Cuando Dios llama a un hombre a la vocación sacerdotal y esté decide responderle entrando a un seminario no puede llegar a imaginar el giro enorme que su vida está a punto de dar. Dios lo irá dotando de grandes bendiciones, una de ellas será su comunidad, que desde el primer día, y hasta el último irán recorriendo la experiencia más hermosa de su vida. Cada miembro será diferente a otro, todos con, carismas, dones y personalidades que desean poner al servicio de los demás. Poco a poco dejarán de verse como sólo compañeros de un mismo año u etapa de formación, empezarán a verse como verdaderos hermanos que comparten una misma Madre que es el gran corazón de la diócesis.

 La hermandad de los seminaristas es sumamente profunda ya que su raíz es Cristo, el que los llamó. Comparten el diario vivir, con sus momentos de extrema alegría, pero también días en que parece todo estar triste. Las cosas simples como: rezar, ponerse de acuerdo para ver una película, organizar la pastoral de fin de semana, tareas en equipo y por supuesto alguna travesura para darle sabor a los días. Todos en un inicio tienen el sueño de llegar a la meta y ordenarse Sacerdotes para siempre, sin embargo con forme pasa el tiempo algunos van dejando el camino, se dan cuenta que realmente Dios los está llamando a otra forma de vida.

Lo que un seminarista nunca llega a pensar es que perderá a uno de sus hermanos por culpa de la violencia. Claro, son conscientes de la realidad del mundo en el que viven, pero vaya, como muchos, piensan que no les va a pasar a ellos o a un ser querido. El 14 de abril del 2014, el pensamiento cambió, el Seminario fue herido de muerte, uno de sus hijos había perdido la vida, Samuel Gustavo Gómez Veleta.  

Samy realizaba su labor pastoral de Semana Santa en una comunidad del municipio de Aldama. Celebró el Domingo de Ramos y, por lo que se sabe, después de haber compartido la mesa con una familia de ese lugar, se dispuso a ir a descansar a la casa donde se estaba alojando, cuando entraron tres hombres a privarlo de su libertad y de su vida.

Hoy se cumplen dos años de esa fecha trágica y aún se mueve el corazón de todos los que estábamos a su alrededor. De pronto fue regresar al lugar donde lo habíamos dejado, pero sin él, en un abrir y cerrar de ojos dejamos de tener sus bromas, risas, enojos, juegos y todo lo que a diario nos compartía. Tengo que aceptarlo Samy tenía un carácter fuerte pero sin embargo su corazón era sumamente generoso, no había algo que se le pidiera que no estuviera dispuesto a hacer, siempre buscando a quien ayudar, luchando por lo que él creía que era justo. Su amor por su familia siempre fue algo ejemplar, no perdía ninguna oportunidad para compartir tiempo con ellos y en las reuniones familiares, que solemos hacer en el seminario, jamás hicieron falta; cuando compartíamos anécdotas, él nos contaba de las grandes aventuras que vivió con sus primos, hermana, con su abuela y sus padres, siempre expresando el gran amor que tenía por ellos.

En nuestros corazones sigue existiendo un hueco muy grande, que jamás nadie lo podrá llenar, pero hoy puedo decir que Samuel no se ha ido del todo, sigue estando con nosotros cada vez que lo recordamos en los momentos que pasamos junto a él; cuando mencionamos lo que le gustaba y disgustaba; cuando vemos su fotografía en los dormitorios del tercer grupo de filosofía, comunidad a la que pertenece; con algún video gracioso de YouTube y sobre todo con su devoción a la Santísima Virgen María. Lo extrañamos y nos sigue doliendo su partida pero confiamos que nos volveremos a encontrar, sabemos que ya está gozando de la Gloria Celestial que nuestro Señor nos ha prometido.

Samy Gracias por demostrarnos, como muchos santos mártires, que la vida se da sirviendo al Señor.

“Pues para mí, la vida es Cristo y la muerte una ganancia.” Filipenses 1, 21.

Fernando Portillo

Filosofía III

 

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