Dos acontecimientos han marcado profundamente a nuestro país, a tal grado que les rendimos un honor especial en el calendario civil, a saber, la Independencia de México y la Revolución Mexicana.

Las dos son luchas por la libertad: La Independencia busca librarse de las cadenas externas, es decir, de las naciones extranjeras que sometían al País; mientras que la Revolución persigue el derrocamiento de un gobierno autóctono considerado ya como una tiranía.

Ahora bien, planteemos la pregunta. ¿La Revolución ha traído una auténtica libertad religiosa? La respuesta es breve y concluyente: No, en absoluto. Si alguien ha sido afectado por los efectos de la revolución es la Iglesia misma, y por ende la libertad religiosa. Aun más, estos motivos anti-eclesiásticos se encuentran ya implícitos de alguna manera en los planes revolucionarios. 

Esto no es novedad, la Iglesia aligual que su fundador, ha sido víctima de constantes ataques y persecuciones (Jn 15, 20). En concreto, aquí en México nos remitimos hasta el tiempo de las famosas leyes de Reforma. 

El presidente Benito Juárez, desde su gobierno había dado el primer paso: despojar a la Iglesia de tierras y propiedades, así como de su misión educativa del pueblo mexicano; se cerraron algunos seminarios, templos y conventos.

En tiempos del porfiriato, la Iglesia se restableció por un tiempo, sobre todo gracias a Carmelita, la católica esposa de Porfirio Díaz, la cual abogó ante su esposo para interceder por la Iglesia. Parece que lo logró, pues su marido no aplicó tan rígidamente las leyes de Reforma. Esto era solo provisional.

Si al principio los motivos que confluyeron para derrocar a Porfirio Díaz tenían tintes democráticos, aquello pronto degeneró en anticlericalismo. No sólo se trataba desed de un poder que ha quedado vacante, sino que había ya un proyecto imperialista de corte Masón, una de cuyas líneas principales era desterrar a la Iglesia Católica de suelo mexicano y cuyas terribles consecuencias se hicieron patentes en la guerra Cristera. Ya que la Iglesia de aquellos tiempos era la única protectora del pueblo, algunos revolucionarios vieron en la Iglesia mismacomo un estorbo para realizar sus maquiavélicos planes. El plan era claro, eliminarla. El método: ir reduciendo paulatinamente la libertad religiosa.

Es como si la Revolución hubiese traicionado sus propios principios y revelándose contra sí misma. Desde luego que no, sabemos que una guerra se planea para ganarse y no lo contrario; por ello afirmamos la existencia de motivos implícitos para proscribirla religión católica de suelo mexicano.

Entre los principales actores de la Revolución se encuentran los zapatistas, que podemos considerar el ala más católica; los carrancistas, destacados por su odio hacia la religión y sus intereses liberales; los villistas, que no creen en nada pero aman la lucha sangrienta; entre otros. Cuando por fin se derrocó a Porfirio Díaz, cada un quiso “agarrar agua para su molino”, así que la lucha ahora se dirigió entre ellos mismos. Fueron, pues los carrancistas los que terminaron imponiendo sus ideas e impulsando la guerra ahora contra la Iglesia, dirigiendo todas sus energías para perseguir a la Iglesia de Cristo. Pero el pueblo mismo respondió, no se quedó callado: se realizaron manifestaciones, peregrinaciones, huelgas, boicots, hasta el levantamiento de armas por parte de los cristeros.      

Es bien sabido también, que nuestro país vecino no permaneció neutro ante estos acontecimientos sino todo lo contrario. Es más, hay muchos ya quienes afirman que fueron algunos ciudadanos estadounidenses los causantes de liderar y mover los hilos de la revolución, masones con pretensiones bien claras: desterrar a la Iglesia católica y abolir los principios políticos de inspiración cristiana.

El desconocimiento de todos motivos de fondo ha hecho que los mexicanos vivamos en una gran ignorancia respecto a la verdadera historia nacional, entonces ¿qué celebraremos este veinte de noviembre?: en realidad celebramos uno de los episodios más trágicos de nuestra historia, nosotros como católicos debemos recordar a quienes entregaron su vida y derramaron su sangre por la Iglesia y por la libertad religiosa. ¿Quiénes son nuestros héroes en verdad?

    SerafínGonzalez Chavira

Teología III

   

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