A San Marcos se le representa como un león alado en relación a uno de los cuatro seres vivientes del Apocalipsis. Hay quienes consideran que esto se debe a que el Evangelio de San Marcos inicia con Juan Bautista clamando en el desierto, a modo de un león que ruge.

“Como está escrito en el profeta Isaías: He aquí, yo envió mi mensajero delante de tu faz, el cual preparara tu camino. Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del señor, haced derechas sus sendas.

Juan el Bautista apareció en el desierto predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados.” Mc. 1, 2-4.

Su figura es el león alado, representa la resurrección. También establece la dignidad real de Cristo y de su poder que reside sobre la muerte. El león fue aceptado en los primeros tiempos como un símbolo de resurrección, debido a que los cachorros de león nacen pequeños inmóviles y con sus ojos cerrados durante los primeros días, hay un mito de que los cachorros de león nacen muertos, pero vienen a la vida después de tres días. Esto recuerda a los cristianos de la Resurrección. Otra idea es que los leones duermen con los ojos abiertos, por lo que los símbolos de vigilancia. El hecho es que los leones cierran sus ojos cuando van a dormir. Al igual que otros felinos, su sueño dura en promedio 14 horas al día, por lo que sus ojos se abren y se cierran lo que deriva a través de varios niveles de sueño. Las alas del león de San Marcos implican la resurrección de Cristo.

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Con frecuencia el libro sostenido por el León de San Marcos se asocia, por error, al Evangelio escrito por este santo. En realidad, en la mayor de las representaciones del león, los símbolos venecianos, aparece escrita en el libro la siguiente expresión latina: "PAX TIBI MARCO EVANGELISTA MEVS", extraída de la cita "Pax tibi Marce, meus evangelista. Hic requiescet corpus tuum." ("La paz sea contigo Marcos, mi evangelista. Aquí tu cuerpo va a descansar"), tradición veneciana en la que se narra que un ángel anunció al evangelista, cuando se encontraba en la laguna de Venecia, que algún día su cuerpo descansaría y sería venerado allí.

            Helder Hernández Montoya, Filosofía III

 

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