Después de un semestre lleno de trabajo en las dimensiones académica, humana, pastoral y espiritual, era necesario y bien merecido tomar  unas vacaciones.

La familia forma un lugar muy importante en mi desarrollo como hombre de bien, ¡tanto que en estas vacaciones mi principal objetivo era convivir con ellos! Las reuniones familiares, el reencuentro de las amistades y todas mis actividades se tornaban llenas de alegría, recordando con risas y lagrimas los momentos más significativos del año.

Bien dicen que la vocación no sale de vacaciones, pues al estar en casa me di cuenta de que todo el trabajo realizado me había fortalecido mucho como persona, y a la vez me había hecho sentir tan limitado que inevitablemente resonó fuertemente en mi corazón una voz que reclamaba: “necesito continuar trabajando en mi vida”.

Aún recuerdo la curiosa mezcla de emociones de aquella noche, todo comenzó al cuestionarme: ¿Soy verdaderamente feliz?, parece fácil responder sin embargo me fue difícil, ¿me  sabía un hombre feliz?

Así como Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo y tentado por Satanás, yo también fui llevado al desierto de una sencilla pregunta: ¿soy feliz? Fue muy embarazoso y debo decir que mi trabajo perdió el rumbo, era como un auto atascado en un gran charco de lodo, que mientras más se acelera, más se atoran los neumáticos.[1] De esta manera en aquel instante tomé una decisión apresurada: irme del seminario. Sin embargo había algo extraño en esa decisión, por lo que busqué la asesoría de un sacerdote; para ser preciso de dos sacerdotes y mis padres.

Después de tomar la decisión del sendero, me fue muy difícil cambiar de dirección, pero las palabras de Dios en sus sacerdotes y mis padres, fragmentaron mi orgullo:

Imagina que vas en un camión y la estancia en él te ha parecido muy difícil, incluso incómoda, lo único que piensas es bajarte de él. Sin embargo no eres el único en ese camión, el mundo no se detiene ante tus decisiones, sigue avanzando y si tú decides bajarte debes primero saber hacia dónde vas, no puedes quedar vagado  en medio de la calle, ni parado en una estación para siempre, porque además de estorbar a los otros, te verás forzado de tomar una decisión apresurada, y a un aspecto tan importante debe darse calma para tomar bien el camino del resto de tu vida.

Por esto, ¡No te bajes del camión! si no estás convencido de una dirección que te haga dichoso. Y como dijo un querido amigo, no tomes una decisión ante las turbulencias, deja que las aguas se calmen para que puedas verte claramente.

La decisión fue tomada, logro percibir que el Señor aún me queire aquí. Sigue estando presente la duda, pero de bajo de ello está una extraña sensación de paz conmigo, con los demás y con Dios. Gracias Dios porque la lucha  da vida y porque el hombre que reflexiona te descubre cada vez más.

 J. L. Arzaga Beltrán 

 

[1] Cfr. Padre Zezinho, Me llamó.

 

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