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¿Porqué Lucas describe tanto la humanidad de Jesús?

1. La Humanidad de Jesús

1.1 Se ha dicho que Lucas es el evangelista de la humanidad de Jesucristo. Y es cierto, pues, aunque todos los demás afirman la verdad de la humanidad del Señor, Lucas tiene como un gusto particular en dibujar con especial detalle ante nosotros aquellos rasgos de Jesús que hacen que le sintamos especialmente cercano.

1.2 Esos rasgos tienen que ver especialmente con la misericordia y con la frecuente alusión a los sentimientos de Cristo, comenzando por esa misma compasión, esas entrañas de amor hacia los pobres, los excluidos y los pecadores. El resultado es un retrato profundo y verosímil del alma del Señor, como si de un amigo muy próximo se tratara.

1.3 Evidentemente, al escribir así Lucas tiene en mente a los primeros destinatarios de su texto. Según sabemos, y nos lo ha recordado Pablo en la primera lectura de hoy, el mismo Lucas era pagano de origen y la comunidad a la que dirige su escrito debió de tener una gran mayoría de paganos. Ahora bien, es sabido que los judíos trataban con inmenso desprecio a los paganos, a quienes consideraban impuros y pervertidos.

1.4 Pablo, que dedicó lo mejor de sus energías de apóstol a predicar entre los paganos, lo recuerda discretamente en su Carta a los Efesios: "Recordad, pues, que en otro tiempo vosotros los gentiles en la carne, llamados incircuncisión por la tal llamada circuncisión, hecha por manos en la carne, recordad que en ese tiempo estabais separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza, y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo" (Ef 2,11-13).

1.5 En este sentido es entendible que Lucas, que se dirige a estos perpetuos excluidos, subraye con mayor vigor aquellos aspectos de Cristo que muestran más eso mismo que escribió Pablo: "ahora en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo". Y es una bendición que Lucas haya acompañado a Pablo y haya tenido en sí mismo la experiencia de ser acogido con entrañas de misericordia en el plan de salvación decretado por Dios.

2. La gracia y la alegría

2.1 Uno de los frutos de esta predicación que enfatiza tanto en la gracia es la alegría, que ciertamente es otra de las características del Evangelio según san Lucas. Alegrarse, Jesús que se alegró, la alegría de quienes aceptan la palabra, todas esas escenas de gozo en el Espíritu Santo que este evangelista nos describe son como una invasión gozosa del amor, que triunfa sobre las tinieblas del pecado, de la exclusión y de la ignorancia.

2.2 Isabel, en los comienzos de este Evangelio, ya le da el tono a lo que vendrá: "¡Feliz la que ha creído!" (Lc 1,45), exclama ella como felicitación a María, pero también como invitación entusiasta a todos los que, siguiendo los pasos de María, hemos llegado a creer en Jesús ya recibir la gracia de la misericordia.

2.3 Por eso, cabe decir que, aunque todo Evangelio es, por definición, "Buena Noticia", Lucas nos ha regalado un testimonio invaluable, que abarca su Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, en que la Noticia es especialmente Buena, esperanzadora y bella.

Homilías de Fr. Nelson Medina, O.P.

http://fraynelson.com/homilias.html.

 

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La espiritualidad, ¿una opción o un deber?

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SANTA TERESA DE JESÚS 15 DE OCTUBRE

1. La espiritualidad como forma de vida

La vocación del Carmelo viene a recordarnos de manera muy visible que la espiritualidad no es un agregado opcional--una especie de decoración--dentro del conjunto la vida cristiana.

En realidad, ser "espirituales" no es una opción sino un deber y un derecho que brotan como lógica consecuencia de haber sido renacidos "del agua y del Espíritu." Un bautismo tomado en serio se llama una vida santa. Así de sencillo.

Esto ya indica que la santidad no es privilegio elitista ni puede ser tampoco una serie intrincada y compleja de instrucciones. La vida del Espíritu es a la vez sencilla y profunda, bella sin ser superficial, fecunda sin olvidar la interioridad. Principios como estos gobernaron la vocación y la enseñanza de Santa Teresa de Jesús.

2. Una vocación tardía

No muchas personas saben o toman suficientemente en cuenta que la vocación de Teresa de Jesús es más bien tardía. Y aquí hay que hablar del sentido de la palabra vocación, o sea, llamado. Si bien Teresa había entrado al convento siendo relativamente joven, su verdadero "llamado," el que llegó a hacer de ella maestra y testigo eminente de la vida en Dios, llegó más bien tarde, cuando la monja llevaba camino recorrido en el convento y frisaba los cuarenta años de edad.

Esta experiencia de ser llamada "tarde," o mejor: de haber escuchado solo tardíamente la voz divina, tuvo un impacto muy singular en dos cosas: por un lado, el lenguaje de absoluta confianza en el Dios que es bueno y sabe esperarnos; por otro, la centralidad de la humanidad de Cristo, pues fueron las llagas del Señor las que le hicieron brotar tan copiosas lágrimas.

Lo tardío de la vocación realmente contemplativa de Teresa también podemos leerlo como un signo para cada uno de nosotros, especialmente si la mediocridad, el cinismo o la tibieza nos acechan: recordar siempre que nos "acecha" también el amor de Dios, y su gracia.

3. Doctora-Maestra de los Caminos de la Gracia

No debe extrañarnos que la figura de Teresa esté bajo ataque en estos últimos años, sobre todo en su nativa España, que tanto tendría que agradecerle. Bajo pretexto de revelar lo "humano" de una mujer incomparable se han dicho toda clase de tonterías que sólo revelan la incapacidad de la mente mundana para reconocer que existen otros anhelos en el corazón del hombre, más allá de lo sensible, lo placentero o lo puramente psicológico.

Una actitud más sensata sería sencillamente reconocer que nuestros pobres ojos, fatigados de hurgar los bienes y males a ras de tierra, necesitan el reposo de un buen retiro espiritual, y necesitan también acostumbrarse a un lenguaje que no por diferente es irracional o inútil. Muy al contrario, la deliciosa literatura que Teresa nos ha dejado es el testimonio vívido de cuántos tesoros quizás nos estamos perdiendo, pero que están ahí para nosotros.

Homilías de Fr. Nelson Medina, O.P.

http://fraynelson.com/homilias.html

 

 

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La noche de las campanadas

 

Independencia de México 

La madrugada que despidió al 15 de septiembre de 1810 ha quedado ya para siempre, en nuestra memoria nacional, no únicamente como la noche que le dio paso a un nuevo día, ni siquiera como  el puente entre la oscuridad de un periodo y el amanecer que empezaría a conquistarse a partir del 16 de septiembre, sino como el punto clave en que la identidad mexicana se vio por completo transformada. Ningún otro día, entre los almanaques que va recopilando la historia de nuestro país, ha tenido la feliz osadía de responder a nuestro México sobre su eterna pregunta de quién es él, de manera tan contundente y tan vigorosa: México, tú eres una nación independiente. La famosa imagen de nuestra tradición histórica en la que en las primeras horas de la mañana del 16 de septiembre, un cura convocaba a su feligresía, es una imagen que además de mantenerse en pie, sigue retumbando desde lo alto, tal como lo hacían las campanadas que el padre Hidalgo tocaba, y aquí me estremezco en la emoción de imaginármelo, como si todo su corazón cupiera, ardiera y se zarandeara, en el tamaño de una campana de parroquia. Y es, entonces, cuando me gusta preguntar: ¿qué tanto habría gritado la campana,  si pudiera hablar la lengua de quien la hacía retumbar? ¿Qué tanto le habría proclamado al alma de una nación que entendía semejante señal como el comienzo oficial de una lucha en que por fin verían cristalizados sus sueños de justicia, en que por fin se librarían de la opresión de un virreinato extranjero tan eficaz para construir sistemas de desigualdad?  

Este hecho, que en nuestros días conocemos y festejamos como “El grito de Dolores”, este icónico inicio de la lucha que más ha marcado el destino de nuestra tierra, ha sido contado, interpretado e interiorizado de infinidad de maneras. En los vericuetos de la historia, donde abundan casi tantas versiones de los mismos sucesos históricos, como posiciones ideológicas, socioculturales, y políticas, existen, dar lectura de los acontecimientos –mucho más de aquellos que indudablemente han cambiado el rostro de un país entero- es poner en juego aquellomismo que uno es. Con toda razón, en el ámbito académico de los historiadores,  suele decirse que contar la Historia es contarse a uno mismo y, por tanto, toda forma de hacerla es una forma de intentar comprenderse mejor, no desde otra parte sino desde lo más radical de la propia mismidad. No hay otro punto desde el cual hacer despegar al cohete de las interpretaciones, sino desde aquella lección que algún día me dio una maestra de literatura: no existe, a fin de cuentas, otra razón última para contar historias, sino la de calmar nuestra irrefrenable sed, hecha pregunta, que no dejará nunca de acuciarnos mientras sigamos, aquí, siendo peregrinos: ¿quién soy yo? Desde el centro mismo de esta interrogante, nuestro cohete despega para perderse en los altos, inconmensurables firmamentos, de aquello que ya al principio habíamos intuido que sería su destino: lo infinito e insondable del misterio que siempre representaremos para nosotros. No hay, así, otro vientre desde el cual nazca una historia, cualquiera que sea, sino desde el intento de penetrar aún más en el enigma de nuestra propia condición.

Quiero dejar esto muy en claro, antes de retomar directamente el tema de la Independencia,  porque quien está aquí, no con otra intención sino la de reflexionar juntos, brevemente, sobre el sentido de lo que hoy festejamos, no es un historiador. Ya habrá manos que se alcen para darnos el nombre de Krauze o de González y González, por dar sólo un par de ejemplos, si queremos reflexionar desde el plano meramente histórico. No: definitivamente no soy un historiador. Pero sí soy un hombre de fe. Y es desde esta posición desde donde, como antes comentaba, quiero colocarme para visualizar lo que significó el suceso del 16 de septiembre. Y todos los días, reformas, conflictos y logros que le siguieron.

