípulo amado, debemos recibir a María en nuestra casa, en nuestro corazón; pues fue Cristo mismo quien nos la entrego en la cruz. (cfr. Jn. 19, 27 ss.)

Para terminar quiero recordar el más grande mensaje que Nuestra Madre María nos ha dado: Hagan Todo lo que Él les diga (cfr. Juan 2,1-10). Ese es el gran deseo de nuestra Madre, que caminemos hacía su Hijo Jesucristo. Precisamente la Iglesia nos ofrece una magnifica herramienta donde podemos conocer más a Jesús de la mano de María, me refiero al rezo del Santo Rosario.

Tal como decía el ahora santo Juan Pablo II, nosotros podemos conocer a Jesús a través de su madre María, mediante los misterios del Rosario, que al no sólo ser rezados sino sobre todo, profundizando en cada uno de los misterios meditados, podemos acercarnos más a Cristo:

El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo [...] La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo [...] El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador (Rosarium Virginis Mariae de Juan Pablo II, n. 17.).

Que María nos siga acompañando cada día de nuestra vida, y que nunca olvidemos que en ella encontramos una Madre que siempre está a nuestro lado para ayudarnos a caminar hasta la cruz. También en ella tenemos una Maestra que nos ayuda a conocer y a amar de una mejor manera a su Hijo Jesucristo, y que nos enseña a decir Totus Tuus.

Pero sobre todo, en ella encontramos a Cristo: “A Jesús por María.”

 

Alan Valles Aguirre

Seminarista de 1° de filosofía

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