Puedo decir que con un poco de pena escribo sobre una persona que jamás conocí o tuve la fortuna de tratar y que habrá sin duda muchísimas personas que mejor que yo puedan escribir y reflexionar sobre la vida de un sacerdote que ha regresado a la casa del Padre; sin embargo hoy he quedado impresionado por el testimonio de un hombre, quehoy en el día de su funeral, se veía plasmado en el corazón de cientos de personas que se congregaron para darle el último adiós.

Como Seminario Arquidiocesano de Chihuahua tuvimos la oportunidad de acompañar en este que fue un verdadero evento de Iglesia a la familia, amigos e hijos espirituales del Padre Antonio Ramírez, sacerdote de Cristo en su funeral.

Lágrimas, y sonrisas, caras llenas de paz, sin duda fruto de múltiples recuerdos de un pastor que se dió a su rebaño, se hicieron presentes. Cuántas frases, homilías, bendiciones, regaños y risas, confesiones y eucaristías que marcaron corazones. Cuánto bien no habrá hecho Jesús a través de este hombre que en innumerables frutos que hoy se congregaron en el templo parroquial de Santa Rosalía, Chihuahua, alzaron su corazón como ofrenda a Dios, diciéndole: “éste que hoy se fue, ayudó a que te conociera”

¿Es muy atrevido esto que escribo sin haberlo conocido? Tal vez, sin embargo Alguien, con mayúsculas, una vez dijo que los conoceríamos por sus frutos, que bastaría ver el amor sincero, no de grandes figuras o reconocidos poderosos, sino de los humildes y sencillos de corazón, y que ahí estaría la prueba… porque un árbol bueno da frutos buenos, y el sacerdote que pese a sus limitaciones, inconsistencias, a sus debilidades y seguramente a sus tropiezos no permite que esto empañe su misión, que es ser otro Cristo. Por esto me atrevo a escribir estas líneas y a expresar lo que sin duda muchos otros de mis hermanos seminaristas vivieron hoy en un funeral, que hasta en este evento que para algunos fue triste, no dejó de tener frutos vocacionales.

Frutos vocacionales, porque a quién no se le encenderá el camino de discípulo al ver que lo que en ocasiones parece sólo cansancio y fatigas inútiles tiene frutos de vida eterna, y no en templos o construcciones materiales, en proyectos o planeaciones pastorales, sino en lo concreto de corazones y personas que el día de la muerte elevan una sincera oración por el alma de quien se fue. ¿Cómo no enamorarse y amar el sacerdocio de Cristo, viendo que aún pese a todo sigue habiendo testigos que impulsan a entregar la vida por el pueblo de Dios con generosidad?

Dios premie al padre Antonio Ramirez por todo el bien que Dios le concedió hacer, y premie a todos los sacerdotes que en el silencio del testimonio del amor, siguen construyendo ese Reino, que no está allá lejos en las alturas, sino que se encuentra entre nosotros y que hay hombres que se desgastan, hasta la ultima gota de sus vida por construirlo.

 

R.A. Soto Caballero

sólo Dios basta

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