En la actualidad existen una gran diversidad de propuestas, ideologías y filosofías que pretenden apartarnos del camino de Dios, buscan oscurecer nuestro pensamiento y nuestra reflexión con falsas y absurdas novedades para desviar de nuestra atención al Dios verdadero; esto, con el único propósito de lograr que las tinieblas envuelvan la Tierra. Uno de los caminos que se nos ofrece en la cultura contemporánea es el de la superstición, la cual, la podemos definir de la siguiente manera: es una forma equivocada de expresar la fe, confiando en objetos, palabras o fuerzas imaginarias como si fueran Dios o tuvieran el poder de obligar a Dios a conceder algo. Es un tenebroso viento que arrastra a los seres humanos hacia notas agonizantes, encerrándolo en sus propios deseos y caprichos y haciéndolo olvidar que ha sido hecho a imagen de Dios para buscar en los designios divinos la plenitud de su vida. Por esta razón, es malo el uso de amuletos, talismanes, cartas en cadena, etc. A continuación vamos a definir cada uno de los términos anteriores. El amuleto es un consejero fantasmal, es un objeto (por ejemplo, la piedra imán que se usa para protegerse contra fuerzas enemigas), el talismán es un esqueleto errante, un objeto (herradura, mascota, etc.), que se usa para traer buena suerte o las “buenas vibras”. Las cartas en cadena tienen su lugar cuando la persona tiene que hacer tantas copias como se le indique y enviarlas a sus amigos y conocidos; así podrá obtener el favor tanto esperado. De otra manera se amenazan con diversos castigos, como hacer de la persona que no lo cumple una página siniestra.[1] 

Por su parte, la Iglesia católica a través del Catecismo, nos da la siguiente definición: la superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen es caer en la superstición.[2] Con el mandamiento «no tendrás otro Dios fuera de mí» (Ex 20,2) se prohíbe, entre otras cosas, la superstición, que es una desviación del culto debido al Dios verdadero, y que se expresa también bajo formas de adivinación, magia, brujería y espiritismo.[3] El primer mandamiento prohíbe honrar a los dioses distintos del único Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe la superstición y la irreligión. La superstición representa en cierta manera una perversión, por exceso, de la religión. La irreligión es un vicio opuesto por defecto de la virtud de la religión.[4]

Vamos ahora a hablar acerca de la adivinación, la astrología, el horóscopo y del espiritismo como algunas de las muchas formas de superstición. La adivinación, tiene lugar cuando las preocupaciones, problemas y vicisitudes de la vida cotidiana llevan a las personas a desear conocer el futuro, a saber qué pasará, con el objetivo de hacer frente a los desafíos que se le presentan. Pero eso no es normal ni sano; es un horror ancestral, una mancha de fiebre que muestra un déficit en la confianza en la Providencia Divina. Existen un sinnúmero de prácticas adivinatorias del futuro, vamos a citar algunas: alectoromancia (gallo que lee mensajes en granos), astragalomancia (huesos de pies), axinomancia (figuras con hacha en madera), cartomancia (tarot), causimancia (fuego), coscinomancia (harina y cenizas de muerto), dactilomancia (huellas dactilares), dafnomancia (hojas de laurel en el fuego), geomancia (figuras geométricas en el suelo), grafología (escritura), libanomancia (humo de incienso), necromancia (espíritus de los muertos), nigromancia (magia negra), sólo por mencionar algunas.[5]

La astrología quiere ser un método adivinatorio que pretende encontrar respuestas, adelantarse a los acontecimientos y explicar el significado de los mismos por medio del movimiento y posición de los astros en el universo. Considera que los planetas tienen una influencia decisiva sobre el comportamiento del ser humano y no faltan personas que, poseedores de una fiebre ética, afirman que la astrología es una ciencia y debido a esto viven circunscritos a ella. Los seguidores de la astrología afirman que ésta se divide en dos grandes clases, dos grandes corales por los cuales los hombres ofrecen sus vidas: la occidental (con doce signos) y la oriental (con doce signos o animales). Cabe resaltar que los profetas del Antiguo Testamento condenaron la adoración a los planetas. Moisés reprende al pueblo cuando adoró al becerro de oro (dios astrológico Taurus); Jeremías rechazó la adoración a la luna (7, 18); Isaías advirtió de calamidades al rey de Israel por consultar a los astrólogos (47, 11-14), y Ezequiel condenó a los hombres de Israel por adorar al sol (8, 16).[6]  No debemos olvidar que la masa cósmica de la que la astrología afirma ser dueña y señora, es un conjunto de estrellas, algunas de ellas más grandes que el sol de nuestro sistema, cabe señalar que nuestro sol es una estrella que se considera está en su punto medio de vida. Algunas de estas estrellas se encuentran a una distancia inimaginable de nuestro planeta, las cuales ya se extinguieron dando un eco de plegarias, sin embargo, podemos seguir admirando su llameante caudal de luz porque ésta viaja a través del espacio.

