En el seminario hubo un gigante que por los pasillos de esta institución se paseó silencioso, muchos años convivió con los jóvenes que seguían el llamado hacia un proyecto más grande que ellos, y el cual les causaba miedo y alegría. Llamado que él acompañaba y guiaba, con un cariño y paciencia. No podía esperarse menos para el corazón de la diócesis, donde los futuros pastores, queriéndose configurar con Jesús Buen Pastor, se han formado desde hace mas de 120 años. No se debía desaprovechar la oportunidad de que los seminaristas pasearan junto a gigantes.

Tuve el honor de pertenecer a la última comunidad a la cual acompañó y la dicha de ser testigo de cómo pese a que el cuerpo no respondía, el corazón seguía llameando con un amor inmenso al servicio a Dios y su presencia en la Eucaristía. Tuvimos en diferentes ocasiones la oportunidad de cuidarlo en el hospital cuando, por su enfermedad y el paso de los años, tenia que ser internado; presenciando como aun en la confusión de los momentos más oscuros para su mente, de sus palabras salían recuerdos de misas de antaño, consejos de amor hacia alguna de las miles de confesiones que hubo escuchado, así como recuerdos de los años más hermosos en su servicio como párroco y pastor en diferentes comunidades.

Con el tiempo su presencia y vitalidad fueron disminuyendo, sin embargo, en el ardor de su corazón la llama no se apagó, y la verdad, considero que no se apagará… porqué en su mirada, aunque ya un poco cansada, se veía una luz provocada por una flama que hombre alguno había encendido. Y ahora está más viva y encendida que nunca.

Muchos en nuestra casa, el Seminario, están consientes del honor de haber compartido momentos junto a un grande, un ejemplo, un amigo de Dios. Y es mucho lo que tenemos que aprender y poner en práctica, para hacer vida las enseñanzas y el amor que presenciamos de su persona y ministerio.

Su nombre es Manuel Eugenio Ríos, un corazón sencillo y lleno de Dios. Con el que junto a muchos otros, seminaristas, personal y feligresía en general, puedo decir que he tenido el honor de compartir la vida, de caminar junto con él y tener la mejor enseñanza y aprendizaje en este camino de servicio y entrega: el testimonio.

Monseñor Ríos, ahora que está en la liturgia celestial, no deje de repetir la oración que siempre elevaba a Dios aquí en la tierra: “Por el seminario”. La necesitamos, y ahora sabemos que usted estará al pendiente del corazón de la Diócesis.

 

R.A. Soto Caballero

Sólo Dios basta.

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