De mano de dos sacerdotes –Miguel Hidalgo, el Padre de la Patria, en su primera etapa, y José María Morelos y Pavón, Siervo de la Nación, alumno y sucesor del primero, en su segunda etapa- estuvo conducido el movimiento que, hasta el momento, con más impacto había sacudido las estructuras socio-políticas del suelo mexicano. No en vano fueron dos figuras eminentemente religiosas las que encabezaron el apasionamiento dirigirse hacia una construcción más comprometida de la libertad y de la autonomía. ¿Por qué? Podríamos, en este punto, polemizar y preguntarnos sobre qué tan realmente evangélicas fueron las formas de proceder de ambos curas, podríamos inquirirnos sobre su integridad moral o sobre qué tan bien representan a la Iglesia Católica, en medio de las deshonrosas acciones que entraña todo conflicto armado y en las que seguramente, de una u otra forma, ambos se vieron implicados; más allá de eso, trascendiendo la figura de estos dos hombres, podemos cuestionarnos sobre la Iglesia, en general, y su papel en la Guerra de Independencia: ¿qué tanto apoyó las causas de los más desfavorecidos, qué tan inclinada estuvo hacia los más débiles y desprotegidos, qué tanto se encargó, a fin de cuentas, de dar el rostro de Cristo? Podemos hacerlo, e indudablemente nos remiten a puntos de genuino interés; sin embargo, más allá del debate que seguramente en otro momento sería fascinante retomar, puntualizo el fervoroso catolicismo de los señores Hidalgo y Morelos –junto al de los muchos otros personajes que los acompañaron- y me pregunto que tiene esto que ver con su afán revolucionario, porque nos dan señal de una característica vital de nuestra espiritualidad católica, un rasgo del que siempre podremos enorgullecernos: su cualidad de integradora. 

                Pensemos un momento, y nos daremos cuenta que festejar los ideales y logros de la Independencia de México, conmemorar los aspectos más nobles de sus intenciones y sus búsquedas, es también celebrar lo integrador qué es nuestro catolicismo. ¿Qué significa esto? Católico quiere decir universal. Desde ese sentido, aunque ser plenamente católico signifique estar en el mundo, sin ser de él, también significa aprender a ver al Dios inabarcable y siempre más grande, profundo y sorpresivo que todo lo que de Él podamos concebir, desde todos los ámbitos posibles; Él no se cierra a ningún campo, somos nosotros los que quizás sí lo hacemos. Así, ser católico es ser buscador incansable de Dios; y, a su vez, ser sus infatigables buscadores, es ser decididos, tajantes, defensores de la belleza, de la bondad y de la verdad. Siempre resultará conveniente volver y remitirnos a las famosas palabras de San Pablo, que a continuación parafraseo: “Ahí donde está lo bello, lo bueno y lo verdadero, ahí ha de estar la Iglesia”. ¿Qué tan fieles fueron a estos tres grandes pilares los que protagonizaron la evolución histórica de México en la batalla por la independencia del país?  Dejo esta pregunta, como hombre de fe, al absoluto dueño de la Historia, a Jesucristo. A lo que sí me doy el atrevimiento de dar contestación es al hecho de que además de la sotana, de izar con fuerza un estandarte con la Virgen de Guadalupe, o de ser conocido en toda la región como el párroco de la localidad, Miguel Hidalgo mostraba su catolicismo a través de la fuerza con que se inclinaba por los oprimidos, por el empeño con que anhelaba establecer la justicia, por el ahínco que mostraba por dejar de legado un México mejor, uno igualitario porque somos todos hermanos, es decir, uno fraterno.

            Y la fraternidad es un elemento distintivo del cristianismo. No podemos ser hermanos, sino reconociéndonos hijos del mismo padre. La mirada vuelta al Cielo, dirigiéndose al Papá en común, sólo nos la da Cristo, el Hijo, cuando dice “Abbá”, y lo dice para la eternidad, sabiendo ya nosotros para siempre, que nuestro Dios es amoroso progenitor. No podemos aspirar a hermandad más bella y profunda que a ésta. Por consiguiente,  los abusos hacia el mundo indígena o mestizo, de los cuales tenemos el registro histórico, no son, en lo absoluto, la actitud propia que se tiene hacia un hermano. Pretender un cambio rotundo a esta situación, regresar al sentido vital y primero de fraternidad que en esta tierra nos mantiene unidos, es ya una acción claramente evangélica. Aquí es donde entra nuestra espiritualidad integradora. Sea el tiempo que sea, estemos donde estemos, sean las que sean nuestras circunstancias, podemos hacer a Cristo presente en nuestro aquí y ahora.

            Sumamente complejo sería delimitar qué tanto estuvo y qué tanto no, Cristo en el proceso de Independencia, pero podemos sabernos plenamente católicos si tan alto como Hidalgo levantaba la bandera estampada de la Guadalupana, nosotros levantamos la bandera de la Verdad, y sabemos que indudablemente es estar de lado de la construcción del Reino del Amor,  estar de lado de la solidaridad hacia los rostros más oprimidos, que este movimiento conllevó. Desde los ojos de la fe, lo que nuestras manos van a aplaudir este día, es todo lo que más auténtica y plenamente fue humano –abogar por los débiles, buscar la justicia social, hacerse pobres con los más pobres- y que aún ahora debemos seguir anhelando, tan apasionadamente -¡e incluso más!- como hace 206 años nuestros antepasados lo hacían, inclinándose a la Revolución.

            La Revolución más grande que ha habido en la historia universal, conviene siempre tenerlo en cuenta –y podemos declararlo sin el temor a la exageración- es la Revolución del Amor con Jesucristo como cabeza. No pocos han declarado con lucidez que cualquier otra revolución que precie de considerarse tal, en nuestra historia, parte de lo que significó la Revolución de Jesús.  ¿Por qué? Porque a fin de cuentas siempre seremos buscadores  de lo que ya Dios hecho hombre nos ha traído, y tantas veces no nos hemos embarcado en la intensa aventura de corroborarlo a plenitud en la propia existencia: la libertad, la dignidad, el perdón, la generosidad, la compasión, la sanación, el camino, la verdad, la vida.

                En todo acto humano donde en serio se busque implementar alguno de estos bálsamos que ya Jesús nos había brindado, ahí actúa el Espíritu de Dios. Yéndonos de nuevo a esas campanadas que sonaron hace más de doscientos años, podemos leer la historia desde lo más profundo del espíritu, y celebrar aquello que realmente implicó darle espacio a Jesús, en medio de todas las inquietudes, fragilidades y cambios que este panorama independentista generó. Finalicemos, entonces, desde aquella imagen con la cual iniciamos: en un ejercicio más de imaginación,  acompañando a nuestro cura Hidalgo, toquemos con él las campanadas que dieron inicio a una revolución, pero pensando que todo el ánimo con el cual las tocamos, es el ánimo de ir más allá de la revolución independentista, para aspirar a la revolución del Amor, festejando, por tanto, todo lo que de ella tuvo la búsqueda de Independencia.

Me gusta pensar, entonces, que de tan fuerte que tocaríamos las campanas, no sucedería que los ángeles, allá, de algún lugar en lo alto, según nos cuentan, se bajarían a escucharnos, sino que, sabiendo que más allá de que en el Cielo está Dios, donde está Dios está el Cielo, ya habría ángeles sintiéndose en casa, en la tierra que se apareció la Morenita del Tepeyac; la tierra que si se nos dicen, late en un verso de López Velarde, se hace poema con Octavio Paz, respira en los cuentos de Juan Rulfo, habla el lenguaje de los murales en Siqueiros, es un alcatraz de Diego Rivera, un retazo de Frida Kahlo, algún soneto de la pluma de Sor Juana, una línea de Nezahualcóyotl, un grabado de Posada, las melodías de Agustín Lara, el dramatismo de Elena Garro, la presencia de María Félix -¡son tantos los rostros!-  hoy, nos regocijamos enormemente en recordarlo, es la tierra en que Dios nos demuestra que, en tres sílabas  –Mé/ xi/ co-  hay cabida, tan inefable comoíntima, de la expresión, como bandera tricolor, de su apasionado, de su colorido, de su tierno amor.

 

 

-Pablo Aarón Martínez-

-Seminarista-            

 

13 de septiembre de 2016

Chihuahua, Chihuahua

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Nuestra Señora de los Dolores

"UNA ESPADA TE ATRAVESARÁ EL ALMA"

Hoy 15 de septiembre la liturgia de la Iglesia nos invita a volver la mirada a la Santísima Virgen con la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, la cual hunde sus raíces en la misma Escritura. Ya desde el nacimiento de Cristo vemos los vaivenes a los que tuvieron que enfrentarse José y María para encontrar un lugar donde dar a luz (Cfr. Lc 2, 7), después, al presentarlo en el Templo el anciano Simeón le revela a María que el Hijo que acaba de nacer de ella va a ser un signo de contradicción para muchos, y junto con esto le profetiza ¡y a ti una espada te atravesará el alma! (Cfr. Lc 2, 33-35). Durante la vida de Cristo, desde su lugar, María tendrá que realizar también un camino de discipulado, verá como su Hijo es rechazado y como va cumpliéndose, poco a poco, la profecía que años atrás le había hecho Simeón. Hacia el final de la vida de Cristo, María va a permanecer de pie junto a la cruz de su Hijo (Cfr. Jn 19,25).

Bajo este somero recorrido de la vida de Jesús, podemos ver como se entrelaza bajo el misterio del dolor la vida de María, como lo señala la constitución conciliar del Vaticano II Lumen Gentium: “También la Virgen bienaventurada avanzó en esta peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su comunión con el Hijo hasta la cruz, ante la cual resistió en pie (Jn 19,25), no sin cierto designio divino, sufriendo profundamente con su unigénito y asociándose a su sacrificio con ánimo maternal, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella había engendrado” (LG 58).

Pero sin duda donde mayor dolor experimentará María va a ser al pie de la cruz, en ese momento de dolor, su corazón de discípula, y más todavía de madre, sufrirá intensos dolores. Pero en ese momento donde todo parece muerte, el amor de Cristo por nosotros hará fecundo el corazón de María, al hacer de ella nuestra Madre (Cfr. Lc 19, 27). Esos dolores que atraviesan su corazón y que son superiores a los dolores de parto permitirán a los discípulos de su Hijo y a todos los que crean en él por medio de su palabra (Cfr. Jn 17, 20) poder recibir a María como madre en su casa.

