“Hermenéutica” es el nombre disciplinar de nuestra capacidad de interpretación; se trata sólo del ejercicio de “leer con detenimiento” cualquier cosa que resulte atractiva, cuando nos identificamos al observar en ella partes de nosotros mismos. Como regalo especial y a manera de ejemplo, comparto mi lectura personal sobre una de las más gentiles demostraciones de afecto propia de esta temporada: una tarjeta de navidad.

 

Siempre que recuerdo este detalle, contemplo la hermosa escena de la Sagrada Familia en el pesebre ubicado en medio del desierto, donde predomina la apertura del enorme cielo azul oscuro pero iluminado por la majestuosa Estrella de Belén. En ocasiones la imagino con los reyes magos que traen ofrendas en sus manos… Podemos sentirnos conectados de manera especial con cada uno de estos símbolos, para modelar una realidad interior que nos permita sentirnos plenos.

 

El cielo nocturno simboliza el entorno que nos cobija; muchas veces resulta incomprensible pero, gracias a su oscuridad, se destaca el Astro que lo ilumina todo. Está abierto a la infinita variedad de sentidos con los cuales podemos orientar la existencia. El pesebre en un lugar desértico se interpreta como lo poco que necesitamos; aunque se concibe como solitario, un desierto contiene el agua suficiente para sostener formas de vida que destacan por su fortaleza. Ubicarnos en este contexto sugiere seguridad en nuestras habilidades para salir adelante. En esto radica la sencillez que se resalta de esta imagen: aún con escasos recursos somos dignos de recibir y capaces de mantener la presencia gloriosa del Hijo de Dios.

 

Resulta integrador reconocernos en la figura completa de la Sagrada Familia. José representa nuestro lado paterno, ordenado, autónomo y responsable para proteger, así como para proveer de lo necesario a María; el lado materno que expresa la sensibilidad, la espera confiada y el cuidado amoroso con el cual podemos dar a luz, además de alimentar, todo proceso de transformación. Y ¿qué más puede significar el Niño Jesús si no es la esperanza de transformar el mundo?

 

A partir del abrazo entre María y José nos encantamos con el nacimiento del bebé que sugiere la gracia del niño interior, como máxima expresión de cualidades indispensables para aprender a caminar en su momento: ternura, confianza, espontaneidad, curiosidad e inocencia.  El Niño Jesús que duerme tranquilo, sin juicios ni expectativas, es la manifestación de la paz y la sabiduría que habitan en nuestros corazones. Indica el gran potencial que tenemos para recrear el entorno y crecer en armonía, basándonos en una nueva escala de valores más cercana al juego que a la rigidez de esquemas ya establecidos.

 

Por otro lado, observamos la “presencia pasajera” de los reyes magos que simbolizan nuestras relaciones de apreciación con los demás. Son los peregrinos que pasan a contemplar la belleza del recién nacido y a dejar regalos para apoyar su crecimiento. Así es el contacto con quienes convivimos por un tiempo: nos cruzamos apreciando la diversidad de expresiones y, con la seguridad de sabernos orientados por la Estrella del Norte, reconocemos la libertad de cada quien para avanzar por el propio camino. De este modo, aceptamos la importancia de disfrutar y agradecer los instantes mágicos compartidos con el compañero que encuentra otro sentido, el amigo que se queda atrás o con el hermano que se marcha antes.

 

Al aceptar el reflejo de la Sagrada Familia en nuestro interior, es posible  reconocernoscomo personas completas que, con la flexibilidad del niño, dejan atrás el pasado para afirmar su presente desde un sentido lúdico. Según Nietzsche, “El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se pone en marcha por sí misma, un primer movimiento, una santa afirmación.”[1] Este es el significado de la celebración de la Navidad que nos invita a renacer junto al Hijo de Dios para danzar alegres por la vida, con la seguridad de que podemos realizar nuestras ilusiones, si no perdemos nuestra capacidad de asombro, y con la plena confianza de que creceremos bajo la protección del cielo abierto de Belén.

 

Por: Brenda Ludmila Sánchez Aguirre 

 

lamaestrabrenda@gmail.com

 

[1] Nietzsche, F. 2013. Así hablaba Zaratustra. Pág. 24

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