"Solo Lucas está conmigo...Lucas el médico amado los saluda"

(2 Tim 4,11; Col 4,14)

 

 

Me da la impresión, muy susceptible a error, que de las profesiones que más se asemejan al sacerdocio es la medicina, salvaguardando y teniendo en claro que el sacerdocio es más que una profesión; pero parodiamos asemejarlas en algunos aspectos que quisiera compartir.

Todo inicia desde la formación, una preparación muy prolongada a través del tiempo en la que fácilmente se cae en la impaciencia. Encontramos aquí un primer filtro: los acelerados, los que quieren las cosas ya!, no pueden ser ni médicos ni sacerdotes. Y es que a lo largo de tanto tiempo las cosas no son fáciles, muchas veces nos gana la impaciencia de querer salvar al mundo cuando estamos limitados a nuestro mundito: sea físico limitado por unas paredes, sea intelectual acorralados por la ignorancia.

Otro filtro, el más importante,  es el esfuerzo: y esto lo vemos reflejado en el lema del seminario de chihuahua: "solo los esforzados alcanzan el sacerdocio" (Sacerdotium Christi Violenti Rapiunt), y perfectamente se aplica a la medicina, quienes no son capaces de esforzarse no pueden (no merecen) ser médicos.

Surge otra relación: la cantidad de compañeros que se van quedando en el camino. No sé números en medicina, en el seminario es casi "ley" que solo el 10% de los que ingresan se ordenan (mi generación no es la excepción, de 26 quedamos 3), y decimos "son muchos los llamados y pocos los escogidos", y traducimos "muchos lo desean, pocos lo alcanzan", no basta querer ser médico, hay que alcanzarlo.

Honor a quien honor merece: No comparto aquella opinión de quienes dicen que la cantidad de estudio de los seminaristas se compara con los de medicina, quien así piensa ignora la realidad; y no es que seamos "perezosos" o "mediocres", no podemos absolutizar el aspecto académico al 100% de nuestra formación, necesitamos sacerdotes intelectuales, pero también pastores, hombres de oración, buscando la perfección en la parte humana; no obstante nos es de envidiar el amor con el que los estudiantes de medicina se desvelan y sacrifican también sus años de juventud, sus mejores años.

Terminadas las formaciones iniciales, ya como médicos y sacerdotes también se comparten semejanzas. La primera de ella, la más bella, y espero que no sea equívoca, es la caridad como motor del hacer cotidiano; un sacerdote cuya motivación no sea el amor a Dios en el prójimo está destinado a vivir en la amargura; igualmente, no me imagino otro motivante principal en una persona que ayuda a recuperar a otra su salud y bienestar corporal sacrificando horas de sueño, convivencia con la familia y seres queridos, y cosas más difíciles como son otros sueños personales.

Otra belleza que compartimos: trabajamos con la joya de la creación de Dios, el hombre, unos en su ser corporal y otros en su ser espiritual. Que difícil es comprender que el hombre se debe tratar en su integridad. Ambas realidades muy complejas en sí mismas, pero igual de importantes; médico de cuerpos y médico de almas no es una competencia sino una complementariedad.

Finalmente compartimos un aspecto no tan positivo, estamos en la mira de la gente todo el tiempo, no importa cuantas almas salvemos, cuantas vidas conserven, parecerá que lo único que cuenta son los fallos, los fracasos muchas veces reclamados incluso por nosotros mismos, o bien por diversos medios que buscan desprestigiarnos.

Que alegría es para nosotros saber que contamos con médicos como colaboradores del Evangelio, afirmar como San Pablo "Lucas está conmigo", y sepan amigos médicos que también pueden contar con nosotros para lo que necesiten.

Estudiantes de medicina, seminaristas, médicos y sacerdotes, vayamos todos juntos hacia la vida eterna.

 

Roberto Misael Enríquez Botello

Teología IV

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