En el contexto actual en una sociedad de “crucificados” es posible experimentar de una forma más sensible el drama de la muerte de Cristo, a menudo vemos el sufrimiento de los inocentes, el dolor de las madres ante la muerte injusta de sus hijos, la impotencia que envuelve ante un sistema que ya no garantiza la justicia, la persecución que se da, incluso hasta la muerte, a quien se atreve a defender la verdad, el asesinar por ideales religiosos, la muerte de tantos cristianos que pierden la vida por odio a la fe, todo esto nos permite ver que nos encontramos en una sociedad y en un siglo de mártires, la cruz de Cristo aparece de una forma muy nítida en el mundo de hoy, pero en todas estas situaciones que nos ponen de frente al misterio del dolor también vamos a poder encontrar de una forma callada y de pie la figura de María como madre, madre de los desparecidos, madre de los asesinados, madre de los sacrificados injustamente, madre de los descartados, madre de los discriminados …

En toda realidad de dolor y de injusticia podremos tocar la carne de Cristo sufriente y ahí, de pie, estará también su Madre. Ella y su Hijo nos enseñarán a saber hacer fructificar el dolor humano y poder sacar vida de donde sólo parece haber muerte.

Virgen Santísima de los Dolores, míranos cargando nuestra cruz de cada día. Compadécete de nuestros dolores, como nosotros nos compadecemos de los tuyos, y acompáñanos como acompañaste a tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, en el camino doloroso del Calvario. Eres nuestra Madre y te necesitamos. Ayúdanos a sufrir con amor y esperanza, con paciencia y aceptación, para que nuestro dolor, asociado al tuyo y al de tu Hijo, tenga valor redentory en las manos de Dios, nuestro Padre, se transforme en gracia para la salvación del mundo.

Mario Lerma

Seminarista  

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¿Un Cristiano sale de vacaciones?

Para muchos la respuesta puede ser obvia y con total normalidad contestar: “si, es necesario” ó “claro, también los cristianos se cansan”. Sin embargo me gustaría reflexionar un poco más allá del sentido común que le podríamos dar a esta frase y aprovechando esta temporada hacer hincapié en algo que por desgracia viene ocurriendo entre nosotros.

            Es muy fácil poder ver como alrededor hay muchos cristianos que a diferencia de la costumbre laboral, se dan muchos permisos para salir de vacaciones de su fe, y esto con una frecuencia bastante alarmante. Olvidándose por periodos de la dignidad mas grande a la que hemos sido llamados: ser hijos de Dios que trabajan por el Reino de su Padre.

Entre los diferentes casos de vacacionistas en la fe están los que salen durante gran parte del año, y solamente en ocasiones “especiales” deciden hacer acto de presencia en su puesto de trabajo.  También están los que salen y vuelven de vacaciones con una rapidez sorprendente, ya que se reportan solamente en las ocasiones que la enfermedad, los problemas o dificultades de la vida los agobian y por lo tanto necesitan hacer alguna transacción con Dios en estos momentos de apuro. De igual manera están los que se reportan a trabajar sólo los domingos, aproximadamente una hora a la semana, pensando que con esto es mas que suficiente para poder pagar la cuota de tiempo establecido y que durante toda la semana vuelven a vacacionar de su fe; pareciera que este es el caso menos preocupante, pero es todo lo contrario, ¡ya que estos vacacionistas van generando un problema muy grave! Están en contacto cada semana con el trabajo mas apasionante de toda la vida y no consiguen enamorarse de él.

Mi madre siempre me ha dicho que se puede conocer mucho de una persona al preguntarle sobre su trabajo o a lo que se dedica, y concuerdo con esto. Por que cuando a alguien el trabajo que realiza, sea el que sea, le llena su vida este deja de seruna carga y se convierte en una pasión, donde el tiempo no es medido y la generosidad se derrocha. ¿Y que trabajo mas grande no hay en la tierra que extender el Reino de Dios?

Por esto seria interesante preguntarse ¿Cómo vemos tu y yo nuestro trabajo por el Reino aquí en la tierra? ¿Como un trabajo, del cual hay que descansar o como una pasión que involucra toda la vida y cada una de tus habilidades, sueños y aspiraciones? Sería importante cuestionarnos, porque el mundo de hoy nos pide, nos grita, que no salgamos de vacaciones de nuestra fe.

Piensa un momento, quien no se siente amado, los pobres, los perseguidos y afligidos voltean a vernos con tristeza cuando hacemos pausa en el trabajo mas apasionante y maravilloso de nuestra vida: Seguir a Cristo. Esta es una realidad, y aprovechando esta temporada donde solemos querer olvidar, me gustaría proponerte un reto y una verdad: un Cristiano No sale de vacaciones.

 

Ramón Alberto Soto Caballero

Filosofía II

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¿SABÍAS POR QUÉ LA SECCIÓN DE FILOSOFÍA, EN NUESTRO SEMINARIO, ESTÁ BAJO EL CUIDADO Y PROTECCIÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS?

El Padre Martín Barraza, Rector del Seminario de Chihuahua, abre su corazón y comparte, desde su experiencia, el significado e importancia de la custodia que se le ha confiado al Sagrado corazón de Jesús, sobre una de sus etapas formativas.

Con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, compártanos un poco, padre, de la historia que ha tenido el Seminario respecto a la sección que está, precisamente, dedicada a esta advocación ¿En qué contexto y con qué fin se establece?

“Bueno, el edificio actual del Seminario, llamado menor, que nosotros llamamos del Sagrado Corazón, se habitó a partir de 1941. Fue una reapertura, un nuevo impulso que tuvo el Seminario después de aquél cierre de templos que concluyó con el martirio del Padre Maldonado. A partir de allí, partiendo de una granja de una casa de campo donada por una familia se empezó a construir todo lo demás. Alrededor del año 1947 comienza la construcción de la actual capilla que se concluye en 1949, y precisamente ahí se inaugura, se bendice el altar donde está la imagen del Sagrado Corazón. En ese lugar es donde más explícitamente se dedica el Seminario a esta advocación, al cuidado del Sagrado Corazón de Jesús. Devoción que estaba promoviéndose en ese tiempo bastante.

Es una advocación que nos remite al hecho central de nuestra fe: el misterio pascual, la pasión de Cristo. Siempre el pueblo cristiano ha tenido especial veneración por las llagas, por la pasión de Jesucristo.

Pero, también, nos invita a mirar la Eucaristía, siendo el acto supremo de amor, cuyo memorial actualizamos cada vez que la celebramos. Nos evoca a una espiritualidad eucarística, centro de nuestra fe y de la formación.

Además, nos remite al corazón del Buen Pastor. Corazón lleno de amor, que da la vida por sus ovejas, capaz de morir, de derramar su sangre con tal de defenderlas; siendo así un gran modelo para el que se está formado al sacerdocio, una vivencia de un amor hasta el extremo.

Por estas razones es que se propone esta advocación del Sagrado Corazón como patrono de nuestro Seminario, menor en aquel tiempo.”

Siguiendo en esta reflexión, sobre el corazón y la importancia que tiene en el ser humano. Vemos en la SagradaEscritura que el corazón viene a representar esta parte intima del hombre; parece providencial que la sección de filosofía esté con esta advocación. Sabemos que la etapa filosófica, más allá del estudio de dicha disciplina, representa años de profunda intimidad en los seminaristas. ¿Qué reflexión puede sacar de esta relación corazón-filosofía? Sabemos que un corazón es depositario de un cúmulo de experiencias, sean gratas o dolorosas. ¿Qué importancia tiene esta etapa, en cuanto al autoconocimiento, iluminado desde la relación antes mencionada?

“Traduciéndolo, hablándolo pues desde los itinerarios o procesos formativos actuales, que a esta etapa de filosofía le llamamos estructuradora, o también educativa, discipular; yo creo que desde esta idea de discipular donde se vive una relación muy cercana con la persona de Jesucristo, precisamente con su encuentro se va dando un conocimiento de sí mismo, que es lo que se busca: el conocimiento. La filosofía no se reduce a doctrinas en la cabeza, sino que contiene herramientas para conocerse a sí mismo que conducen a un encuentro más cercano con Jesucristo.

En el escudo del seminario, encabezado con la frase: “Violenti Rapiunt”, está precisamente el Sagrado Corazón, así como lo conocemos, como se le reveló a Margarita María Alacoque. Pero esta también un libro que dice: “que me conozca y que te conozca”, frase de San Agustín. Yo creo que recoge muy bien lo que significa esta etapa: lograr una comunicación de corazón a corazón con la persona de Jesucristo.

Hablando del discipulado perfecto, lo tenemos en la imagen de Juan, que en la última cena apoya su cabeza en el costado de Jesucristo, en su pecho, para escuchar su corazón. Podemos entenderlo así, el corazón como un símbolo de una comunicación de vida, en la verdad, en el amor, que redunda en buscar la identificación con Jesucristo para hacerse capas de irradiar ese amor a la comunidad, a la gente que se va a acompañar el día de mañana.”

Con profunda gratitud, pedimos a Nuestro Señor le conceda un corazón semejante al suyo, de Buen Pastor, que vela y cuida por sus ovejas. Gracias padre Martín.

Alan Barrio, Teología I

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¿Vivir el riesgo de amar y servir, hasta dar la vida?

La Iglesia en México se regocija al contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad suprema siguiendo las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron su vida a Dios y a los hermanos, por la vía del martirio o por el camino de la ofrenda generosa al servicio de los necesitados. Así comenzaba su santidad Juan Pablo II, aquel 21 de mayo del año 2000 su homilía, en la capilla papal de canonización de Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos; José María de Yermo y Parres, sacerdote fundador de las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, y María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.

La reflexión en torno a ello, será la siguiente: en una sociedad cada vez más individualista, ¿Cómo vivo mi capacidad de amar y servir? ¿Estaría dispuesto dar mi vida por la vía del martirio? Pudiéramos contestar de forma espontanea que si, y más aun, si nos encontramos inmersos en un ministerio dentro de la Iglesia; la verdad es que sigue ocurriendo en la actualidad el riesgo de amar y servir, hasta dar la vida por ello, lo podemos ver en noticias que acontecen en Siria y otros países; México no ha sido la excepción, por ello, hoy hemos de recordar a estos mártires, sacerdotes y laicos que vivieron el riesgo amar y servir hasta el extremo de dar su vida. Sigue diciendo su santidad en su HomilíaSon santos porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a los enemigos. La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo en las diversas pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado, fruto de la fe arraigada en tierras mexicanas.”

