Quizá el título pueda sorprender a más de uno, pues hasta donde se sabe no hay dudas de la validez del sacerdocio católico del cura Hidalgo. ¿Por qué dicho título para este artículo? Bueno, en principio, la culpa es de la Pastoral de Medios de Comunicación del Seminario, ya que ellos me sugirieron titularlo así. Sin embargo, es una buena excusa para hablar de lo que en verdad significa ser sacerdote en la sociedad.

Miguel Hidalgo es conocido popularmente como “El padre de la Patria”. Aunque hay que aclarar algo, aunque oficialmente se le considere como el iniciador del movimiento de independencia en México, lo cierto es que en un principio la intención de este sacerdote no era lograr la autonomía de nuestro país; él buscaba hacer una guerra civil que permitiera el retorno del Rey Fernando VII al trono de España. Por otra parte, Hidalgo no es precisamente un modelo para la vida clerical, todo lo contrario, tuvo hijos y varias mujeres. Con esto me parece que hay razones para empezar a dudar de la heroicidad de este personaje.

Mi intención no es hacer una valoración moral de la vida de Miguel Hidalgo, tampoco un análisis histórico de la independencia de México. Simplemente pretendo mostrar cuál es la razón de ser sacerdote en la vida social. Como paréntesis, invito a todos los lectores a abrir un poco más su mente y despegarse de la versión oficial de la historia que nos cuenta la SEP. Para los interesados en conocer una visión más objetiva los invito a leer el libro “La otra historia de México, Hidalgo e Iturbide: La Gloria y el Olvido” de Armando Fuentes Catón.

Ahora sí, entrando en materia, ¿cuál es la función de un sacerdote en la vida social, política y económica de un país? Quizás hemos escuchado a algunos sacerdotes dar discursos desde los pulpitos, manifestar su simpatía o rechazo hacía alguna ideología política o económica, incluso pronunciarse en temas sociales. ¿Está esto bien? ¿Qué no se supone que un sacerdote no puede hablar de política? ¿Es que acaso la Iglesia puede identificarse con un partido político? ¿Puede la Iglesia aprobar y promover un sistema económico?


Estos cuestionamientos me resultan interesantes, sobre todo después de haber sido durante dos años seminarista; descubrí que Jesús no me llamaba al sacerdocio sino a una misión más cercana a la política y a la acción social. Realmente me siento indagado por estas preguntas. Es por eso que acudo al Magisterio de la Iglesia buscando respuestas. Los documentos del Concilio Vaticano II iluminan estas realidades:

 El sacerdote, como persona consagrada a Cristo y llamado a identificarse con el Señor, tiene como función especial el llevar la luz del Evangelio entre sus hermanos los hombres (cfr. PO n. 2). Testigos de las realidades terrenas, no pueden permanecer ajenos a los aconteceres humanos; tienen por ello una específica obligación de no conformarse a este mundo (cfr. Ibídem, n. 3). Por su especial dedicación a la cosas divinas, deben ser especialmente sensibles a las injusticias de este mundo y a la pobreza y demás lacras sociales (cfr. Ibídem, n. 6).

Esto nos da luz para entender la misión del sacerdote en el ámbito social. El sacerdote católico es ser Alter Christus, haciendo presente a Jesús en el mundo. Esto se realiza principalmente mediante la celebración de los sacramentos, la predicación de la Palabra y la ayuda a los más necesitados; y claro, para llevar a cabo este ministerio es necesario conocer las necesidades del pueblo, palpar sus sufrimientos, gozar con sus alegrías, y saber descifrar los signos de los tiempos.

A los sacerdotes no les corresponde directamente la transformación social, esa prioridad es de los laicos. Será función de la Iglesia, a través de sus ministros, orientar a los laicos para que puedan evangelizar su entorno mediante la enseñanza de la Doctrina Social Cristiana, el acompañamiento espiritual y la invitación a la vivencia de los sacramentos. La Iglesia no puede pretender sustituir al Estado, como lo intentó en algún tiempo, ni puede equiparar el Reino de Dios con ningún partido político.

Sin lugar a dudas, hoy vivimos como nación una gran problemática social, y en definitiva, hace falta una transformación social. Pero no es misión ni de los sacerdotes ni de los obispos realizarla, somos nosotros los laicos los que debemos construir una nueva Civilización del Amor, como bien lo decía Pablo VI.


Es misión de los laicos la transformación de las estructuras temporales de la sociedad: a ellos “corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG n.31).

Forma parte de la vocación específica de los laicos “descubrir o idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana impregnen las realidades sociales, políticas y económicas” (CCE, n. 899).

No necesitamos sacerdotes guerrilleros si no pastores amorosos. Hacen falta santos sacerdotes que acompañen a los pueblos de Dios, compasivos y misericordiosos, como lo pide el Papa Francisco. Contestando a nuestra pregunta inicial ¿Miguel Hidalgo fue sacerdote? Canónicamente sí, el recibió legítimamente el sacramento del Orden. Sin embargo, no supo ser un buen pastor para su pueblo, ni consiguió hacer presente a Jesús en medio del mundo. Quiso hacer algo que no correspondía a su vocación. Creo que es importante que cada uno descubramos nuestra misión en la historia de la salvación. «Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido» (cfr. 1 Pedro 4, 10).

Concluyo que, necesitamos más padres de la patria, que no pretendan hacer política o inciten a la rebelión, si no auténticos padres de la fe. Ojalá que los futuros sacerdotes vivan la auténtica paternidad espiritual y sepan guiar a los laicos que han sido llamados a la acción política o social. Su misión es acompañarnos y vaya que nos hace falta. «La gente espera que los sacerdotes sean padres espirituales» (Papa Francisco).

Fuentes:

Catholic.net, “El sacerdote y la actividad política”.

“La otra historia de México, Hidalgo e Iturbide: La Gloria y el Olvido” de Armando Fuentes Catón.

 

Alan Valles

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