¿En qué mundo estamos?, expresó Marco Tulio Ciceron. La demencia de una mujer gritando, más de setenta jóvenes en camino a la guerra en Irak. De los cuales dicen que volverán la mitad si tienen suerte ,sus madres esposas e hijos despidiéndolos tal vez con el ultimo te amo escurriendo en sus labios: un hombre hablándome solo quejas  en un idioma que no entiendo, más de cien personas esperando durante tres días  sus destinos, indigetes buscado asilo en una central de autobuses , solo un amigo guatemalteco  que puede entenderme, una mujer embarazada dispuesta a recorre un viaje que atraviesa casi todo el país; otra mujer con sus dos pequeños, hambrientos comiendo una sopa a bocanadas,  más de cuatro razas conviviendo  a la vez. Asiáticos, afros, anglos, hispanos; un par de policías que entra creyendo arreglar el mundo con sus presencias. Una noche de velar, café, comida, más comida, gritos, murmullos, enfermos. Se necesita un poco de demencia para ser indiferente al dolor de  toda la humanidad resumida en  cuatro entradas y salidas de la central. No sé quién está más loco pero en esta ocasión me considero yo. Gracias Señor por esta experiencia, palpé a carne viva miles de cruces; mi locura radica en quejarme de la mía. Sin embargo, el sueño y el mal comer comenzaban a hacer sus estragos físicos y en la desesperación psicológica.

Había partido hacia seis días de casa, en la noche de Navidad, para encontrarme con un amigo sacerdote en los Estados Unidos, el cual me llevaría a una casa de retiro en la que duraría dos días en soledad, silenció, contemplación en contacto con la naturaleza y oración. Una larga platica sobre su trabajo y mis experiencias de vocación en el seminario, mientras llegábamos al lugar de retiro. Al cabo de dos días me recogió en el lugar de retiro. Enseguida asistimos a una convivencia por la festividad de San Juan en su parroquia donde logre intercambiar conocimientos y amistad con una joven madre tica, abordamos conversación sobre su país de origen y uno de mis artistas favoritos, el cual es originario de Puerto Rico, el coco bebida estilo digestiva equiparada al rompope, entre otras cosas mientras gozaba de escuchar su acento peculiar. En torno a la fe compartimos los alimentos para integrarnos con el grupo de jóvenes enseguida, en donde se llevó a cabo un intercambio de regalos. La noche me hiso de cómplice para descansar pues al día siguiente viajaría a casa de mi familia más al norte del País.

Al encontrarme con mi familia, la impaciencia los embarcaba por mostrarme los regalos que me habían preparado; un regalo tiene sentido, sin importar lo que sea, por el amor que expresa y no por el precio o la calidad, porque como dijo Oscar Wilde: “una cosa es saber el precio de las cosas y otra es conocer el valor de las cosas”. Tras unos días de compartir la llegada del año nuevo, la vida, luchas, alegrías y trabajos con mi familia que vive lejos de la casa paterna regrese a casa; las salidas de camiones hacia el sur del país era imposible con las carreteras cerradas; dos días después de mi entrada al seminario era la salida segura de los viajes. Al contactar una agencia de camiones me vendieron un boleto que hasta la frontera con México, pero las circunstancias expuestas al principio se desenlazaron cuando el camión que debía trasbordar en Dallas partía en nueve horas. Esto logro conformar un viaje de dos días.

Nueve horas esperando, un viaje de medio día hacia otra ciudad del sur desde la cual me restaban seis horas de viaje aun para llegar a penas a México, pero lamentablemente el camión no saldría sino hasta dos días después de entrar al seminario. Una familia que viajaba hacia chihuahua me acogió en su casa por una noche, y al día siguiente partimos hacia el hogar; viajamos con un joven chofer, después trasbordamos con otro joven chofer en la frontera y finalmente un anciano me dejo a las puertas de un hospital desde donde me trasladaría a casa por fin, un baño y una comida en media hora, despedirme de mi familia y el aseo en el seminario me esperaba. El viaje no duro dos días para regresar a casa sino las dos semanas de vacaciones, pues nuestra casa es el seminario.

En esta travesía vacacional con cierta desesperanza caí en el pensamiento de abandono por parte de todos mis seres queridos, por más de un momento. Ayudan a iluminar las palabras de Tagore: “cuando perdemos serenidad levantamos polvo a nuestro alrededor y olvidamos lo que realmente somos”. Y lo que realmente soy es hijo de Dios, como aquellos con los cuales me encontré durante mi viaje, miembro y miembros de la Iglesia.  Y la Iglesia me envió a descansar, me acogió mientras descansaba y ella misma me trajo  para seguir formándome como sacerdote.  Las vacaciones no son un estilo de ociosidad sino un cambio de ritmo donde se puede contemplar con calma de dónde venimos, a donde vamos y como estamos viajando por esta aventura de fe que se llama seminario.

Ciertamente fue un viaje largo de regreso, pero poder contemplar los rostros de miles de hijos de Dios, a los cuales entrego mi vida, no lo cambiaría por un viaje inmediato a casa. 

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