La belleza más grande que podamos encontrar, no podemos hallarla sino en Dios. Es la belleza de un Amor que excede todo lenguaje, la belleza de un Amor que, justamente por traspasar toda frontera humana, es la primera de las bellezas. En una humanidad donde tenemos sed vital por lo bello -¡y lo genuinamente bello, no aquellas propuestas efímeras que encontramos por ahí y al final solo logran acentuar nuestra sed inicial!- conviene tener bien presente lo que ya la profundidad de nuestro ser nos ha expresado de innumerables formas: esa sed que se nos manifiesta con tanta fuerza, es una sed que sólo en el manantial de lo divino puede saciarse. Jesucristo, Dios y hombre verdadero, el Amor mismo hecho ser humano, es el centro de ese manantial,  la fuente definitiva de donde brota todo lo verdaderamente bello.

Celebrar al amor, así, es conducir nuestra alma a semejante oasis, al Amor de los amores. La imagen del salmo 42 se torna, en este punto, ya claramente ineludible: “Como anhela la cierva los arroyos, así te anhela mi ser, Dios mío” (Sal 42, 2). Junto a ella, claramente otras imágenes la acompañan: además de cantar cómo se ve reflejada en la elocuente figura de la cierva, el alma que sabe cómo sólo en su Creador verá colmado su anhelo más íntimo, por ejemplo, canta los primeros versos del salmo 62: “Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti” (Sal 62, 2). Los ejemplos abundan. La conclusión, sin embargo, es la misma. Ésta es que, ante nosotros, se presenta un panorama sublime: en Dios se une quien calma nuestro deseo de belleza y quien calma nuestro deseo de amor. Expresado en una síntesis aún más poderosa, sólo en Dios se forma el binomio que puede dar respuesta a las aspiraciones más apremiantes del espíritu: El Amor como más bella Belleza, la Belleza como Amor más amado.

Es una amalgama preciosa, inmejorable. Tanto es así, que nos faltará vida para cantar su valor infinito. Habrá que hacer nuestras las contundentes palabras de San Juan de la Cruz: “¡Amar eternamente y dar la vida cantando al Amor!” Y es que no podemos sino concordar con el doctor místico, pues si hay algo a lo que sea digno dedicarle las más hermosas melodías, eso es, en definitiva, al Amor. De hecho, como canto incesante, en medio de los ruidos caóticos en que tantas veces pueden envolvernos las dinámicas del mundo, el cristianismo siempre se revelará como fresca y maravillosa novedad; lo hará, precisamente, por aquello mismo que constituye su fundamento: esto es, no sólo el Amor eterno e inconmensurable que un Padre misericordioso,  Dios, nos tiene, o no sólo, tampoco,  que sea un Amor tan grande que se atreva a ir a los rincones más tenebrosos, inhóspitos o vergonzosos de nuestro corazón, sino que Él mismo, en esencia, sea Amor (cfr. 1 Jn, 4, 8). ¡Qué maravilla! Tan magnífico resulta que, de hecho, podemos incluso ir más lejos: es tan grande el fundamento que hay en la religión del amar, nuestro cristianismo, que el límite mismo que nuestro vocabulario nos revela, al enmarcar algo tan grande en la palabra amor, calla ante el excelso misterio de una Persona que va infinitamente más allá de un mero vocablo. Podemos plantearlo así: Dios es Amor, en efecto; y lo es a tal modo, con tan inusitado y rotundo vigor, que definirlo, indudablemente, traspasa con todo poderío el mero hecho de externar que sea Amor. ¡He aquí la belleza mayúscula bajo la cual siempre se iluminarán nuestras almas, una belleza que se nos manifiesta en las innumerables formas que el Amor puede tener!

Que este día, justo tomando en cuenta esas múltiples maneras de revestirse que el Amor tiene, sea la amistad, la familia, el amor de pareja, el amor a los que más sufren, o, sobre todo, el amor a Dios -que, por supuesto, engloba todos éstos- decirnos “¡Feliz Día de San Valentín!”, sea contemplar tan gozosamente la belleza que supone el amor, que ello nos impulse a construir con renovada valentía y compromiso el Reino de Aquel Mismo que es el Amor, el Reino de Dios. Un Reino -¡no lo dudemos nunca!-donde el canto que salvará al mundo, ese canto donde Amor y Belleza son lo mismo, siempre encontrará la forma de hacerse escuchar.

Pablo Martínez

Filosofía I

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