A 16 años de su canonización ¿Qué tanto como mexicanos hemos valorado su precioso legado? Y es que podemos ir mucho más allá, ¿qué tanto hemos valorado el precioso legado del santo chihuahuense San Pedro de Jesús Maldonado? Es entonces, urgente el llamado a preguntarnos ¿Mi fe y esperanza podrán sostenerme en la prueba? ¿Estoy dispuesto a correr el riesgo de amar y servir, hasta dar la vida? Que el ejemplo de estos santos mártires nos ayuden a dar respuesta a tales preguntas y sobre todo, no olvidar el ejemplo de Jesucristo que entrego su vida por nosotros. Recuerdo las palabras de Jesús a Pablo en Hechos de los apóstoles “Ten animo Pablo; porque así como en Jerusalén has dado testimonio de mi, así también lo tendrás que dar en Roma”.

Pidamos a Santa María siempre Virgen estrella de la esperanza, que nos ayude a dar respuesta a las exigencias de la realidad en que vivimos.

Iván Alejandro Estrada, Teología I

 

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Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

El primer jueves después de Pentecostés celebramos la festividad litúrgica de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. La celebración fue introducida en España en 1973 y tiene textos propios para la Santa Misa y el Oficio. En algunas Iglesias particulares este día es también la Jornada de Santificación de los Sacerdotes.

Nuestro Señor Jesucristo es sumo y eterno Sacerdote porque Él ofreció la víctima perfecta al Padre- que no es otra cosa que él mismo- en el único altar de la Cruz. Cristo es, por tanto, Sacerdote, víctima y altar. Jesucristo ha ofrecido su propia vida por amor a los hombres, murió por todos los pobres, enfermos, por todos aquellos que habían errado en el camino hacia Dios, para que todos pudiéramos llamar “Padre” a Dios.

Toda oración cristiana se dirige a Dios por Jesucristo Sacerdote: desde la que realizamos en lo profundo del corazón, hasta aquella otra, sublime y solemne, que es la Santa Misa. Cristo no se dejó crucificar para aplacar una supuesta ira del Padre o para satisfacer una hipotética sed de sangre por parte de un Dios herido por los pecados de los hombres, al contrario, lo hizo por Amor. El que es verdadero Dios, se manifestó plenamente humano en la cruz, pues es un sacerdote que se compadece de nuestras debilidades ya que él mismo pasó por tales pruebas, pero sin caer en el pecado.

Esta festividad es para los católicos un día intensamente sacerdotal, un día para amar el sacerdocio de Jesucristo prolongado en los hombres a los cuales él les dice “sígueme”; por lo tanto durante este día debemos orar para que nuestros sacerdotes sigan fielmente el llamado que el Señor les hace y sigan entregándose con amor al Pueblo de Dios; pero no debemos olvidar orar también intensamente para que surjan nuevas y santas vocaciones.

Es importante que todo católico recuerde en esta festividad su llamado a reproducir, en cuanto le sea posible, el mismo estado de ánimo de Jesucristo al momento de ofrecerse en sacrificio: humildad de espíritu, adoración, honor, alabanza y acción de gracias a Dios. Todo católico estamos llamados a reproducir: el Papa Pío XII lo menciona en su encíclica Mediator Dei:

Aquellas palabras exigen, además, a los cristianos que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los pecados. Exigen, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, para que podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo».

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SANTOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO

En contadas ocasiones, la Sagrada Escritura menciona los nombres de estos Apóstoles. 
La liturgia católica ha unido sus nombres en la misma fiesta, aunque se trata de personas con caracteres muy diversos.
Tenemos, en primer lugar, a Felipe de Betsaida siempre alegre, activo, emprendedor, discípulo de Juan el Bautista, antes de que Jesús lo llamara.
Felipe no titubeó ni un momento cuando el Hijo del hombre lo invitó: ¡Sígueme! (Jn 1,43).
Aunque todavía no se hallaba en el selecto grupo que acompañaba al Hijo del hombre, insistió para que su viejo amigo, Natanael, se uniera a los seguidores del Maestro de Nazaret y, cuando aquél titubeaba, sencillamente lo arrastró hacia el salvador (Jn 1, 45-47). Con confianza ilimitada, Felipe siguió al Señor en sus peregrinaciones a través de las ciudades y aldeas de Palestina.
Al Señor le complacía esta fe ingenua que, más de una vez señaló en Felipe. Antes del milagro de la multiplicación de los panes, le preguntó con qué se podría satisfacer a la muchedumbre (Jn 6, 5-6).
En la Ultima Cena, Jesús se dirige a él para recriminarlo, apenado haciéndolo un reproche que también valía para todos los apóstoles: “¿Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y todavía no me conoces, Felipe?” (Jn 14,9). Estas palabras del Señor dieron valor a los Apóstoles y les sirvieron de estimulo cuando se dispersaron por el mundo y estaban a punto de desfallecer.
Se dice que Felipe sufrió el martirio en Hierápolis de Frigia.
Completamente opuesto a Felipe, fue Santiago, apodado “el pequeño” o “el menor”. Así como Felipe se mostraba sereno y platicador, Santiago se mostraba serio y taciturno. También él era discípulo de Jesús y formaba parte de los doce elegidos que lo acompañaron hasta el fin. Como era hijo de Alfeo y de María, se le puede considerar primo del Señor.
En ninguno de los Evangelios se dice que Santiago se haya destacado en la predicación o en otras circunstancias. Al principio, como los otros miembros de su parentela, consideró con mucha reserva la actuación pública de Jesús. En Pentecostés, ese criterio respecto a Jesús, quedó transformado gracias a los dones del Espíritu Santo. 
Santiago, en compañía de Pedro, formaba el núcleo alrededor del cual se unen los dispersos. Su firmeza ayudó a los temerosos a reintegrarse. Con mucha razón, san Pablo lo llamó “el pilar” de la comunidad cristiana de Palestina, puesto que Santiago se quedó como cabeza y primer obispo de Jerusalén.
Los judíos, que por regla general odiaban con pasión a todos los discípulos del crucificado, lo respetaron y hasta le permitieron entrar al santuario del templo, tan sólo reservado a los sacerdotes. Aunque cristiano, Santiago observaba las antiguas costumbres de su pueblo.
Este hombre que parecía estar aun arraigado en el Antiguo Testamento, había sido llamado por la providencia para completar la ruptura definitiva entre el judaísmo y el cristianismo. En el Concilio de los Apóstoles, del año 50, se puso al lado del apóstol san Pablo, quien se empeñaba en liberar a los cristianos procedentes del paganismo de toda obligación impuesta por la ley mosáica. Este fue su mayor acierto, pues, en esta forma, la  Iglesia realizaba su apertura al mundo entero.
Una vez más Santiago intervino en la vida interna del cristianismo primitivo, mediante una carta breve pero sustanciosa, particularmente por su doctrina social. Escribe a sus paisanos exiliados, para enseñarles que la fe sin obras es una fe muerta. “Heno seco” llamó a los egoístas ricos que defraudan al obrero en su salario.
Durante la Pascua del año 62, algunos fanáticos fariseos aprovecharon la debilidad del procurador romano para citar al obispo de Jerusalén ante el sanedrín. Fue condenado a morir lapidado. Según otras fuentes, parece que fue despeñado desde el pináculo del templo y, como no murió instantáneamente, lo remataron a palos. 
                                

Fuente: Vivieron el Evangelio. Guillermo María Havers

 

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JUEVES SANTO

Estamos ante el último deseo de un condenado a muerte, cuyo único delito fue amarnos hasta el extremo.

Este deseo está puesto sobre la mesa de la última cena. –Jesús, tan sólo te quedan unas horas, ¿Cuál es tu último deseo? “Con cuanto deseo he deseado comer esta cena con ustedes”. El último deseo de Este divino condenado a muerte es la cena, porque en la cena se abre un dialogo entre Dios y la humanidad. Con cuanto deseo Dios anhela poder sentarse a platicar con la humanidad, contigo y conmigo. Tan solo te quedan unas horas de vida y cercanía. A la vuelta de la cena estarás sudando gotas de sangre en el Getsemaní. Cuando alguien sabe que morirá, sabe también que sus últimas palabras deben ser definitivas; en pocas palabras, deberán decir no mucho, sino que deberán decirlo todo.

Dos besos nos explican claramente lo que Jesús, lo que Dios quiere decirnos, y lo que la humanidad responde. El primer beso es el beso de Judas: representa la repulsión de la humanidad al amor de Dios. Ese beso sordo habla del asesinato de Caín a Abel, expresa la prostitución del Pueblo de Dios con otros dioses: el dinero, el poder, el placer. Es el beso soberbio de Herodes mandando matar a Juan el Bautista, haciendo vencer a la mentira sobre la verdad. Es el beso de Judas que vende al que es la misma riqueza del ser humano; es el secuestro nocturno de los fariseos; es Pilato lavándose las manos; es el beso que, al contemplar a Jesús haciendo el bien permite la condena, matar al inocente, juzgar sin justicia, odiar al amor. Mata a Aquél que da la vida. El beso de Judas es el beso de la humanidad de todos los tiempos. Es tu beso y es el mío.

Dios responde con otro beso, el de su Hijo Jesucristo. Todos nos sabemos la historia: desde que nace pobre en Belén, hasta que muere pobre y desnudo en el Gólgota, y sepultado en un sepulcro ajeno. A Jesús se le ocurrió venir de nuevo en nuestro tiempo. Dicen que lo vieron caminando vestido de honestidad, de justicia y de paz, sentado en la presidencia, en un escritorio de escuela, en un tractor en el campo, ordeñando y dando de pastar a su rebaño; haciendo el bien, dando vida a sus seres queridos día con día. Lo mismo: curaba enfermos, expulsaba demonios, daba de comer a los pobres, resucitaba a los muertos, daba vista a los ciegos y habla a los mudos, anunciaba el Evangelio a los pobres. Un mal día lo apresó la policía y lo llevó a la celda donde interrogan a los criminales para sacarles información. Le dijeron: ¿Cómo se te ocurre venir de nuevo Jesús? haremos lo mismo contigo: te apresaremos, te juzgaremos imparcialmente, y te mataremos. Jesús escuchó atentamente al policía, éste le soltó las manos y le dijo: te dejaré en libertad, pero ya sabes lo que te sucederá si sigues haciendo lo mismo. Jesús le dio un beso en la mejilla y siguió haciendo lo de siempre: el bien (paráfrasis del inquisidor Dostoievski).

