El proceso de maduración del compromiso vocacional ante la Iglesia, el orden al Diaconado y el Presbiterado, tiene como elementos particularmente significativos el rito de admisión como candidatos a las ordenes sagradas y la institución de los ministerios laicales del lectorado y del acolitado; y como culmen, la recepción de las sagradas órdenes. Para esto, cada seminarista ha de prepararse con el mayor empeño y seriedad, en un clima de oración y discernimiento, con la dirección y aprobación de sus formadores, especialmente de su director espiritual, del rector y de su propio Obispo diocesano.

La comunidad del seminario, junto con la comunidad parroquial y la familia, deberá ayudar a discernir la idoneidad del candidato, en especial, tratando de corroborar que, al solicitar los ministerios y las órdenes sagradas, actúa con completa libertad y un grado suficiente de transparencia, y posee rectitud de intención, y apoyarlo con su cercanía y oración (NBOBEFSM 274-275).

La Iglesia instituyó ya en tiempos antiquísimos algunos ministerios para dar debidamente a Dios el culto sagrado y para el servicio del Pueblo de Dios, según sus necesidades; con ellos se encomendaba a los fieles, para que las ejercieran, funciones litúrgico-religiosas y de caridad, en conformidad con las diversas circunstancias. Durante la preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II, no pocos Pastores de la Iglesia pidieron la revisión de las Órdenes menores y del Subdiaconado.

Los ministerios que deben ser mantenidos en toda la Iglesia Latina, adaptándolos a las necesidades actuales, son dos, a saber: el de Lector y el de Acólito. Las funciones que eran desempeñadas por el Subdiácono, quedan confiadas al Lector y al Acólito; deja de existir por tanto en la Iglesia Latina el Orden mayor del Subdiaconado. No obsta sin embargo el que, en algunos sitios, a juicio de las Conferencias Episcopales, el Acólito pueda ser llamado también Subdiácono.

El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya a disposición diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos. También podrá, cuando sea necesario, encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, medite con asiduidad la Sagrada Escritura.

El Lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día más plenamente el suave y vivo amor, así como el conocimiento de la Sagrada Escritura, para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.

El Acólito queda instituido para ayudar al diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el ser-vicio del altar, asistir al diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además distribuir, como ministro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros de que habla el c. 845 del C. I. C. o están imposibilitados por enfermedad, avanzada edad o ministerio pastoral, o también cuando el número de fieles que se acerca a la Sagrada Mesa es tan elevado que se alargaría demasiado la Misa. En las mismas circunstancias especiales se le podrá encargar que exponga públicamente a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; pero no que bendiga al pueblo. Podrá también cuando sea necesario cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o realizando otras funciones semejantes. Todas estas funciones las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma.

El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos (Carta Apostólica: Ministeria Quaedam).

La institución de Lector y de Acólito, según la venerable tradición de la Iglesia, se reserva a los varones. Para que alguien pueda ser admitido a estos ministerios se requiere:

a.      Discernimiento orante del seminarista sobre la pertenencia de solicitar la admisión como candidato a las órdenes sagradas, los ministerios laicales o las sagradas ordenes, y la consulta a sus formadores, especialmente a su director espiritual.

b.      Solicitud manuscrita del seminarista, dirigida al obispo diocesano, a través del rector.

c.       Consulta del rector a la comunidad del seminario y, en caso de órdenes sagradas, del Obispo a la comunidad parroquial. 

d.      Escrutinios del equipo formador, habiendo consultado a personas cercanas que conozcan al candidato.

e.      Presentación del informe por parte del rector al Obispo diocesano, junto con la correspondiente documentación del candidato.

f.        Consulta al correspondiente Consejo de Órdenes y Ministerios.

g.      Respuesta por escrito del Obispo diocesano al candidato. También el Obispo hará saber su resolución al rector y, a través de éste, a la comunidad del seminario (NBOBEFSM 274-275).

Los ministerios son conferidos por el Obispo mediante el rito litúrgico «De Institutione Lectoris» y «De Institutione Acolythi», aprobado por la Sede Apostólica.

Deben observarse los intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación del ministerio del Lectorado y del Acolitado, cuando a las mismas personas se confiere más de un ministerio.

Los candidatos al Diaconado y al Sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de Lector y Acólito y ejercerlos por un tiempo conveniente para prepararse mejor a los futuros servicios de la Palabra y del Altar. Para los mismos candidatos, la dispensa de recibir los ministerios queda reservada a la Santa Sede (Carta Apostólica: Ministeria Quaedam).

 

 

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