Por Brenda Ludmila Sánchez Aguirre

Con “Dos palabras”, un cuento corto que forma parte de Cuentos de Eva Luna, deIsabel Allende (1989), se desarrollan las primeras clases de mis cursos  filosofía del lenguaje y filosofía de la cultura. Esta narración despierta nuestra sensibilidad lectora ante una sutil presentación del cobijo que brindan las palabras en la configuración de cada vida particular, así como en el orden que creamos al nombrar las cosas y nuestras relaciones para otorgar un sentido a  la vida cultural, como resultado de un bello encantamiento.

“Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él.” Así inicia el cuento sobre una nada sencilla mujer quien, a pesar de que “…había nacido en una familia tan mísera, que ni siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos...”, sobrevive a las dificultades de tierras inhóspitas y, después de transitar por el desierto, se inventa el oficio de vender palabras cuando se da cuenta de que éstas “… andan sueltas sin dueño y cualquiera con un poco de maña puede apoderárselas para comerciar con ellas.”  Para tal empresa se aprende de memoria el contenido de todo un diccionario pero, antes de ofrecer sus servicios, se deshace de él “… porque no era su intención estafar a los clientes con palabras envasadas.”

Se trata de un ingenioso relato con el que resulta motivante iniciar la discusión sobre uno de los temas más fascinantes de la filosofía contemporánea: la relación entre el lenguaje y la cultura. Reflexionamos sobre el modo en que, a partir de los símbolos, damos forma a nuestro pensamiento y otorgamos un significado al mundo, así como una dirección a nuestras vidas. Pero, ¿de dónde viene esta posibilidad de simbolización que consideramos propiamente humana?, ¿nace con nosotros?, ¿es un don divino? o ¿son las cosas las que nos dicen cómo se llaman? O, más bien, ¿alguna mente caritativa se inventó los nombres para facilitar la comunicación pero, como consecuencia, con ello se uniformiza y controla el mundo?... ¿O sus pretensiones sólo eran las de armonizarlo?

En realidad Belisa no se pregunta sobre el origen del lenguaje pero asume que, una vez que existen las palabras, es posible crear diversos discursos con los cuales dar un sentido a la vida de sus clientes e, incluso, dominar el corazón del más temerario de los hombres. Es consciente de que los nombres nos visten, arropan lo que somos, cobijan nuestra existencia y la de todo un pueblo, cuando indican una forma específica de darle significado al mundo; forjan el carácter de cada persona, de grandes conquistadores pero, en su dolorosa ambivalencia, también acaban con su “hombría” y ponen en peligro su esencia… Por eso, no se contenta con definiciones precisas que se vuelven vacías, de diccionario; sabe que es en el uso donde las palabras cobran vida y decide hasta dónde quiere llegar con ellas.

Así es la vivencia del lenguaje pero generalmente no nos hacemos conscientes, como Belisa, de que somos sus creadores y de que debemos decidir su uso, en lugar de adormecernos ante el dominio de estructuras con  pretensiones de precisión en disertaciones de cualquier índole.

Olvidamos la magia que se puede disfrutar ante la variedad de posibilidades en la creación lingüística y nos rendimos ante la imposición del sentido único que exigen las autonombradas autoridades, ya sea en ciencia, en educación, en política, en religión o en la misma filosofía. Todo ello, en realidad, como el resultado de una especie de fijación. Desde este olvido, diría Nietzsche (1873), con las palabras se construye una identidad que establece el modo particular dehabitar el mundo y de relacionarnos en él. Esto facilita los procesos comunicativos, en efecto; pero también es cierto que elimina la diversidad, como en la historia de Occidente, donde se institucionalizan fijaciones metodológicas para adiestrar hasta la más espontánea e íntima de las expresiones humanas.

 

De suerte contamos con la poesía, donde la sensibilidad se observa en la expresividad lingüística que se libera de las ataduras de un sentido único, mediante la creación metafórica. A partir del modelo poético puede hablarse de la naturaleza o de la cultura, aceptando el valor de la imaginación y de la fantasía, como formas de comprensión del entorno y de nosotros mismos. Contamos con las diversas esferas del arte; ahora destacamos la literatura, desde la cual Isabel Allende nos hace reconocer, con la figura de Belisa, que podemos decidir el tiempo para destruir las estructuras envasadas del diccionario y tejer nuevos vestidos con qué arropar nuestra esencia, sin necesidad de fijarla o de ocultarla, que es lo mismo.

 

El arte, entonces, nos recuerda la libertad para recrearnos. Pero, por otro lado, también el sentido místico de las diversas formas de conexión con lo sagrado que tienen las religiones, nos hacen comprender la diferencia entre el discurso y la vida, entre el decir y lo que somos. El texto fundamental del taoísmo resalta esta distinción desde el inicio: “No se puede conocer el tao sólo hablando del tao”. De ahí la necesidad de las parábolas en los textos sagrados que contienen enseñanzas de vida. 

Sin embargo, en esta dimensión es el silencio, no la palabra, el que nos religa con las manifestaciones de lo sagrado y a partir del cual es posible que se nos revele el mensaje de lo que, por su naturaleza, no puede ser nombrado, no puede ser fijado… No obstante, desde nuestra conciencia cristiana creemos que “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.” (Jn. 1, 1.14)

 

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