A Jesús, esta noche, le quedan pocas horas, y no quiere irse de nuestro lado, pero es inevitable, mañana le clavaremos en la cruz, le convertiremos en un árbol de muerte que dará frutos de vida eterna el sábado por la noche. Y Jesús da tres testamentos definitivos: cada vez que coman de este pan, dice la inscripción del primero; yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo, dice el segundo; y ámense los unos a los otros, termina el tercero. El primer testamento, aquel que dice: hagan esto en memoria mía, lo dejó en las manos de hombres pecadores que se llaman sacerdotes; Algunos santos, la mayoría no; unos alegres y humildes, cercanos. Hombres que aun con los dolores de su propio pecado quieren sanar el dolor de sus hermanos perdonándoles los pecados, y trayéndoles en la Eucaristía el mismo cielo. El segundo testamento, aquel que dice: estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo, lo dejó a un humilde pan, sin sabor, sin color, sin nada de espectáculo, pequeño. Es su misma presencia entre nosotros saciando el corazón hambriento de infinito, de amor infinito. El tercer testamento, aquel que dice: ámense los unos a los otros como yo los he amado, nos lo dejó a nosotros, que seguimos respondiendo a su amor con el beso de Judas… Y al terminar esta cena, el Señor, nos responderá lavándonos los pies, diciéndonos que hagamos lo mismo los unos con los otros y no dejará esta noche mientras lo llevamos al calvario y le traicionamos, con un beso, esta vez no en la mejilla, sino con un beso en los pies. Y que a pesar que le besemos con el beso de Judas, él seguirá aquí, hoy, mañana y pasado mañana hasta el fin de los tiempos “amándote hasta el extremo”.

Pbro. Luis Ramón Mendoza López

In hoc signo vinces.

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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4). Nos encontramos quizá, con el pasaje más antiguo que habla acerca de María en el Nuevo Testamento. Esta pequeña alocución mariana tiene un sentido profundo del Misterio de Salvación.

San Pablo afirma que esta "plenitud" se realiza cuando Dios "envió a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4). Ocho días después de Navidad, hoy, primer día del año nuevo, hacemos memoria en especial de la "Mujer" de la que habla el Apóstol: la Madre de Dios. Al dar a luz al Hijo eterno del Padre, María contribuye a la llegada de la plenitud de los tiempos; sin duda es mujer de fe.

 

María concibió por obra del Espíritu Santo, sin perder la gloria de la virginidad, hizo brillar sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo. Como toda madre, llevó en su seno a ese Hijo.

 

La Sierva humilde del Señor, como dice san Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coinciden con él en afirmar: “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María”. Comparándola con Eva, llaman a María: “Madre de los vivientes”; y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, la vida por María” (494 CEC).

 

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años), e iluminados por el Espíritu Santo declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".

El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos, cualidades y privilegios que ella tiene.

Benedicto XVI afirma: “El título de Madre de Dios (Θεοτόκος), tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Todos sabemos que los privilegios dados a María no fueron concedidos para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como Hermana”.

Hoy La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ahora se comienza a escribir otra página de la historia. Un año lleno de oportunidades, tiempo ideal para encontrarnos con Dios rico en Misericordia. Este mismo Dios que por amor se ha hecho Hombre, y nos ha mostrado el Rostro del Padre.

Pidamos a María, en este día tan especial, de valorar la dignidad de la mujer. María es modelo de mujer, de hija, de madre, de esposa. Dios quiso tener una Madre, en este ejemplo que podamos valorar el don que hay cada madre.

 

La Madre de Dios contempla en sus brazos la belleza y bondad del Misterio, en su pequeño Hijo. Por su fecunda virginidad, María, nos da el don de la salvación eterna, por ella recibimos al autor de la vida. Que por su maternal intercesión, nos proteja este año que inicia y nos lleve de la mano al Dios vivo y verdadero.

 

“Ave, Madre, tu Hijo es torrente de delicias, Verbo del Padre hecho hombre, Luz de luz, fuente de vida”. (San Anselmo)

Santa María, Madre de Dios. Ruega por nosotros.         

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LA FAMILIA, LUGAR DE ENCUENTRO

Jesús quiso comenzar la Redención del mundo naciendo en una familia… Dios toma la iniciativa del encuentro con el hombre, quiere habitar entre nosotros, quiere dejarse amar y educar por una familia. ¡Quiere tener un padre y una madre!

Desde que María concibe en su vientre por obra del Espíritu Santo y es aceptada por José conforme a la voluntad de Dios; comienzan a caminar juntos, y esto los conforma como una familia, ahí es donde Dios mismo ha querido nacer. A Jesús, María y José les toca peregrinar de un lugar a otro, llevando consigo aquello que los hace ser una familia y un hogar; no se dejaron limitar por la ausencia de las cuatro paredes que hacen una casa, sino que les bastó el amor y la unidad, pese a las diversas circunstancias.

Contemplar la vida de quienes forman la Familia de Nazaret nos lleva a reflexionar. Ellos son una familia tan normal como cualesquier otra, donde José, un hombre que se gana la vida como carpintero, es quien hace cabeza de la familia y, cuidándola, busca hacer la voluntad de Dios; María, por su parte, es la mujer que cuida de la educación de su hijo, atiende a su esposo y se encarga de las tareas de casa; y Jesús, si bien, es el hijo de Dios encarnado, es también un niño que aprende de las acciones de sus padres y obedece a lo que ellos le piden y mandan.

Las enseñanzas de Dios siempre son actuales y en su inmenso amor nos presenta el modelo pleno de integridad. El ejemplo de la sencillez de la Sagrada Familia es modelo, nos enseña que Dios permanece aún en los momentos difíciles. Ellos lo experimentaron: en el caso de la huida de Egipto, cuando Jesús se queda atrás en el templo y en los demás acontecimientos difíciles que tanto María, José y Jesús pasaron durante sus vidas. Todo ello, ha de iluminar  la propia experiencia, mantener y fortalecer la confianza plena en Jesús.

El testimonio de vida y de comunión que ellos nos ofrecen como ideal, hace real para nuestro tiempo la posibilidad de cumplir con la voluntad del Padre, y desde la realidad específica de nuestras familias estamos invitados a convertir la propia familia en Iglesia doméstica unida a Cristo. La Sagrada Familia se convierte en ejemplo y en anhelo para todas las familias de nuestro tiempo, por la comunión y entrega de cada uno de sus miembros y la perseverancia en el caminar.

La familia, es escuela de virtudes donde los padres son los primeros educadores en todos aspectos, pero principalmente en la fe, mediante la palabra y el ejemplo constante. La familia, es el lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios, pues Él nos ha colocado a todos en una familia concreta; también lo hace en un plano espiritual, se nos da como Padre y a María como madre. No podemos negar que el bienestar de nuestra sociedad en gran medida depende del bienestar de nuestras familias y de cuánto manifiesten la presencia de Dios en medio de ellos.

¡Bendita normalidad!, que puede estar llena de tanto amor de Dios… Así es la familia de Jesús: Sagrada, Santa, ejemplar, modelo de virtudes, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios. El hogar cristiano debe ser imitación del de Nazaret: un lugar donde pueda habitar Dios, y que por Él la familia crezca y se desarrolle. Santificar el hogar día a día es una gran tarea que nos corresponde a todos los que formamos parte de una familia, de modo que nuestro corazón debe tener reservados dos lugares muy especiales e irremplazables: el primero para Dios y el segundo para nuestra familia, que es signo del amor inmenso de Dios.

Nuestra familia viene a ser un pretexto para encontrar a Dios; Él la ha planeado para mostrarnos la grandeza de su amor y la predilección por cada uno de nosotros; sus pilares han de ser: la fe, el amor, la ternura, la esperanza, la unidad, la comunicación y, sobre todo, la experiencia plena de Cristo. Jesús sigue tomando la iniciativa del encuentro con nuestras familias: nace para quedarse entre nosotros y para enseñarnos a todos a ser hijos como Él lo es.  

Encomendemos a la protección de la Santa Familia de Nazaret a nuestras familias, en especial aquellas que pasan por distintas necesidades y dificultades: incertidumbre, enfermedad, miedo, desunión, pobreza espiritual, ancianidad, falta de integridad, crisis de identidad, etc. También pidamos por aquellas familias que se esfuerzan día a día por ser un ejemplo creíble para nuestra Iglesia; que dan testimonio de que Dios nos llama a la existencia en el núcleo de una familia donde crecemos en espíritu y en verdad, como Jesús. Oremos constantemente por la santificación de nuestras familias ya que ellas son el lugar donde vivimos la plenitud del amor que se hace realidad; son lugar donde la luz de la misericordia sobrepasa cualquier límite y son lugar donde Jesús manifiesta en todo su esplendor la armonía, la alegría, y la paz…

 

José Luis Armendáriz  

Teologia III

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Año de la Misericordia

 

“La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona”. (MV 3)

Se han tomado breves fragmentos de la bula Misericordiae Vultus (MV) con la que el Papa convoca el jubileo extraordinario de la misericordia y que ayudan a entender lo importante que es para nosotros la misericordia de Dios y cómo convertirnos en propagadores de esa misericordia para quienes más la necesitan.

El Papa nos ofrece varios modos de entender la misericordia (cfr. MV 2): primeramente debemos entender que “la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo”. (MV 6)

 

“Es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro”.(MV 2)

Lo cual se cumple en Jesucristo que ha recibido del Padre la misión de revelar el misterio del amor divino en plenitud.  En el horizonte de la misericordia se coloca también el llamado de Dios, por ejemplo en la vocación de Mateo, al cual Jesús, con una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. Nos interesa resaltar que la mirada de Dios no se deja engañar por el parecer humano que prefiere alejarse del pecador, en cambio Dios supera el rechazo con la compasión y la misericordia.

 

“Es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”.(MV 2)

Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Por eso en este año se nos propone acercarnos a la misericordia de Dios a través del sacramento de la reconciliación, así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada.

 

“Es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida”. (MV 2)

Estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha dado lamisericordia, de ahí brota el lema “Misericordiosos como el Padre”, lo que significa que no solo nos quedemos como receptores de la misericordia, y no ser, por ejemplo, el hombre que después de que le fue perdonada una gran deuda no supo perdonar a su hermano que le debía poco (cfr. Mt 18, 23-35).

