La culpa fue de Alberto, que me propuso colaborar con este blog. El piensa, no se por que razón, que soy capaz de escribir todos los meses sobre cuestiones de actualidad sin aburrir en exceso al personal. Le dije que bueno, y comencé a darle al teclado con escasas esperanzas de aportar algo trascendental a la cultura occidental.

Me pidió darle un nombre a la sección y no tuve que reflexionar mucho, lo llamaríamos Pensar en libertad. Y es que pensar en libertad es lo que intento que hagan mis alumnos de la universidad en mis cursos. Es un slogan que ronda en mi cabeza continuamente, y que algún día se podría convertir en un librito.

Me parece un buen título, porque responde exactamente a lo que quiero hacer en este espacio. Sin tomármelo demasiado en serio, intentaré desenmascarar tópicos, de mirar con ojo crítico y receloso las imposiciones de la moda intelectual o ideológica dominante, invitando a los lectores a que reflexionen por cuenta propia. Recristianizar significa, entre otras cosas, despertar el espíritu libre que muchos tienen aletargado y apretar tornillos en alguna que otra materia gris.

Creo que la palabra librepensador no me disgusta en absoluto, aunque en el pasado haya tenido acentos anticlericales y sectarios. Me gusta porque, tal como está nuestro areópago, se va poniendo difícil razonar con auténtica independencia de criterio, sin dejarse teledirigir por un Poder, que cada día es más sofocante y fiscalizador, especialmente en el terreno de las ideas. Tratan de uniformar cerebros y conciencias, tal como lo advirtió Hannah Arendt en los Orígenes del Totalitarismo.

En este sentido, la fe es un eficaz antídoto, porque no solo no ata ni condiciona el pensamiento, sino que, muy al contrario, lo libera, le permite volar más lejos, sin miedo a los tabúes intelectuales que cada época histórica y cada ideología se encargan de poner a nuestro paso.

Escribir desde la fe no es poner trabas dogmáticas a la inteligencia, sino enriquecerla con una luz que viene desde lo alto, y que enseña a descubrir la tercera dimensión de un mundo aparentemente plano y agobiante[1].

Escribir desde la fe significa también –al menos así lo veo- hacerse un poco más abierto; reservar la gravedad y el apasionamiento para unas pocas y señaladas cuestiones, y sonreír ante las demás. Significa, por tanto, escribir con buen humor y mirar con cariño al que nos interpela, aunque él no lo haga con el mismo afecto.

Supongo, por tanto, que el tono desenfadado no está peleado con la seriedad en el fondo de la mayoría de los asuntos. Y en todo caso, esa leve ironía que en ocasiones me viene a la cabeza, es solo un recurso para no aburrir, y a nadie pretende molestar.

Por último, debo sujetarme a un número determinado de caracteres como tope máximo, y eso servirá para aprender a podar adjetivos e ir al grano, creo que será un estupendo ejercicio literario. Esta brevedad tiene un inconveniente y alguna ventaja. El inconveniente es que no cabe el lujo de intentar ser exhaustivo, y dejar en el tintero casi todo lo importante.

La ventaja es que en uno o dos folios, es fácil sugerir, dar un enfoque distinto, dialogar con el lector (¿hay alguien ahí?), provocarle un poco y, luego, retirarse alegando falta de espacio, para que el posible, pero poco probable interlocutor siga reflexionando por libre.

Como ignoro la suerte que correrá este escrito, me lavo las manos ante ustedes, y declaro solemnemente que lo envío solo porque me lo ha pedido el editor. Él sabrá lo que hace. Yo me contentaré con que, si alguno llega a leerlo, se sonría, pues es un saludable ejercicio.

 

Oscar Vazquez
Chihuahua, 22 de enero de 2015.

 

[1] San Josemaría lo expresaba así: La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. –Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura y, con ella, el relieve, el peso y el volumen. Camino, n. 279

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