En torno al horóscopo, un artículo de la revista Quadrant, realizado en mayo de 1999, cuyo autor fue Harry Edwards, muestra cómo en un mismo día en un signo del zodiaco existen muchas diferencias entre los horóscopos, debido a que los que los elaboran no se ponen de acuerdo entre ellos, ocurre lo mismo con la interpretación de sueños, lo que demuestra que la astrología no se basa en un método objetivo, sino en puntos antagónicos que pululan en el aire. Y en cuanto a los análisis personales que se pueden pedir a un astrólogo, Edwards señala que son tan genéricos y ambiguos como nubes esbozando figuras sobre la extensión del cielo, que se pueden extraer de ellos las conclusiones que cada uno quiera, algo así como un vuelo invisible de palomas. Al respecto, resulta muy interesante un experimento realizado en Francia en 1979 por Michel Guaquelin, el cual, colocó en el periódico un anuncio ofreciendo un horóscopo gratis. Lo único que pidió fue que los que lo recibieran contestaran para decir si el análisis había resultado cierto o no. De las primeras 150 respuestas, el 94% de la gente declaró que el horóscopo describía bien su carácter y que el 90% de sus amigos y familiares concordaron con el análisis. Lo que sucedió realmente fue que Guaquelin había enviado a todos el mismo contenido del horóscopo de un asesino que fue ejecutado en 1946 por haber privado de la vida a 27 personas. Pese a lo anterior, en México, según una encuesta realizada por el INEGI y el CONACYT, seis de cada diez mexicanos piensan que la astrología es una ciencia y cuatro de cada diez consultan sistemáticamente su horóscopo o una carta astral y tienen un número de la suerte.[7]

Ahora es el turno del espiritismo, el cual, consiste en la creencia de la existencia de los espíritus y en la posibilidad, de parte de los seres vivos, de comunicarse con ellos. Las formas de comunicación varían, siendo las más usadas la ouija, la santería y el vudú. El espiritismo adquirió interés luego de que, en 1849, las hermanas adolescentes Fox escucharon que una mesa en su casa «crujía» fuertemente, ruido que interpretaron como un mensaje, quizá de un hombre que había sido asesinado en su casa y continuaron la práctica de conjurar espíritus. Al enfocarnos en el espiritismo moderno advertimos que existe mucha confusión entre los fieles católicos al suponer que la comunicación con los seres queridos vía médium es posible y no tiene problema alguno, al respecto encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2117 lo siguiente: «…el espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legitima ni la invocación de las potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo.» En efecto, la doctrina católica nos enseña que las personas al morir, una sola vez (Hb 9,27), van al cielo, al purgatorio o al infierno (Mt 25-46). La comunicación con los muertos es peligrosa, no así la oración y comunión, sacrificios, misas, etc., que hacemos a Dios por los difuntos. La súplica de intercesión por los difuntos es conveniente y recomendable para el descanso eterno del alma.[8]

Como conclusión, me permito citar las palabras de Juan Pablo II ante los obispos de Togo que le visitaron en Roma: «La ignorancia en el campo religioso es aprovechada frecuentemente por grupos esotéricos o por sectas para atraer a los fieles poco arraigados en su fe.» Y en otro momento dijo: «a todos quiero recordar un principio fundamental de la fe: antes y por encima de nuestros programas, hay un misterio de amor, que nos envuelve y nos guía: es el misterio del amor de Dios…Si queremos plantearnos bien la vida, tenemos que aprender a descifrar su designio, leyendo el misterioso lenguaje de señales que Él mismo nos pone en nuestra historia cotidiana. Para alcanzar este objetivo no hacen falta horóscopos ni previsiones mágicas. Hace falta más bien oración, una oración auténtica, que va acompañada siempre por una opción de vida conforme con la ley de Dios. Nadie mejor que el Espíritu Santo conoce nuestro futuro y es capaz de orientar nuestros pasos hacia la justa dirección.»[9]

[1] Cfr. P. F., Amatulli, FMAP, La Iglesia Católica y las Sectas, Apóstoles de la Palabra, México, 2007, 110.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 2111.

[3] Compendio Catecismo de la Iglesia Católica, 445.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 2110.

[5] Cfr. J., Duarte, Nueva Era vs. Buena Nueva, México, 2007, 212.

[6] Cfr. Ibidem, 208-209.

[7] Cfr. Ibidem, 210-211.

[8] Ibidem, 221-223.

[9] Ibidem, 210.

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