El Papa reconoce el gran mal que hacemos unos a otros cuando nuestras palabras se dejan motivar por sentimientos de celos y envidias haciendo chismes, otra actitud igual de dañina es la de la indiferencia humillante ante la miseria humana. Pero podemos hacer el cambio si día tras día, nos dejamos ser tocados por la compasión Divina, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos. Por eso el Papa nos recomienda dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza porque son condiciones necesarias para vivir felices.

 

La puerta de la misericordia

“En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza... Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia” (MV 3)

Lo cual significa que se les concederá la indulgencia plenaria al pasar por la puerta durante este jubileo, sintiendo el perdón, la compasión, y esperanza.

 

¿Qué es una indulgencia y como se gana?

En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, realmente quedan cancelados, y sin embargo la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto, ella se transforma en indulgencia del Padre, que a través de la Esposa de Cristo, alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.

Para obtener la indulgencia se debe cumplir primeramente con las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre.

 

La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia » (MV 10)

 

La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia: el atributo más estupendo del Creador y del Redentor, la cual se vive de manera concreta por medio de las obras de misericordia para despertar nuestra conciencia, las cuales son: (MV 15)

 

Obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos.

Obras de misericordia espirituales: Dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar aDios por los vivos y por los difuntos.

 

¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! (MV 5)

 

Jesús Alfonso BacaAguirre

Teología III

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Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Un día como hoy pero hace 161 años, el Papa Pío IX, definió que la Santísima Virgen María “en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original”. Es gracias a esta proclamación que podemos celebrar esta solemnidad de la Inmaculada Concepción. Sin embargo esta tradición viene desde los primeros siglos de la Iglesia en la enseñanza de los Santos Padres.

Pero, ¿Por qué lo celebramos? Es bien conocido que todo hombre, por ser descendiente de Adán viene al mundo conforme las leyes ordinarias, y dispone por la desobediencia de éste una mancha (pecado original) en cada uno de nosotros. Mediante el Bautismo interviene la Gracia que cancela esta mancha, derramando la gracia en el alma e incorporándonos a la familia divina como hijos de Dios. Sin embargo, en María nunca hubo mancha, ni alejamiento de Dios. Desde el primer instante estuvo su alma adornada con plenitud de gracia, de modo que desde su concepción estuvo elevada a la dignidad de los hijos de Dios.

¿Y cómo puede ser esto? Dios introdujo en el mundo a la Virgen con tal plenitud de santidad, por el fin que su eterno amor le había señalado y preparado, pues esta pureza era la incomparable pureza que convenía a la Madre de Dios.

En el origen del mundo, entró el pecado en la humanidad por Eva que condujo a Adán a la tentación; pero en la plenitud de los tiempos, entró la salvación a todos los hombres por aquella mujer que sería saludada con un Ave. Así, María viene a ser el principio de nuestra salvación.

¿Y cómo me toca esto a mí en mi vida cotidiana? Este 8 de diciembre, no sólo celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, también toda la Iglesia celebra el Jubileo por el 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, que comenzará con la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, donde viviremos continuamente marcados por la misericordia.

Este año es importante recibirlo con fervor y fe, de modo que podamos llegar a “Ser misericordiosos como el Padre” (Lc 6, 36); he aquí la gran labor de todos los cristianos en imitar al Padre en las obras de misericordia con aquellos que necesitan de un consuelo, de una palabra de apoyo, de nuestra compañía, de que compartamos con ellos.

En esta vocación cristiana de la misericordia, podemos aprender mucho de la Santísima Virgen, Madre de Misericordia; aprendemos de ella la obediencia a la voluntad divina como ella asumió el Plan de Dios el día de la Anunciación. Vayamos al encuentro de los que nos necesitan, a ejemplo de Ella que asistió a su prima Isabel. Tomémosla como ejemplo de amor a los pobres a aquella que amó con todo su corazón al Hijo de Dios que nació en el pesebre de Belén; hagamos de nuestra vida una constante búsqueda del Señor, así como ella lo buscó por tres días cuando se quedó en el Templo de Jerusalén; imitémosla en su preocupación por las necesidades de los demás, así como ella reconoció que les faltaba vino en las bodas de Caná, pidámosle que nos de fortaleza para sobrellevar las dificultades de la vida, así como ella soportó junto a su Hijo el suplicio de la cruz.

También imploremos su intercesión para que podamos llegar al final de nuestra vida con alma pura e intacta, como ella la tuvo desde su nacimiento y la mantuvo a lo largo de su vida. Es deber cristiano que en este año nos acerquemos a nuestra Madre Santísima y asemejemos nuestra vida a la suya. Ella es “Madre y modelo” (Redemptoris Mater) de todo cristiano.

Sergio Vázquez

Filosofía  I

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ADVIENTO CON ACTITUD DE ESPERANZA

La Iglesia es peregrina y lo realiza hacia adelante, hacia los tiempos definitivos; recuerdo una frase en un mensaje de Cuaresma de su santidad Benedicto XVI, “el que no avanza retrocede”, con el inicio del tiempo de Adviento, la Iglesia peregrina, camina en un período privilegiado, donde cada domingo, a través de su Palabra, Dios nos concede un tiempo nuevo, un tiempo de esperanza.

Muchas son las maneras de prepararnos en el Adviento. Como sabemos, la liturgia nos prepara con diferentes signos, pero cada uno es protagonista, y elige cómo vivir este tiempo. Como auténticos discípulos y misioneros, estamos llamados a vivirlo con esperanza, puesta en quien se ha encarnado, y estamos próximos a celebrar. Es esta esperanza la que se nos ha otorgado para el hecho de afrontar nuestro presente, tal vez un tanto fatigoso, pero que sin duda, nos lleva hacia la meta, la cual, anhelamos, y estamos certeros de encontrar, pues sabemos que nuestra vida no termina en el vacío.

Estamos llamados desde la esperanza a dejar el pesimismo y mirar hacia adelante con la cabeza en alto, a pesar de estar en un panorama no tan alentador. El cristiano que vive la esperanza, vive contagiado de una constante disposición al ánimo. Y es esta la invitación que nos hace este primer Domingo de Adviento.

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Deus Caritas Est, Benedicto XVI). Es esta la razón por la que nos preparamos en Adviento llenos de esperanza. El saberme invitado al encuentro del nacimiento de Cristo, me motiva en mi vida de tal manera que me veo llamado al amor y a la respuesta más humana a esta invitación, por eso me preparo, como se prepara para una fiesta, un banquete. Sé, que no entra cualquiera, si no aquel que está revestido de gala (esperanza), para tal ocasión.

Que nuestra persona este Adviento, se engalane cada domingo, de una actitud nueva, de fe, esperanza y sobre todo caridad, no es suficiente adoptarlas, es preciso ejercitarlas. Peregrinemos siempre juntos, porque el que no avanza retrocede. Avancemos con María estrella de la esperanza, con Cristo a la cabeza en el Espíritu Santo.

Y tú ¿Con qué actitud vivirás este Adviento?

 

Iván Estrada

Teología I

 

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La Pesentacion de la santísima virgen María

La presentación de la Santísima Virgen: “La belleza de una vida consagrada a Dios”

La fiesta mariana que se celebra el 21 de noviembre nos permite encontrar buenos motivos para comprender mejor el misterio de María y también el nuestro.

El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente con la venida de Cristo, es eterno. Abarca todos los hombres, pero reserva un lugar particular a la “mujer” que es la Madre de Aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la salvación. María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de la anunciación del ángel. 

Por ello, “Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, la Santísima Virgen María es:  

       Una acción de gracias al Dios de la vida. San Joaquín y Santa Ana, le agradecen a Dios el don de la vida de su hija mediante el rito de la presentación en el Templo. Es lo mismo que María hará con su propio hijo Jesús, cuando al llevarlo al Templo de Jerusalén ella dé gracias públicamente por el don de su maternidad y por el don de la vida nueva que ha venido al mundo.

       Una consagración de esta vida a Dios para vivir en sintonía con su querer. En la presentación en el Templo, a la acción de gracias, le sigue un acto de consagración, de ofrecimiento de la vida a Dios.

Por ello celebramos la dedicación total de María a la voluntad de Dios. Pues dirá el evangelista Mateo (12, 46-50) “Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

María es plenamente la Madre de Jesús, no solamente porque lo llevó nueve meses en su vientre, porque lo dio a luz, porque lo alimentó y lo educó, sino porque ella escuchó y obedeció con una dedicación total a su Palabra, porque esta Palabra fue el fuego que ardió en su corazón y le indicó la ruta de su proyecto de vida.

Durante toda su vida, desde la presentación en el Templo como ofrenda viviente al Señor y desde aquél día en que con su “sí” aceptó ser la Madre de Jesús, hasta la dramática experiencia del Calvario, María fue signo de la adhesión, de la fidelidad, de la consagración total a la voluntad de Dios. De esta forma el misterio de María no se agota en ella misma sino que ilumina profundamente la vida de “todo” aquel que como ella viva un serio camino de discipulado. Porque María, por su consagración total a la voluntad de Dios, es el primer y más claro ejemplo de entrega al Padre celestial, es la belleza de una vida consagrada a Dios y además verdadera “Madre” de la nueva familia de Jesús.

Bibliografía

II, J. P. (1987). Redemptoris Mater. Vaticano: San Pablo.

XII, P. (1959). Ad Caeli Reginam. Madrid : San Pablo.

Jesús David Torres

Filo I

 

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DEDICACIÓN DE LA BASILICA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO



Ya en el siglo XII se celebraba en la basílica Vaticana de San Pedro y en la basílica de San Pablo, en la vía Ostiense, el aniversario de las respectivas dedicaciones, hechas por los santos papas Silvestre y Siricio en el siglo IV. Esta conmemoración se extendió posteriormente a todo el rito romano. Del mismo modo que en el aniversario de la basílica de Santa María la Mayor (el día 5 de agosto) se celebra la maternidad de la Santísima Virgen, así hoy son honorados los dos principales apóstoles de Cristo.

La actual Basílica de San Pedro en Roma fue consagrada por el Papa Urbano Octavo el 18 de noviembre de 1626, aniversario de la consagración de la Basílica antigua.

