Los tambores y gritos anunciaban el inicio de la competencia, amigos y hermanos, pero con decisión de manifestar su capacidad. Los seminaristas desempeñaron de la mejor manera posible sus cualidades deportivas. Las mismas porras representaron una expresión competitiva en la cual se comenzaron discutiendo Torreón y Juárez mientras se presentaba la historia de cada seminario; la pasión no se dejó de lado, humanos, demasiado humanos; por ello llamados, demasiado llamados a la santidad en el sacerdocio. Los seminaristas dejaron raudales de gritos, a veces uno que otro quejumbre, risas, carcajadas, suspiros, sonrisas, sarcasmos, reclamos… incluso llanto.

Se expresó, en demasía la competitividad. No es de extrañarse, para arrancar el sacerdocio hace falta violencia contra sí mismo y a demás contra todo aquello que nos impida llegar a nuestro objetivo sembrado por Dios en el corazón. Competencia igual a pasión, competencia igual a emoción, competencia igual a, conocerse a sí mismo. 

Por la tarde después de que los resultados estaban definidos las caretas de la competencia cayeron para dar paso a la el rostro más noble del seminarista; todos entonaron el humahuaqueño, (canción mejor conocida como el carnavalito), lo bailaron, lo trasmitieron y dejaron brotar la inocencia en un recorrido por el centro histórico expresando la alegría de encontrarse ¿Para competir? “No”, Para unirse en bajo el mismo sentido. Diversas personas de la ciudad contemplaron aquel estruendoso festejo, no por los victoriosos de los juegos, si por todos los seminaristas de la provincia de Chihuahua, junto con Torreón. Compartieron la competencia que se debaten día con día: arrancar el sacerdocio al cual han sido llamados. En una síntesis y a grandes gritos lo expresaron cuando todos a una voz entonaban “sacerdote para siempre quiero ser”

La alegría y la pasión de la competencia se fundieron y mientras seguían sonando los tambores, los aplausos y las vivas concluyo la competencia del deporte para abrirse paso la competencia por el sacerdocio y la santidad, aquella de la cual habla San Pablo: 

Ustedes saben que en una carrera todos corren pero solamente uno recibe el premio. Pues bien, corran ustedes de tal modo que reciban el premio. Los que se preparan para competir en un deporte,  evitan todo lo que pueda hacerles daño. Y esto lo hacen  por alcanzar como premio una corona que enseguida se marchita; en cambio, nosotros luchamos por conseguir un premio que no se marchita. Yo, por mi parte, no corro a ciegas ni peleo como si estuviera dando golpes al aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y obligo  a obedecerme, para no quedar yo mismo descalificado después de haber enseñado a otros (1 Cor. 9, 24).

Luis Ramon Mendoza Lopez

IV Teología

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