Quisiera expresar la experiencia tan preciosa que se acaba de vivir, con ocasión de las ordenaciones sacerdotales y diaconales en la diócesis de Chihuahua,  pero la realidad me muestra que ni con la lengua más experta, ni el lenguaje más completo, ni con los versos más elocuentes se describirla belleza que se vive cuando un hombre es alcanzado por la gracia de Dios.

Hoy Dios los miró con amor (Mc 10,21) y los eligió, los tomó no sólo para ser simples colaboradores, o dispensadores de gracias divinas, sino para que encarnaran en su vida a Cristo, siendo otros Cristos en medio de la sociedad.

Hoy no sólo se hizo un compromiso público de llevar una vida adecuada al ministerio sacerdotal, ni tampoco de cumplir unas promesas de obediencia, pobreza y castidad;  lo que hoy se realizó fue algo mucho mayor que unos compromisos morales y eclesiales, hoy Dios tomó a doce jóvenes para que estuvieran con Él y ellos decidieron definitivamente que Dios sería la respuesta para toda su vida y para siempre.

La vocación es una historia que se escribe por la mano de Dios en la vida del hombre, es una historia de amor entre Dios que ama tanto y el hombre que quiere responder a ese amor con su vida, en donde para poder hacerlo es necesario decir sí todos los días al proyecto de Dios, no puede pasar un momento sin dar respuesta.

El Seminario es el lugar donde se vive la historia de amor, en donde el corazón del joven llora y se ríe, sufre y se alegra, grita y escucha, ama y es amado. Ahí es donde el hombre descubre qué tan pequeño es, y qué tan grande es la vocación a la cual ha sido llamado.

¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres! (Sal 125) no se ha medido en regalar un don precioso para la Iglesia de Chihuahua: el sacerdocio. Sin duda hoy estamos cosechando bendiciones para esta tierra seca, hoy cantamos con felicidad porque Dios nos ha mirado con amor.

Oscar Loya Terrazas, Teología I

Mane nobiscum Domine

 

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