La construcción de este grandioso templo duró 170 años, bajo la dirección de 20 Sumos Pontífices. Está construida en la colina llamada Vaticano, sobre la tumba de San Pedro.

Allí en el Vaticano fue martirizado San Pedro (crucificándolo cabeza abajo) y ahí mismo fue sepultado. Sobre su sepulcro hizo construir el emperador Constantino una Basílica, en el año 323, y esa magnífica iglesia permaneció sin cambios durante dos siglos. Junto a ella en la colina llamada Vaticano fueron construyéndose varios edificios que pertenecían a los Sumos Pontífices. Durante siglos fueron hermoseando cada vez más la Basílica.

Cuando los Sumos Pontífices volvieron del destierro de Avignon el Papa empezó a vivir en el Vaticano, junto a la Basílica de San Pedro (hasta entonces los Pontífices habían vivido en el Palacio, junto a la Basílica de Letrán) y desde entonces la Basílica de San Pedro ha sido siempre el templo más famoso del mundo.

Según la tradición, el martirio de San Pedro tuvo lugar en los jardines de Nerón en el Vaticano, donde se construyó el Circo de Calígula y se afirma que fue sepultado cerca de ahí. Algunos autores sostienen que, en el año 258, se trasladaron temporalmente las reliquias de San Pedro y San Pablo a una catacumba poco conocida llamada San Sebastián a fin de evitar una profanación, pero años después, las reliquias fueron trasladadas al lugar en que se hallaban antes.

En el año 323, Constantino comenzó a construir la basílica de San Pedro sobre el sepulcro del Apóstol. Permaneció idéntica por dos siglos, y poco a poco los Papas fueron estableciendo junto a ella, al pie de la colina Vaticana, su residencia, tras el destierro de Aviñón. En 1506, el Papa Julio II inauguró la nueva Basílica proyectada por Bramante. La construcción duró 120 años. La nueva basílica de San Pedro, tal como se ve hoy, fue consagrada por Urbano VIII el 18 de noviembre de 1626, y el altar mayor fue construido sobre el sepulcro de Pedro. El martirio de San Pablo tuvo lugar a unos 11 kilómetros del de San Pedro, en Aquae Salviae (actualmente Tre Fontane), en la Vía Ostiense.

El cadáver fue sepultado a tres kilómetros de ahí, en la propiedad de una dama llamada Lucina.

 

Basílica de San Pedro mide 212 metros de largo, 140 de ancho, y 133 metros de altura en su cúpula. Ocupa 15,000 metros cuadrados. No hay otro templo en el mundo que le iguale en extensión.

Su construcción la empezó el Papa Nicolás V en 1454, y la terminó y consagró el Papa Urbano VIII en 1626 (170 años construyéndola). Trabajaron en ella los más famosos artistas como Bramante, Rafael, Miguel Angel y Bernini. Su hermosura es impresionante.

Hoy recordamos también la consagración de la Basílica de San Pablo, que está al otro lado de Roma, a 11 kilómetros de San Pedro, en un sitio llamado "Las tres fontanas", porque la tradición cuenta que allí le fue cortada la cabeza a San Pablo y que al cortársela cayó al suelo y dio tres golpes y en cada golpe salió una fuente de agua (y allí están las tales tres fontantas).

La antigua Basílica de San Pablo la habían construido el Papa San León Magno y el emperador Teodosio, pero en 1823 fue destruida por un incendio, y entonces, con limosnas que los católicos enviaron desde todos los países del mundo se construyó la nueva, sobre el modelo de la antigua, pero más grande y más hermosa, la cual fue consagrada por el Papa Pío Nono en 1854. En los trabajos de reconstrucción se encontró un sepulcro sumamente antiguo (de antes del siglo IV) con esta inscripción: "A San Pablo, Apóstol y Mártir".

Estas Basílicas nos recuerdan lo generosos que han sido los católicos de todos los tiempos para que nuestros templos sean lo más hermoso posible, y cómo nosotros debemos contribuir generosamente para mantener bello y elegante el templo de nuestro barrio o de nuestra parroquia.

 

      Fuente:                                                                                                  https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Dedicacion_de_las_basilicas_de_San_Pedro_San_Pablo.htm

 

Enrique Sánchez López

Teología I 

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“MI CASA SERÁ LLAMADA CASA DE ORACIÓN” Mc 21, 13

Cada Iglesia particular o diócesis tiene su catedral, y se le llama así porque es ahí donde tiene el obispo su cátedra o sede, que es el lugar desde el cual preside a la comunidad que se le ha confiado; gobernándola, enseñándola y santificándola; lo que hace que esta iglesia sea la iglesia principal de cada diócesis, su centro espiritual y litúrgico. La liturgia invita a que en el aniversario de la dedicación de la catedral sea celebrada la misa en la misma catedral.

 

Por lo anterior, este día es necesario voltear a Roma , sede de la Iglesia universal (de todo el mundo), ya que ésta última precede siempre a las Iglesias particulares (diócesis); las alumbra. Por lo tanto, sólo pueden ser Iglesia en comunión con la Sede Romana.

 

San Ignacio de Antioquia concedía gran importancia a la Iglesia de Roma atribuyéndole un especial primado. En su carta a los Romanos la saluda como la que “preside en la caridad”. Siguiendo en esta línea, Lucas ve a Roma, en los Hechos de los apóstoles, como la representación del mundo de los paganos, pueblos que se encontraban fuera del pueblo de Dios; sin embargo, el libro termina con la llegada del Evangelio a Roma. Con la evangelización romana, ha alcanzado su meta el camino que iniciara en Jerusalén; se ha realizado la Iglesia católica, la cual va a continuar y a sustituir al antiguo pueblo de Dios, el cual tenía su centro en Jerusalén. Ahora bien, podemos decir que en la eclesiología de San Lucas, Roma es el nombre concreto de la catolicidad, pues expresa siempre la fidelidad a los orígenes. Además de lo anterior, otro suceso que hace a esta cede tener esta especial precedencia sobre las demás, es el hecho de que en esta ciudad derramaron su sangre los apóstoles Pedro y Pablo. También es la Iglesia que llegó a ser la sede del apóstol Pedro. Aún con todo esto la Iglesia de Roma, sin dejar de ser la que “preside en la caridad”, continua manteniendo la estructura de cualquier Iglesia particular: tiene a la cabeza un obispo, el cual es el Papa, y también tiene su Catedral que es la Basílica de San Juan Letrán.

 

Por todo lo anterior, podemos imaginar la gran dignidad que tiene la diócesis de Roma para el mundo, y mayor aún, la dignidad que ostenta su Catedral, es decir, la Basílica San Juan de Letrán, para la misma diócesis y para el mundo. Y así, como en cada diócesis se celebra el aniversario de la dedicación de la catedral, también en la Iglesia Universal cada año el 9 de noviembre la liturgia nos invita a celebrar la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. El fin de esta celebración es honrar aquella basílica, que por ser la Catedral del Papa y de la diócesis de Roma, viene a ser la “madre y cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo”. Ésta celebración se convierte en una señal de amor y de unidad hacia la cátedra de Pedro la cual “preside en la caridad”.

 

Esta basílica fue consagrada el 9 de noviembre del año 324 por el Papa San Silvestre, fue la primera basílica del Catolicismo. Construida por Constantino en el Laterano, es la iglesia-madre de Roma y del mundo. Originalmente fue dedicada a Cristo Salvador, y posteriormente a San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de ahí que el nombre correcto de sea Archibasílica del Santísimo Salvador y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista.

 

La liturgia de este día nos ayudará a sentirnos inmersos en el misterio de la Iglesia, la construcción material se nos presenta como figura de Jesucristo, el verdadero Templo de Dios en quien descansa en plenitud el Espíritu Santo. Templo que cada uno de nosotros está llamado a hacer visible en el mundo, ya que, gracias a nuestro bautismo, somos también Templos del Espíritu Santo y miembros de la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo.

Mario Lerma

Teología

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Halloween

 

 

El 31 de Octubre de cada año convergen dos celebraciones contrarias entre sí, una de ellas pondera la vida, y la otra, la muerte; que conduce a quienes la practican a un parque de fuentes sombrías, a un lugar de sepultura. Estas dos celebraciones son: la víspera de todos los santos y la fiesta pagana de los celtas denominada: «Halloween». La primera de ellas, víspera de todos los santos (all hallow’s even) es una vigilia que se realiza como preámbulo de todos los santos el día Primero de Noviembre, en función del calendario litúrgico de la Iglesia Católica, cuyo objeto es venerarlos y asumir un estilo de vida Cristo-céntrica para esparcir el buen aroma de Cristo en medio del mundo secularizado. La segunda es la celebración impía de origen celta titulada: «Samahain»; la cual, unida en coalición con elementos de oscuras simpatías, engendra el resplandor siniestro del engaño y de la mentira con un aroma de ocultismo y satanismo.

El origen de la celebración de todos los santos se remonta al siglo VIII cuando el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, el cual, fungía como templo pagano dedicado al culto idolátrico, como templo cristiano y lo dedicó a todos los santos. En sus albores, esta fiesta se celebraba el 13 de Mayo, pero debido a que el primer día de Noviembre era el día de la dedicación de la capilla de todos los santos, la cual, se ubicaba en el interior de la Basílica de San Pedro en Roma, el Papa Gregorio III unió esta fecha, y luego el Papa Gregorio IV reguló que se celebrara universalmente. De esta forma, la celebración para evocar a todos los santos, se incrustó en el calendario litúrgico. Como toda celebración solemne, lleva implícita las vísperas, es decir, el 31 de Octubre, cuyo objeto es la preparación para la celebración del 1 de Noviembre. Esta vigilia fue catalogada por los ingleses como «all hallow’s even». Con el devenir del tiempo esta denominación se fue condensando hasta adquirir su connotación actual: «Halloween». Después, este término empezó a designar las fiestas paganas cuya verdadera esencia es «Samahain».

