El miércoles de ceniza es el primer día de la cuaresma. Ésta, preparación para la Pascua, es un tiempo de penitencia y de ayuno, un tiempo en que la Iglesia busca, principalmente, la conversión de nuestro corazón. El fin es seguir fielmente el camino de la cruz que Jesús nos ha marcado.

Históricamente, encontramos las raíces de este día en los judíos, que tenían la costumbre de poner ceniza sobre la cabeza cuando se realizaba algún sacrificio, así como signo de conversión.  Siguiendo ese ritualismo, nosotros también utilizamos las cenizas como expresión de conversión, aunque en nuestro contexto semejante simbolismo adquiere matices más profundos. En el contexto de la fe cristiana,  la ceniza utilizada se obtiene quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

Además de tal gesto, son palabras bíblicas las que nos recuerda la cualidad de que la mortalidad reside en nuestrahumanidad: “RECUERDA QUE POLVO ERES Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS”. Esta frase,  tomada del Génesis (Gen 3, 19), es un mensaje que además de, evidentemente, hacernos ver lo transitorio de la vida y obligarnos a pensar lo frágiles que somos, nos remite a lo esencial: estamos llamados a la vida eterna, nuestro paso por la Tierra es como un soplo.

Pese a que estos símbolos nos parezcan poseedores de elementos negativos –arrepentimiento, muerte, penitencia-, la realidad es que su trasfondo es marcadamente positivo. Se trata de una honda renovación; de recorrer junto a Jesús el camino hasta llegar a la Pascua de Resurrección, que es el triunfo sobre la muerte, la alegría de la vida eterna.

El Concilio Vaticano II, conocedor de esta situación,  propuso cambiar eltexto, sustituyéndolo por las palabras de Jesucristo: «CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO (Mc 1;1,15)»

En este punto, resulta ineludible realizarnos algunas preguntas, que nunca están de sobra: “¿Qué significa convertirse?”, “¿Qué es creer?”, “¿Qué quiere decir Evangelio?”. Sirva, lo siguiente, como esbozo de respuesta.

Convertirse: En el Antiguo Testamento significaba regresar, era un arrepentirse de la vida actual y dar marcha atrás. Un volver al cumplimiento de la ley.

En el Nuevo Testamento, con Jesús,  cambia totalmente el significado, es seguirlo a Él, incluye desde luego el arrepentimiento de las faltas y la penitencia, pero no debe quedar ahí. Significa ver y caminar hacia delante, es aceptar el don gratuito de la salvación que nos ofrece directamente Dios.

El cristianismo no empieza por la ley - a la que respeta, pero que supera y trasciende porque la plenifica y dota de su verdadero sentido- sino por el Amor, por la Gracia, la que se nos da y nos llega por la iniciativa de Dios. El paso, en definitiva, empieza con Él. Después, es elser humano el que acepta la gracia y da su amor al convertirse, volviéndose, así,  el amor un flujo continuo entre Dios y el hombre.

Creer: La Fe es la entrada al nuevo camino; es iniciarlo, permanecer y confiarse; es responder “Sí” a la propuesta de Dios; es entregarse a la Palabra creadora del mundo y a la Verdad; es creer en un solo Dios, en Tres Personas, descubriéndolo en Cristo Jesús.

Evangelio: Evangelio es una palabra de origen griego que significa “Buena Noticia” o “Buena Nueva”. Es la Palabra de Dios, del Dios-Hombre Jesús, inspirada por el Espíritu Santo a los cuatro evangelistas, que narran la vida, los milagros y el mensaje de Jesucristo.

Buena Nueva: Es la nueva y definitiva alianza de Dios con el hombre, enviando a su propio hijo, para nuestra salvación; Es aceptar la invitación a la Felicidad Eterna, es seguir a Jesús, tal como Él mismo nos dijo: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino es por mí» (Jn. 14, 6).

Quepa aclarar que la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. La ceniza es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo sobre la muerte que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de plantearnos a dónde vamos, de analizar cómo es el comportamiento con nuestra familia y, en general, con todos los seres que nos rodean. En estos momentos, al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación que, como su nombre mismo nos lo indica, representa reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestros semejantes y, finalmente, con Dios. Sin reconciliarnos con nuestro Creador, y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación, claro está,  queda integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y, finalmente,  la Conversión.

La ceremonia de la Ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios como principio y fin, como alfa y omega de nuestra existencia. Quede bien claro: la conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios, valorando las realidades terrenales bajo la luz de su verdad. Una valoración que implica una conciencia cada vez más clara del hecho de que estamos de paso en este fatigoso itinerario sobre la tierra, y que nos impulsa y estimula a trabajar hasta el final, a fin de que el Reino de Dios se instaure dentro de nosotros y triunfe su justicia.

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