Con Dios ningún camino tiene fin y ninguna aventura termina en tragedia. Sin embargo abandonar la ilusión de un camino o vernos obligados a dejarlo puede representar un  sufrimiento ineludible; porque a nivel: psicológico, social, afectivo, económico, ético, religioso, eclesial, existencial, intelectual y apostólico. Considerando una apertura a otros tantos aspectos que se podrían incluir.

Algunos de los cambios que experimenta un seminarista al ingresar al seminario a nivel psicológico viene de un sentido de identidad, puesto que el seminario va forjando un estilo de vida con el cual el formando se va adecuando a las estructuras del seminario para lograr el objetivo del sacerdocio. Esto desencadena una posición social, pues al verse identificado con su objetivo desempeña un comportamiento frente a los grupos en los cuales se desenvuelve, no se puede evitar el poder de referencia que obtendría un seminarista por su solo hecho de representar a un futuro sacerdote. Así mismo su posición frente a la comunidad eclesial representa un factor afectivo desde el cual se ve rodeado de un cariño especial por su condición, se trata de cierto reconocimiento y atenciones por su calidad de futuro consagrado desde lo cual debe tomar un rol.  Por su parte, en el aspecto económico, se ve una dependencia constante de la familia a una edad en la cual muchos se desarrollan de manera productiva en este campo, por lo cual debe asumir su rol como dependientes del estatus económico del seminario y de su familia. En la cuestión ética representa el seminarista un modelo a seguir, pues su simple condición de seminarista resulta un referente moral y ético frente a la sociedad. En el aspecto religioso su calidad de futuro mediador entre Dios y los hombres lo manifiesta como hombre de oración y referente espiritual para la comunidad. Frente a la Iglesia es un joven distinguido entre los jóvenes pues se les descubre como elegidos de Dios para hacer las veces de Cristo en el mundo a favor de los hombres en la comunidad concreta de la Iglesia. En el nivel existencial, se trata de un total giro de la vida que se centra en Cristo, en torno al cual gira todo el hacer y ser de la persona con vistas al sacerdocio; esto implica una identificación autentica con el Maestro. De la misma manera encontramos la formación intelectual del futuro sacerdote la cual constituye una cultura general, una crítica reflexiva a partir de la filosofía para poder iluminar las vidas y circunstancias de los hombres a la luz de la Palabra de Dios y los sacramentos. Todo esto es una riqueza que es capaz de colmar el corazón del joven, pues todos estos elementos van acompañados siempre de la gracia de Dios y lo impulsa a trasmitir este amor y riquezas para con los hermanos, por ello el seminarista es en especial apóstol incansable de su encuentro con Jesucristo. La mejor formación de un seminarista inicia y concluye de rodillas.

A razón de todos estos aspectos la misión del exseminarista comienza desde el seminario al no saberse seguro sino solo en la gracia de Dios: es decir: nadie está seguro de su vocación hasta el momento de la imposición de manos en la ordenación sacerdotal. Quien se funda sobre esta seguridad solo en Dios empeña todo su ser para aprovechar los elementos de su formación para la misión a la cual Dios lo llama. Si aprovecha estos elementos su misión como laico, a la hora de salir del seminario está casi cumplida; pues si un día abandona la formación al sacerdocio, sea la razón que sea, tendrá suficientes elementos para ser un creyente, ciudadano, estudiante, trabajador, padre de familia, ejemplares.

La expresión del exseminarista es de gratitud, si se contempla desde este aspecto, porque la fe es la primacía en su vida y el amor que Dios le tiene trasciende la misma vocación. El amor de Dios se encuentra dentro y fuera del seminario para con él, sin dejar de ser predilecto del Padre. La vocación realiza a la persona, cierto, pero es el medio para llegar al amor infinito de Dios en la vida eterna.

La misión del exseminarista se resumen entonces en su calidad de entrega fuera del seminario viviendo en gratitud por los dones que Dios le ha concedido, pero sobre todo por su amor, que no cambia sino que le ayuda a poner todas las herramientas adquiridas al servicio de la comunidad en la cual se encuentre, dígase: familia, trabajo, escuela, grupos sociales etc.

En una ocasión el Cardenal Carlo María Mrtiní  hacia una reflexión sobre David, el Dodid, en hebreo “amado de Dios”, el cual callo en el pecado de asesinar a Urías y enseguida tomar a su mujer como si le perteneciera. David podría haber dejado de ser rey del Pueblo de Dios, podría haber dejado de ser amado por su pueblo y ser un pecador; pero su oración confiada a la misericordia de Dios, después de su arrepentimiento, no radicaba en lo que Dios le había dado sino en que Dios le amaba, que era el “Dodid”. Y David sabía que bajo el fundamento de que Dios lo amaba… todo lo podía reconstruir. 

 Luis Ramón Mendoza Lopez
In hoc signo vinces

Teología IV

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