El día de mañana iniciamos el tiempo litúrgico llamado Cuaresma, período de cuarenta días (cuadragésima) como preparación a la Pascua. Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica constante del ayuno y la abstinencia, así como de la intensificación en la oración. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 540 nos dice: “La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Maestro Jesús en el desierto”. Proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto (en el cual duró cuarenta días): El cristiano se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales imitando al maestro, especialmente con la purificación del corazón, con obras de misericordia, con actitud penitencial. Este tiempo es particularmente apropiado para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, las obras de misericordia (cfr. CEC 1438).

¿Por qué miércoles?

Cuando en el siglo IV se fijó la duración de la Cuaresma en 40 días, ésta comenzaba seis semanas antes de Pascua, por tanto, comenzaba un domingo, llamado precisamente, domingo de la cuadragésima. Al correr del tiempo, ya en los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal. Y fue cuando surgió un inconveniente: desde los orígenes nunca se ayunó el día domingo por ser un día festivo, el día del Señor, ¿Cómo hacer, entonces, para respetar el domingo, y a la vez, tener los cuarenta días efectivos de ayuno? Se optó por recorrer el comienzo de la Cuaresma al miércoles previo al primer domingo de Cuaresma (si se cuentan los días que van desde el Miércoles de Ceniza al Sábado Santo y le resta los seis domingos, le dará exactamente cuarenta). La Iglesia, en nuestros días, sigue guardando la tradición de comenzar la Cuaresma el miércoles antes del primer domingo de Cuaresma.

¿Por qué la ceniza?

La ceniza es un signo de penitencia muy fuerte en la Biblia (Jon 3,6; Jer 6,26). Siguiendo esta tradición, en la Iglesia primitiva eran rociados con cenizas los penitentes públicos como parte del rito de reconciliación. Al desaparecer la penitencia pública, la Iglesia conservó este gesto penitencial. Empieza a ser una tradición más arraigada para toda la comunidad cristiana a partir del siglo X.

Ésta procede de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace referencia a la condición frágil y pecadora de quienes la reciben (polvo eres) y lo caduca que es la vida (y en polvo te convertirás).

Ella es el signo externo de una realidad interna, por tanto, quien no pueda recibirla, no tendrá años de mala suerte o le pasará alguna desgracia. La ceniza no es magia: no es necesario llevarla a quienes no han podido asistir a las celebraciones, ya que lo importante no es la ceniza en sí misma, que no tiene ningún valor especial; lo que tiene un valor sumamente especial es la actitud y compromiso a la que me lleva el recibirla.

El miércoles de Ceniza es el principio de la Cuaresma, y también puede ser el principio de una vida nueva, si hay en el corazón la disposición de cambiar nuestra vida. En la primera lectura, el profeta nos invita a rasgar el corazón como signo de penitencia, esto es, abrir el corazón que se ha endurecido, por el sufrimiento o la indiferencia, para dejar que la gracia de Dios actúe en él a través de las obras que se nos proponen: ayuno, penitencia, oración.

Para concluir este breve artículo, hago mía las palabras del evangelista Mateo, en resonancia al mensaje del Papa para la cuaresma 2016: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13). En el marco del año de la misericordia, abramos nuestro corazón a Dios, “rico en misericordia”, para que podamos experimentar su gracia, su amor y su perdón, en la vivencia de esta Cuaresma, y que viviendo con Jesús estos días especialísimos de gracia, acompañándolo en su Pasión y su Muerte, podamos experimentar, junto con él, su gloriosa Resurrección en nuestras vidas.

Iván Grajeda.

Teología II

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