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Al reflexionar mi caminar con Dios me vienen a la mente las palabras del salmista donde dice: “Me enseñaste a alabarte desde niño y seguir alabándote es mi orgullo” (Salmo 70). Mi madre me cuenta que a los tres días de nacida me llevó al templo a presentarme a Jesús y a María, prometiéndoles que su hija iba a servirles. Parece ser que, desde este momento, comenzó una gran aventura.

Desde pequeña acudí fielmente a los 7 años obligatorios de catequesis infantil y de ahí siguieron diferentes apostolados: coros, proclamadores, pastoral parroquial juvenil y de adolescentes, movimiento de campamentos Kairós, etc.

Es muy interesante reflexionar el proceso de mi relación personal con Dios. Sin duda mi imagen y concepto de Dios fueron atravesando varias crisis. Crisis que han dado paso a una amistad más sincera y profunda con Él. Conforme iba creciendo, se fueron presentando desafíos que me confrontaron personalmente y me hicieron preguntarme dónde cabía Dios en mi vida cotidiana, en mis decisiones, en mis relaciones personales, en mi familia. De pronto, el espejismo de sentimentalismo se desvaneció, y en su lugar se empezó a construir un vínculo con cimientos de mayor fuerza.

Ciertamente que estar inserto en un servicio apostólico es bellísimo, pues entre otros beneficios, ayuda a elevar la vida espiritual. Sin embargo, estaría bien hacer un alto de vez en cuando preguntándonos si en alguna parte del camino hemos perdido de vista el rumbo: ¿Qué amo más: las cosas de Dios o al Dios de las cosas?

Fue precisamente esta cuestión la que abrió un parteaguas en mi vida hace poco más de un año cuando tomé una decisión muy importante: Dejar a mi familia, comunidad parroquial, servicio apostólico, amigos, compañeros y mi ciudad natal para trabajar en ciudad Juárez. Él me ha acompañado en el cumplimiento de mí querida profesión: ser maestra de Educación Primaria.

Esta decisión ha sido bastante gratificante y confrontante a la vez. Y de nueva cuenta, naturalmente surgió otra crisis de fe que puso a prueba mi fidelidad y amor. De pronto me encontré con la oportunidad de madurar: lavar mi ropa, cocinar, pagar servicios, limpiar, arreglar los problemas con el carro, acudir sola al doctor, mantenerme por mi misma, en pocas palabras, ser independiente, en un lugar extraño. Sin embargo, esto sólo fue la punta del iceberg, pues el quehacer principal lo tenía en la escuela: estar a cargo de un grupo de chicos de sexto grado. Ellos se convirtieron en mis mejores maestros, en cada uno pude ver grandes potencialidades, así como necesidades de afecto y comprensión. En un momento de desesperación intensa, entré en oración y Dios me hizo ver mi nueva realidad de una manera simple y concreta: “Tu misión es estar aquí. Es servirme a través de estos niños, hazles saber que son amados, que pueden salir adelante. Tú también vas a salir adelante declarando victoria en mi nombre”.

Fue así como comencé a amar mi nueva vida y a resurgir en mi amor al Dios verdadero. Tiempo después, mi padre atendió el llamado del Señor a la vida eterna a causa de una enfermedad. Fue un choque tremendo que me sacudió hasta los huesos, y me hizo replantearme otra vez el sentido de mi propia existencia. Estoy profundamente agradecida con todas las personas que me han brindado su mano, oídos y hombros para llorar, abrazar y escuchar. Sin duda es un proceso largo, pero poco a poco va asentándose. Hoy más que nunca tengo la certeza de que Dios me ama y me fortalece en el Kairós. Todo lo puedo en Él.

No tengamos miedo de que el Señor nos moldee. Atrevámonos a servirle con alegría en nuestros trabajos y estudios. Hacen falta cristianos valientes que opten por una vida cristiana, que luchen por un mundo más justo desde las trincheras de su profesión. Es bueno predicar a viva voz, sin embargo, el impacto es mayor si permitimos a nuestros actos expresar nuestra fe y por supuesto, el gran amor que Dios nos tiene.

 

Cinthya Lara Almeida

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