«Shamahain» es la columna vertebral de las festividades celtas, cuya duración se extendía a una semana y concluía con la fiesta de los «muertos» -el 31 de Octubre-, dando comienzo al nuevo año celta. Ellos consideraban que era la atmósfera propicia para la interacción con los espíritus, para que los difuntos regresaran a la Tierra; engendrando de esta manera, un pabellón de muerte en formas primitivas, adentrándose en un laberinto caótico. Con esta finalidad, los sacerdotes druidas ejercían un conjunto  de ritos, mediante los cuales, ellos mismos fungían como vínculos que los conducían a una muerte hipnótica, para al fin, comunicarse con sus ancestros y permitirles visitar a sus familiares. Sin embargo, con la visita de los difuntos también se exhibían los malos espíritus, quienes poseedores de una risa histérica y dedos gélidos, eran ahuyentados por medio de grandes fogatas. Así mismo, la parte periférica de los hogares era adornada con calaveras, huesos, osamentas y otros objetos siniestros; de igual manera, las personas utilizaban disfraces para no ser percibidos por tales atrocidades desconocidas condenadas a muerte. También se ofrecían animales en sacrificio y ocurrían paseos nocturnos, es decir, acaecían celebraciones espiritistas y de brujería.

En el siglo XV algunos irlandeses, portadores de prácticas e ideologías paganas-impías, incluyendo la celebración «Samahain», emigraron a Estados Unidos. Paulatinamente el aroma febril de estas prácticas se adhirió a la cultura norteamericana como un fantasma pálido que se sujeta a su víctima, luego se adjuntó la creencia en duendes, vampiros, fantasmas, entre otras criaturas procedentes de mares árticos. De esta manera se asocia esta festividad con la práctica del satanismo y del ocultismo. Esta fiesta impía encierra algunos elementos que se describirán a continuación:

Las calabazas. Tiene su origen en que los celtas empleaban nabos (planta que se produce anualmente, de 60 centímetros de altura, posee hojas rugosas, lampiñas y grandes) con una vela en su interior que fungía como antorcha para ir por las casas. El nabo poseía una figura que encarnaba un espíritu maligno procedente de una tumba solitaria, en Estados Unidos los nabos fueron cambiados por calabazas.

Las máscaras y los disfraces. Se destinaban para apartar los malos espíritus y se creía que la persona podía captar el poder del animal que dicha máscara o disfraz simbolizaba. Ya en la celebración pagana, poseedores de una droga oriental, los druidas debían recibir un presente, un regalo cuando coleccionaban las oblaciones de las personas, mismas que eran destinadas al dios de la muerte, si el obsequio era desagradable, entonces ocasionaban perjuicios a las casas donde las personas vivían o les vertían maldiciones a las personas; de aquí la muy conocida frase en inglés «Trick or treat», (dulce o truco).

El solicitar dulces o golosinas proviene de que, los celtas colocaban alimentos y golosinas a los malos espíritus para ahuyentarlos de sus hogares. Por su parte, los fantasmas representan una gema de faraón en esta nomenclatura de horror, puesto que los celtas tenían la ideología de que las personas muertas reinaban marchando con melancolía al exilio. Las bolas de cristal eran empleadas por las brujas para vislumbrar el futuro y llamar a los muertos.

Por todo lo anterior, podemos concluir que el 31 de Octubre, los Católicos celebramos la víspera de todos los santos. Asumiendo esta realidad, es de vital importancia acoger y realizar planes de acción determinados para recuperar dicha celebración, mediante opciones que conduzcan a la paz, a la esperanza, al amor, a la vida y no a la muerte y a la perdición. Las arquidiócesis lanzan un llamado para recobrar la celebración de la víspera de todos los santos. Con este objeto, los católicos de todo el mundo crean movimientos para congregar a la comunidad de fieles mediante catequesis, cursos, talleres, entre otras herramientas, para de esta manera, celebrar dignamente la celebración de todos los santos. Esta preparación incluye a todas las personas, es decir, niños, jóvenes y adultos, para hacerles ver la importancia que tienen los santos en la Iglesia Católica como testimonio de fe y de verdaderos seguidores de Cristo. Puesto que  «Halloween» es una fiesta impía de origen extranjero y está embebida de un resplandor siniestro procedente de un experimento mesmérico que resulta peligroso para la fe católica,  y además no tiene relación alguna con la celebración de todos los santos, es primordial hacer una invitación a todos los Católicos y seres humanos de buena voluntad para que no sean partícipes de este acontecimiento.

 

Fuente: Halloween, conozca la verdadera celebración, Asociación María santificadora, Colombia, 2013

 

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El Demonio a la luz de la Fe Cristiana

William Blake, Satanás castiga a Job con llagas en fuego, 1826

William Blake, Satanás castiga a Job con llagas en fuego, 1826

 

Los ángeles, previamente antes de recibir por parte de Dios el don de la visión beatífica, tuvieron conciencia de su ser y de las grandísimas perfecciones y facultades en el conocer y en el actuar. Mientras la mayoría de las criaturas angélicas admitieron esta razón para agradecer a Dios y mostrar cohesión hacia Él, quien es manantial de amor, bondad y misericordia ilimitada, otros volcaron su ser, su naturaleza; cayeron bajo el imperio de los deseos, se estimaron autónomos y le restaron importancia al vínculo divino. Esta minoría padeció lo indecible y se hundió en una noche fría distanciándose y abandonando al Ser Supremo, dejándose inyectar por el odio hacia Dios, al mismo tiempo que se sumergían en una depresión imperial. A partir de este momento tuvieron lugar ángeles “buenos” y “malos”, no en su esencia, sino por elección. A los primeros, la Sagrada Escritura les llama «ángeles», a los segundos les llama «demonios» o «espíritus malignos». Esta última nomenclatura está orientada a definir sus acciones maléficas, dirigidas a seccionarnos, a engañarnos y a segregarnos de Dios, puesto que son los habitantes de las riberas nocturnas y poseen un hogar hechizado de horror. Por lo anterior, se puede afirmar que el Diablo es un ángel que se tornó libremente malo, el cual, porta un eslabón indestructible de odio hacia los seres humanos, San Agustín escribe: «si el Diablo por su propia iniciativa pudiese algo, no quedaría viviente sobre la Tierra», y San Buenaventura afirma: «es tanta la crueldad del Demonio que nos tragaría en cualquier momento, si la divina protección no nos protegiese».[1] 

En la Sagrada Escritura se vislumbra claramente el poder del Diablo: Jesús lo llama «príncipe de este mundo» (Jn 14,30); san Pablo lo cataloga como «dios de este mundo» (2Co 4,4); más tarde, Juan afirma que «todo el mundo yace en poder del maligno» (1Jn 5,19), para mostrar que todo cuanto existe se ha contaminado. Jesús arribó a la Tierra para «deshacer las obras del Diablo» (1Jn 3,8), para independizar al ser humano de los placeres perversos e instalar el Reino de Dios. Entre la primera venida de Cristo y la segunda, es decir, la parusía, el Diablo se encamina a una tarea: intento frenético de arrastrar a cuantos le sea posible a su página siniestra, quiere transformar la sutileza de la paz en una guerra atroz; es una batalla que efectúa poseído de fiebre, sabiendo que ha fracasado y que le queda poco tiempo (Ap 12,12). El vaticano II ha evocado la sublime y magistral enseñanza de la Iglesia en relación con el Diablo: «a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, iniciada en los orígenes del mundo». (GS 37). «El hombre, por instigación del Diablo, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último.» (GS 13). «Pero Dios envió a su Hijo al mundo a fin de arrancar por Él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás». (AG 3). San Juan Pablo II en uno de sus discursos sobre Satanás, realizado el 24 de mayo de 1987 en su visita al Santuario de San Miguel Arcángel declaró: «esta lucha contra el Demonio, que caracteriza al Arcángel San Miguel es actual también hoy, porque el Demonio está siempre vivooperante en el mundo. En efecto, el mal que existe en él, el desorden que se presenta en la sociedad, la incoherencia del hombre, la ruptura interior de que es víctima, no son solamente las consecuencias del pecado original, sino también efecto de la acción infestada y tenebrosa de Satanás».[2]

La actividad demoníaca se jerarquiza en: ordinaria y extraordinaria. La ordinaria es más rústica, oculta e intestinal; ésta encierra la tentación, sin embargo, no todas las tentaciones provienen del Diablo, pueden tener su raíz en la misma naturaleza humana, desnivelada hacia el mal. La acción ordinaria del Diablo se encauza a todos los seres humanos. También Jesús acogió nuestra condición humana dejándose tentar por Satanás. La actividad extraordinaria de Satanás es relevante y prominente, la cual puede dividirse en diversos grupos: los padecimientos causados por Satanás exteriormente, son los sucesos que se presentan en muchas vidas de santos: el santo cura de Ars, el padre Pío, entre otros, los cuales fueron apaleados y tratados con dureza por el Diablo. La posesión diabólica, es el suplicio más grave. Aparece cuando el Diablo toma posesión de un cuerpo para hacerlo actuar y hablar a su determinación. La vejación diabólica, encierra en disturbios y enfermedades. La obsesión diabólica, consta de pensamientos maníacos, a veces racionalmente sin sentido, de los que la víctima se ve imposibilitada para liberarse; incitan a la persona a un constante estado de desaliento, desesperanza y tentaciones que la dirigen o la orientan al suicidio. Finalmente la infestación diabólica, sobre casas, objetos y animales.[3]

Por todo lo anterior, el Concilio Vaticano II no ha dejado nunca de poner en guardia contra los aullidos repugnantes que son las acciones de Satanás y de los demonios. De la misma manera que los Concilios de Florencia y Trento, ha hecho memoria que Cristo nos libera del poder de las tinieblas (AG 3 y 14). La constitución Gaudium et Spes en el número 37, resumiendo la Sagrada Escritura a la manera de San Pablo y del Apocalipsis declara que la historia de la humanidad es una ardua acción bélica contra el poder de las tinieblas que tendrá lugar todos los instantes de la vida hasta el día final. La Lumen Gentium y san Pablo en su carta a los Efesios nos evocan la lucha que debemos sostener contra los dominadores de este mundo tenebroso (Ef 6,12), (LG 35). Sin duda que el reino de Dios ha llegado a nosotros (Lc 11,20 y Mt 12,28).[4]

 

[1] C. Balducci, Adoradores del Diablo y Rock Satánico, Lumen, Argentina, 2002, 17-20.

[2] G. Amorth, Narraciones de un Exorcista, San Pablo, Colombia, 2008, 17-22.

[3] Ibidem, 23-24.

[4] A. Uribe., La Verdad sobre Ángeles y Demonios, Lumen, Buenos Aires, 2009, 111-112.

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